Joseba Eceolaza-El Correo

  • Es necesario reparar la estructura social que construyó la violencia

La transición hacia un momento de paz y convivencia no suele ser perfecta ni lineal. Siempre quedan tareas pendientes, por desgracia, pero hay algunos retos que se pueden jerarquizar. Si la tríada verdad, justicia y reparación es la base para cualquier política hacia las víctimas, la deslegitimación social de la violencia se presenta como una necesidad que da consistencia y durabilidad a la apuesta por la paz y la memoria.

La deslegitimación social de la violencia no tiene que ver con lo táctico, sino que se ubica en el terreno de la ética pública y los hechos. Matar, además de un error, es un horror que deja unas heridas enormes durante años. Por eso, que los perpetradores y el mundo que los animó reconozcan el daño injusto causado y promuevan la autocrítica supone un paso reparador.

Reconstruir lo que el terrorismo deliberadamente dañó es uno de los grandes retos cuando las armas callan. Consciente del significado y el potencial de la asunción de las responsabilidades colectivas en la construcción de un nuevo escenario, la que fue canciller alemana Angela Merkel expresó en el campo de concentración de Auschwitz que «la memoria de los crímenes nazis es inseparable de la identidad aleman». En ese mismo itinerario moral, el pasado noviembre, el presidente germano Frank-Walter Steinmeier depositó una corona de claveles blancos en Gernika y se reunió con dos supervivientes del bombardeo.

Cuando la disculpa redonda, sin matices ni peros, de los perpetradores está ausente es muy relevante acudir a algunos de sus descendientes. En el caso de la dictadura, son varias las nietas de franquistas que han verbalizado una disculpa que humaniza a quien la expresa, pero también a quien está dispuesta a escucharla. La Asociación Historias Desobedientes, formada por familiares de genocidas y perpetradores de crímenes de lesa humanidad, afirmó en un comunicado: «No queremos ser cómplices perpetuando el silencio y defendemos la memoria, la verdad y la justicia para las víctimas de nuestros familiares». «Suplicamos, rogamos, pedimos con todas nuestras fuerzas nos perdonen si verdaderamente nuestro hijo ha participado en tan desgraciado hecho», dejaron escrito los padres del miembro de ETA Oskar Barreras, acusado de asesinar al policía nacional Luis Andrés Samperio.

La convivencia exige actitudes individuales y colectivas que están por llegar

El perdón o el reconocimiento del injusto daño causado no solo tiene una dimensión íntima que conecta a la víctima con el victimario; tiene también una lógica social porque contribuye a las nuevas coordenadas morales que necesitamos. Esa perspectiva comunitaria del perdón implica tener la voluntad de reparar socialmente el daño causado a la sociedad. El dirigente de las FARC Timochenko afirmó: «Ofrezco sinceramente perdón a todas las víctimas del conflicto… es el momento para desarmar las mentes y los corazones». Son públicas también las vías de disociación por las que optaron miembros de las Brigadas Rojas al abandonar la lucha armada pero también al cuestionar políticamente lo que habían hecho; es conocido el caso de Adriana Faranda, que participó en el secuestro y el asesinato de Aldo Moro.

La paradoja del caso vasco es que se expresaron con un tono rimbombante, y de forma insuficiente y por fascículos, una serie de declaraciones encaminadas a transmitir una disculpa pública, pero sin continuidad en la vida social y política. Todavía hoy la consideración social hacia el perpetrador está presente en declaraciones públicas, en pancartas e incluso en listas electorales.

La promoción de la convivencia exige unas actitudes, individuales pero también colectivas, que están por llegar. Las declaraciones no necesitan de grandes escenarios, solo de la voluntad de llevarlas a cabo en el día a día. Como sugirió de forma acertada el expreso de ETA Joseba Urrusolo Sistiaga, uno de los protagonistas de la vía Nanclares, cualquier declaración de disculpa o de reconocimiento del injusto daño causado debe llegar a toda la base social de la izquierda abertzale. La violencia no solo es devastadora a nivel humano, también construye una estructura social (de gestión de la pluralidad por ejemplo) que es necesario reparar de alguna manera. Por eso la paz exige mentalidades de paz.

Es cierto que un preso de ETA no es solo eso que hizo, también es aquello que decidió hacer después con el daño que causó. Quizá reconocer, en palabra y en actos, el enorme daño injusto causado y aplicarlo de forma sincera en la vida social y política no sea por sí solo suficiente para prevenir que algunos jóvenes idealicen la violencia, pero es imprescindible. Completar esa verdad moral es la mejor forma de contribuir a la convivencia, si eso es lo que se pretende.