Ignacio Camacho-ABC
- La reclamación de soberanía es legítima. El problema es su tufo de oportunismo partidista, de operación propagandística
Cuando Aznar fue a hacerse una foto en las Azores, la invasión de Irak contaba con la oposición de casi un 95 por ciento de los ciudadanos. El expresidente ha contado alguna vez que bromeaba en Moncloa con Tony Blair sobre cuál de los dos generaba más rechazo. Aquello acabó mal, claro, porque la gente suele penalizar a los gobernantes que circulan en sentido contrario. Por eso ahora que Sánchez ha desempolvado la pancarta del «no a la guerra» de hace veintitrés años conviene recordar que él mismo, Su Persona, cuenta con la desaprobación de casi un 60 por ciento del electorado. Y que por muy mal que caiga Trump y por muy bien que el truco funcione a efectos de alivio táctico, con ese porcentaje precisará un milagro para revertir la perspectiva de fracaso.
Es improbable que la Casa Blanca esté en condiciones de cumplir sus amenazas. Puede enredar con los visados y entorpecer algunas inversiones extranjeras en España, pero la mayoría del comercio con países europeos está protegida por la unión arancelaria. Lo que sí tiene a su alcance, y resulta verosímil que lo haga, es desplazar más o menos progresivamente la presencia militar a Marruecos, su principal aliado en el norte de África. Una medida de ese tipo dejaría al futuro Gobierno una herencia envenenada, pero el actual no tiene otro horizonte que el de las elecciones y no está –nunca ha estado– para preocupaciones de mirada larga. Es más, raro será que no meta en el programa una revisión de las bases americanas.
Ante un escenario bélico internacional, el Ejecutivo español tiene derecho –y en cierto modo obligación– de establecer su posición con plena autonomía. Vista desde ese prisma la decisión de negar a Estados Unidos el uso de las instalaciones conjuntas es legítima, aunque ya parece más dudosa e inconveniente la de desalinearse del criterio europeísta. El problema es el tufo de oportunismo partidista que desprende esta reclamación de soberanía; a ningún miembro de la UE o de la OTAN se le escapa el carácter coyuntural, de impostura propagandística, que late al fondo de esta apuesta conflictiva. Las alianzas obligan a un compromiso de lealtades recíprocas bajo riesgo de que los socios no estén disponibles cuando se les necesita.
En ese sentido, Sánchez ha embarcado al país en una importante hipoteca con el principal y quizás único objetivo de recuperar parte del apoyo de la izquierda. La bandera de neutralidad ondeada en la Moncloa va a tener consecuencias sobre la nación entera, tanto en el plano de la economía –ya veremos en qué grado– como en el de la defensa, la seguridad y la cooperación geoestratégica. Una fragata cuenta poco o no cuenta; si no estás en la mesa estás en el menú, dijo Mark Carney en una reciente reunión atlántica en Bélgica. Así es el juego, colaboración o aislamiento, confianza o desconfianza, dentro o fuera. El presidente ha elegido fuera por una mera cuestión de conveniencia política interna. Por la contingente, incierta aspiración de subir unos cuantos puntos en las encuestas.