Rebeca Argudo-ABC
- Si yo me encontrase esa escena en la calle, temería a la fascista. Esos son el verdadero peligro para nuestra democracia
Me repugna el fascismo. A mis amigos también. Y a todos mis conocidos. En Barcelona, una señora grita que le repugna el fascismo. No conozco a nadie a quien le guste. Sin embargo, nos repugnan cosas distintas. ¿Cómo es posible esto? Fácil: fascismo no significa lo mismo para todos. Para mí, fascismo es el movimiento político totalitario desarrollado en Italia bajo el liderazgo de Benito Mussolini y, actualmente y desaparecido este, lo entiendo como sintagma que designa a ciertas ideologías identificables con él por sus características (autoritarismo, nacionalismo, antiliberalismo, represión, censura, culto al líder…). Para la señora que grita en Barcelona, sin embargo, fascista es aquel que defiende ideas distintas a las suyas. Ni siquiera necesita que sea cierto que así sea, basta con que ella lo crea, sin mayor demostración o evidencia. Por eso, porque el fascismo es algo tan molesto (a todos nos repugna), ella da golpes en una mesa e increpa a los voluntarios de la carpa informativa de una formación política, constitucional y democráticamente elegida con los votos de otros ciudadanos para representarles, mientras grita que no quiere (esa es particular e individual opinión) que tengan voz ni voto. Que no quiere que existan. Por fascistas. Ante la escena de unos ciudadanos exponiendo pacíficamente sus ideas a quien quiera con libertad escucharlas (a un lado de una mesa) y una señora exaltada (al otro lado) gritando y dando golpes, pretendiendo imponer sus ideas y excluir del espacio público las de otros, me pregunto quién es aquí el fascista. Quién me repugna más, independientemente de con qué ideas esté de acuerdo. ¿Es fascista la señora rubia que intentar calmar la situación mientras la otra insulta y desprecia con malos modos? ¿Es fascista el señor del primer plano que habla en tono comprensivo? ¿Lo es el policía que se aproxima ante el tumulto? No me lo parecen. El último de ellos cumple con su obligación y los otros dos se comportan con educación frente a una persona que, alterada y enardecida, en lugar de seguir su camino frente a lo que levemente le incomoda, decide detenerse con malos modos y exudar desacomplejadamente su odio y su intolerancia.
Fantaseemos por un momento, con lo poco que sabemos de cada uno de ellos, y dotémosles de poder en nuestra imaginación. Una vez alcanzado ese poder, ¿estaría comprometido con el ideal democrático, con la igualdad y la justicia, los derechos y las libertades individuales de todos, no solo de los que piensan como él, y el pluralismo político, a quien que ha dejado claro (y a gritos) que no quiere que tengan voz ni voto, que no quiere que existan siquiera, aquellos que piensan diferente? Si yo me encontrase esa escena en la calle, temería a la fascista. Esos son el verdadero peligro para nuestra democracia.