Ignacio Camacho-ABC

  • El enésimo proceso de refundación del ‘espacio’ poscomunista se reduce a sacarse de encima a Yolanda Díaz

EPI se incorpora de la cama a media noche. Eh, Blas, no puedo dormir, ¿estás despierto? Tengo una duda… Blas se incorpora igualmente, con un ruidoso bostezo. Qué te pasa, Epi, tengo sueño. Y éste, nervioso, dispara: a ver, si los partidos del espacio a la derecha del PP se llaman extrema (o ultra) derecha, ¿cómo hay que llamar a los partidos del espacio a la izquierda del PSOE? Blas se rasca la cabeza, enarca su única ceja, medita un momento y responde con gesto de haber hallado la luz:

—Qué cosas tienes, Epi. Pues… ¡¡el espacio a la izquierda del PSOE!!

Más o menos así, queridos niños, se formula la nomenclatura política en España. Y a partir de este primario truco nominalista, las fuerzas de la extrema izquierda –perdón, del «espacio a la izquierda etcétera»—se invisten de la autoridad moral que les permite considerarse por encima del resto y denostar, por ejemplo, a Felipe González como un facha mal encubierto. Y así también de paso dulcifican la pulsión cainita que desde la Segunda Internacional, o al menos desde la Tercera, las tiene sumidas en un perpetuo enfrentamiento interno.

La penúltima de esas desavenencias gira en torno al fallido invento de Sumar, una formación que lleva varios años en proceso de fundación y va a desaparecer sin llevarlo a término. La eterna reconstrucción desde que Anguita alumbrara Izquierda Unida para eludir el desgaste del viejo Partido Comunista. Ahora la discusión es más sencilla: se trata de acabar con el liderazgo no menos fallido de Yolanda Díaz, aunque el ajuste de cuentas vaya a camuflarse bajo el enésimo cambio de siglas. El lema de ‘Un paso al frente’ (popular) lleva implícita la intención de confluir de nuevo con el bloque sanchista.

Como resulta habitual en la tradición fratricida de este ámbito, la operación en ciernes ha generado ya el habitual choque de vetos cruzados. Maíllo, un dirigente fino de escuela tardocarrillista, se conformaría con purgar a ‘lady Fashion’ para permitir que Podemos abandone la idea de presentarse en solitario. Pero Rufián, crecido por su predicamento tuitero, se está moviendo por su lado para unir a unos separatismos dispersos que de momento lo despachan –incluidos sus propios compañeros republicanos– con nítidas señales de rechazo. Y luego están Compromís, Más Madrid, la Chunta y otras organizaciones que apenas agavillan entre todas media docena de escaños.

El sanchismo está expectante porque sus cálculos de supervivencia necesitan que ese difuso ‘espacio’ acumule cierta masa crítica para rebañar restos en algunas provincias. Hay en Moncloa prisa por si el final de la legislatura se precipita. Aunque a la vista de que los recientes resultados electorales no demuestran una movilización muy entusiasta, hasta la rana Gustavo se preguntaría por qué en lugar de cambiar de nombre y de nombres no prueban alguna vez a renovar el programa.