Ignacio Gomá-Vozpópuli

  • Entre las finalidades de la intervención de Washington en Venezuela no parece la de simplemente hacer justicia

La repentina y exitosa “extracción” de Maduro (como si de una muela picada se tratara) acarrea la cansina penitencia de tener que oír las consecuentes opiniones y críticas desde todos los puntos del orbe terráqueo, como si esas opiniones pudieran tener de algún modo la capacidad taumatúrgica de alterar los acontecimientos ya producidos. Muchas de esas opiniones o críticas parecen postureo, en el más literal sentido de la palabra, pues solo pretenden adoptar la postura que corresponda en función de la adscripción ideológica del emisor. Es fascinante que a algunos no se les caigan de la boca las apelaciones al Derecho internacional cuando, precisamente ellos, muestran muy poco respeto en el Derecho nacional por el principio de legalidad, la separación de poderes, la jerarquía normativa y demás zarandajas formales. Pero, eso sí, oye, nos ponemos la mar de exquisitos, por no usar otra expresión más vulgar, cuando se trata de los derechos fundamentales de una persona que, a su vez, no respeta los derechos fundamentales de millones de ciudadanos pero que, casualmente, coincide con el pack ideológico al que se adscribe el crítico.

Y a ello se añade que, mientras que el Derecho nacional sí es propiamente Derecho -un conjunto de normas para regular las conductas en pos de la justicia y el orden y cuyo cumplimiento impone el poder público- el Derecho internacional es un orden normativo o un derecho débil que, aunque tiene normas reconocibles y algunos mecanismos de aplicación, adolece de una coercibilidad muy limitada al no poderse imponer, y sufre infracciones constantes y reiteradas porque, en buena medida, en el orden internacional, sigue rigiendo la ley del más fuerte, el equilibrio de poderes y la razón de Estado.

No obstante, aparte de cuál sea futuro de Venezuela, de las razones verdaderas de la intervención y de las posibles consecuencias geopolíticas de la misma, una de las cuestiones más interesantes -al menos para mí- de la extracción de Maduro es la valoración del contraste entre la justicia y bondad del fin de un dictador terrorífico que producía enormes sufrimientos a millones de personas y la violación del Derecho internacional que supone una intervención militar muy precisa y no muy incruenta, al parecer. ¿Qué pesa más, una cosa o la otra? ¿Está justificada la intervención?

La guerra justa

No seré yo quien diga que el fin justifica los medios, pero, sin entrar en el Derecho interno estadounidense -si se necesita aprobación del Congreso o si es una operación policial y no militar- esta cuestión ya la trataba la Escuela de Salamanca -se nos olvida que también fuimos Imperio- que, a través de Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, elaboró la doctrina de la guerra justa precisamente para controlar la actuación de la Monarquía española en América y llegó a considerar que lo sería cuando procede de una autoridad legítima, obedece a una causa justa y tiene intención recta, como, por ejemplo, restablecer la justicia o alcanzar la paz.

Realmente, pues, ya está todo escrito. Como decía el filósofo Robert Audi, la virtud es la actuación correcta por las razones correctas y, como parece evidente, esta sería una guerra justa si la intencionalidad fuera la que expresamente se ha dicho que no es: librar al pueblo venezolano de un dictador. Será el petróleo, el control del patio trasero, evitar la devaluación del dólar o parar los pies a China, pero entre las finalidades de la intervención no parece haber estado simplemente hacer justicia.

Dicho lo cual, no cabe sino alegrarse, al menos de momento, de la justicia poética y real que se deriva de esta actuación geopolítica. Esperemos que, como efecto reflejo o indirecto, traiga también la democracia, aunque ello no sea una de las prioridades de Trump, como con tremendo realismo podemos apreciar en su actitud para con Ucrania. Pero, por otro lado, tampoco podemos extrañarnos de esta actitud intervencionista que, en realidad, es propia de la tesis -generalizada- del realismo político en las relaciones internacionales que, consciente del caos y la anarquía del mundo, aboga por actuar fríamente de acuerdo con los intereses del Estado, haciendo un uso congruente de la fuerza para controlar los conflictos y disuadir a quienes quieran atentar contra la soberanía de los Estados.

Esta tesis alterna, por épocas, con el idealismo de las relaciones internacionales, surgido tras la primera guerra mundial, que crea la Sociedad de Naciones, preocupado por establecer un orden internacional supeditado al arbitrio de organizaciones internacionales, con primacía del Derecho internacional, ordenado a la resolución pacífica de conflictos. Pero, desgraciadamente, y a falta de una autoridad mundial que imponga el Derecho internacional, la norma será la del realismo político.

Liderazgo intermitente

Por otro lado, la política norteamericana más reciente no ha estado exenta de actuaciones similares en las últimas décadas, bajo todo tipo de gobiernos: ha alternado entre el aislacionismo, el internacionalismo tradicional, el internacionalismo selectivo o el liderazgo manifiesto tras el 11 de septiembre, en el que se plantea la diatriba entre the rule of power or the rule of law. Pero, como resaltan Palomares García Cantalapiedra en Imperium.

La política exterior de los Estados Unidos del siglo XX al XXI, a diferencia de otros tiempos, la diplomacia estadounidense no parece hoy dispuesta a asumir la responsabilidad en solitario de la estabilidad mundial: por primera vez en la historia, Estados Unidos no quiere retirarse del mundo, ni puede, pero tampoco quiere pagar el costo económico y político de liderar. Por eso la característica fundamental en este nuevo orden-desorden internacional ha sido el ejercicio de un liderazgo intermitente. La reacción o pasividad ante situaciones concretas, de forma desordenada y caso por caso, sin hilo conductor, como señalan estos autores.

Ahora bien, la llegada de Trump, con su nacionalismo narcisista, su megalomanía y su improvisación, introduce un elemento nuevo: el factor del espectáculo en una sociedad hasta ahora acostumbrada a que las formas, aunque ocultaran las verdaderas intenciones, mantuvieran el respeto al oponente y una previsibilidad de la conducta. Hoy, igual que ocurre en la política nacional, podemos esperar cualquier cosa y que nos la digan a la cara.