Carlos Martínez Gorriaran- Vozpópuli

  • El antagonista de la extrema izquierda no es la extrema derecha, y viceversa, sino el liberalismo y la familia democrática

Si la palabra “fascista” desapareciera de pronto, un gran silencio caería sobre la opinión de izquierda rancia (o paleoizquierda, o reaccionaria, como prefieran) y sus socios nacionalistas. Todo lo que dicen hoy se limita a registrar si algo es fascista o antifascista, es decir, si les parece mal o si les viene de perlas. Y a eso se reduce todo en la estridente opinión mal llamada progresista. Es una constante en la historia: cuanto más compleja y cambiante se hace la realidad y menos apropiadas resultan para entenderla las viejas ideas, reducidas a prejuicios muertos, se abandona la filosofía por el catecismo y el lenguaje se hace maniqueo y brutal. A derecha e izquierda.

Útiles compañeros de viaje

La fascinación de la izquierda por el fascismo apareció exactamente a la vez que el fascismo histórico en Italia, hace algo más de un siglo: la marcha sobre Roma de Mussolini y sus brutales camisas negras para hacerse con el Estado sucedió en 1922. Lo primero que la explica es que, en muchos aspectos, fascismo y comunismo o socialismo revolucionario, extrema derecha y extrema izquierda, no son tan diferentes como les gusta decir. De hecho, es muy fácil pasar de una a otra, como puede verse a menudo si no se tienen telarañas en los ojos. Véase sin ir más lejos la historia de ETA o ERC, y la asociación en España, en el gobierno actual, del nacionalismo separatista ultra y la paleoizquierda socialista y comunista: se entienden de maravilla porque nunca han estado muy lejos en el asalto a la detestada democracia liberal.

El antagonista de la extrema izquierda no es la extrema derecha, y viceversa, sino el liberalismo y la familia democrática formada por los diversos conservadores y socialdemócratas clásicos (hoy de capa caída). Respecto a lo demás, es decir, nacionalismo, populismo, integrismo religioso, wokismo, ecologismo radical y otras hierbas, tampoco son antagonistas de los extremos ideológicos, sino útiles compañeros de viaje como los de la flotilla de Gaza donde navegaron al sol que más calienta Greta Tunberg y Ada Colau en unión de islamistas ferozmente misóginos. Lo único inasimilable para el extremismo fascista y comunista es el genuino liberalismo, porque son incompatibles (no las imitaciones falsas, obviamente).

El maquiavélico Mussolini

Extrema derecha y extrema izquierda, comunismo y fascismo, rivalizan y compiten en captar apoyos y ganar poder, algo así como dos monopolios en guerra. La extrema izquierda lleva fatal esa hijuela bastarda suya llamada fascismo, por la que siente la fascinación de lo odiado y admirado a la vez, y viceversa (el lector interesado puede profundizar en estas vidas paralelas en el libro de Alan Bullock sobre las de Stalin Hitler).

Todo el lío se remonta a Georges Sorel Benito Mussolini. A principios del siglo XX, el francés Sorel se convirtió en el más influyente profeta y místico de la violencia revolucionaria, admirado tanto por la extrema derecha nacionalista (en Francia, el violento protofascismo de Barrès y Maurras) como por el sindicalismo revolucionario (en España era reverenciado tanto por Ángel Pestaña como por Ledesma Ramos: la CNT y Falange). Según Sorel, sólo la violencia extrema podía salvar a la civilización, aunque no precisara muy bien de qué, más allá de extinguir el odiado mundo burgués. Nihilista en una época angustiada por el nihilismo, Sorel fue, con Nietzsche y su voluntad de poder ilimitado, una de las fuentes inspiradoras de Mussolini, el creador del fascismo histórico.

Mussolini fue uno de los personajes más maquiavélicos del siglo pasado, finalmente perdido por la maldición de la hybris o megalomanía autodestructiva, que arrastró a Italia al desastre de la sumisión a la Alemania nazi y a él a acabar colgado con ignominia de una gasolinera de Milán, fusilado por los partisanos de izquierda.

Stalin advirtió muy pronto la peligrosa competencia del fascismo para el movimiento comunista que regía con mano criminal, así que pasó a denunciar e imitar simultáneamente al fascismo: cualquier cosa ajena al movimiento comunista era, por supuesto, fascista a eliminar, como bien aprendieron en la Alemania de la pobre república de Weimar, y aún más en la España de la II República. Pero a la vez tomaron del fascismo los espectáculos de masas, el vanguardismo estético elitista, el encuadramiento paramilitar de juventudes y mujeres, los sindicatos del partido y la importancia del control estricto de la cultura.

Fácil, porque el fascismo hizo lo propio poco antes. Mussolini mismo había dirigido el ala revolucionaria intransigente del Partido Socialista italiano; no le costó nada crear un movimiento que fusionaba nada menos que la retórica revolucionaria de Sorel, la violencia política sistemática, el resentimiento nacionalista, el anticlericalismo republicano, la estética futurista y la moral más conservadora. Síntesis magistral donde todo era mentira, no le costó mucho convencer a la asustada clase dirigente italiana de que su movimiento era la mejor vacuna contra comunismo y anarquismo precisamente porque parodiaba la revolución de izquierdas. Aprendió de Gramsci, el gran intelectual comunista al que encerró en un campo de concentración, la importancia capital de la batalla cultural y educativa para convencer a las masas de que ellas eran las protagonistas de la gran estafa. Y así los comunistas perdieron la batalla crucial antes incluso de librarla: el fascismo les había robado el futuro en las sociedades capitalistas usando sus propias armas.

Los nietos tontos de los viejos extremistas

Desde entonces, hace ya un siglo, tenemos que soportar las recriminaciones izquierdistas de “fascista” a todo lo que exista o se mueva en una dirección diferente a la querida por el partido. Ya no es el comunista, sino el PSOE de Sánchez y su coalición de saqueadores. Y como desde el principio, esa lucha antifascista no es otra cosa que fascismo invertido, un reflejo simétrico. Pero como el tiempo no pasa en balde, el papel de Sorel y Gramsci ahora corre a cargo de Óscar Puente y Pablo Iglesias, pues todo tiende a degenerar según la inevitable Tercera Ley de la Termodinámica: según el movimiento tiende a cero y pierde temperatura, el sistema se aproxima a la entropía, o pérdida absoluta de información. Es lo mismo que Almodóvar tratando de pasar por el Pasolini de la posmodernidad manchega, o David Uclés disfrazado de nieto retrasado de Pío Baroja. Pero esto no va a acabarse pronto, me temo. Les darán muchos más premios.