• IGNACIO CAMACHO-ABC
  • La izquierda sostiene una inclinación permisiva que bajo el principio de reinserción relega los derechos de las víctimas

EN materia penal, la izquierda española sostiene una inclinación permisiva que bajo la defensa del principio de reinserción tiende en ocasiones a preterir los derechos de las víctimas. El precepto de la reintegración social de los reclusos, consagrado en la Constitución, ha llegado a convertirse en marchamo de impunidad relativa o hasta en coladero subterfugial para la puesta en libertad de terroristas. Ese paradigma benévolo o buenista del castigo ha inspirado buena parte de nuestra moderna arquitectura jurídica, uno de los pocos terrenos en que los partidos autodenominados progresistas, tan dados a guiarse por la demoscopia, han insistido en atenerse a una dirección prescriptiva en contra de criterios sociales respaldados por amplias mayorías.

Éste es el caso de la prisión permanente revisable (PPR), que pese a mantener la posibilidad reinsertadora mediante un procedimiento de verificación objetiva ha sido identificada con la cadena perpetua de un modo torticero. Dicha pena, que afecta sólo a crímenes de especial gravedad –básicamente, terrorismo, asesinatos de menores y de motivación o agravante sexual– está recurrida ante el Tribunal Constitucional pero los propios recurrentes pretenden revocarla sin esperar su veredicto, aprovechando la debilidad parlamentaria del Gobierno. La coincidencia en el tiempo con varios sucesos de gran repercusión social, como el de Diana Quer, ha envenenado de pasión un debate que debería moverse en el ámbito exclusivo del Derecho, y que si bien no debe sustanciarse en pautas sentimentales tampoco puede reducirse al simplismo de la «venganza» esgrimido por el líder de Podemos. En lo que respecta al PNV, proponente de la moción derogatoria, más vale no pensar en las razones clientelares de su compasiva preocupación por ciertos presos. En todo caso, la empatía con las víctimas y sus deudos –base del olvidado sentido aflictivo y punitivo de la condena como resarcimiento– no parece formar parte del catálogo emocional de quienes sugieren la inconveniencia de legislar sobre estímulos sensibleros.

He conocido a Juan Carlos Quer en algunas de las tertulias por las que lleva peregrinando su causa, y me ha parecido un hombre recto. Un tipo bien instruido, sensato y serio, cuya admirable musculatura moral soporta con elegancia y recato su desgarrador sufrimiento. Sabe razonar con argumentos fundados, sin apelar a acicates patéticos. Lleva recogidas dos millones de firmas para mantener la PPR en vigor y ha levantado, junto a otros padres que comparten drama, un movimiento civil de enorme eco. Como periodista que firma artículos diarios tengo por norma no suscribir manifiestos, pero el esfuerzo de Quer me parece noble, desinteresado, sincero, ajeno a la crueldad o la revancha personal, comprometido con valores, éticamente honesto. Siento que le debo una firma y aquí la tiene para que no le falte mi aliento.