Luis Ventoso-El Debate
  • Nuestro campeón de las baterías eléctricas que iba a competir con los chinos ha sido comprado por una firma californiana a precio de ganga tras su quiebra

Las palabras no podían ser más grandilocuentes, ni más sentidamente ecologistas. Desde que en 2016 empezó a hablarse del –acertado– proyecto de una mega fábrica europea de baterías eléctricas para competir con los chinos, el botafumeiro verde bruselense no paró de exhalar hipérboles. «Estamos ante un campeón global europeo de importancia estratégica para la transición ecológica». «Es un paso clave para un futuro sostenible». «Nos sentimos muy orgullosos de la historia de éxito de Northvolt».

Todo en el marco de un pomposo Plan Industrial Verde Europeo, dotado con fondos comunitarios sin cuento y envuelto en un montón de palabros de esa eco-jerga con que nos empalaga nuestro seudo presidente del Gobierno.

¿Y qué ha pasado? Pues que el gigante europeo de las baterías, Northvolt, quebró en marzo de este año, dejando un pufo de 8.000 millones, y ahora va a ser comprado a precio de ganga por Lyten, una firma de Silicon Valley que se hará con ella por una dieciseisava parte de lo que costó montarla.

Es decir, la Comisión Europea, que preside desde hace seis años la probadamente incompetente Von der Leyen, se ha lanzado a una atolondrada transición ecológica hacia el coche eléctrico sin prever si la industria europea estaba preparada para ello. Resultado: nos estamos cargando nuestra gallina de los huevos de oro, el sector de la automoción europeo, y a la hora de la verdad no somos capaces ni de fabricar las baterías que requieren los vehículos eléctricos que nuestras autoridades están imponiendo. Los diez primeros fabricantes de baterías del mundo son todos chinos y estadounidenses. Aquí no rascamos bola. Estamos en la burocracia atosigante, la baja inventiva y la pereza. Somos unos paquetes en el presente tecnológico, pero esa rémora no es una prioridad para nuestros políticos, extraviados en discusiones bizantinas sobre sus propias ocurrencias, o en sus catecismos populistas.

El caso Northvolt supone la metáfora suprema de la gran coña verde europea. Una cascada de dinero dilapidado y eco-cháchara que al final se ha quedado en nada. La compañía dio sus primeros pasos en 2016 y acabó contando entre sus accionistas con la sueca Scania, Volkswagen, BMW y Goldman Sachs. Abrió su gran planta en Skelleftea, en el norte de Suecia, una zona tan avanzada en renovables que toda la energía de la planta europea sería «limpia». Qué maravilla. Las baterías de Northvolt se convertirían además en las más eco-chachis del planeta. La compañía acabó teniendo cinco mil empleados, un gran laboratorio en Alemania y centros en otros países europeos. Al frente, un exdirectivo de Tesla.

La UE se entusiasmó. El Banco Europeo de Inversiones (BEI), en cuya presidencia se hace de oro Nadia Calviño desde enero del año pasado, le dio una ayuda de 52 millones en 2018. Al año siguiente, otra de 350. Y en enero de 2024, cuando ya se veía que Northvolt se estaba yendo al garete, el BEI, presidido por la visionaria Calviño, le concedió un crédito de 942 millones. Un año después la compañía declaraba la quiebra. ¿Las razones? Pésima gestión, incapacidad de atender en plazo sus pedidos e incluso problemas en el manejo y comprensión de la maquinaria china que utilizaban, pues ni siquiera fueron capaces de crear la suya propia. Un horror. Un retrato durísimo de la incapacidad industrial de la abotargada Europa.

Por esto resulta increíble que no estalle una carcajada general y sarcástica cuando un pato cojo que okupa el poder de prestado, y que acaba de dar un recital de escapismo ante los incendios, nos tome el pelo distrayendo al público con un ridículo pacto de Estado «para la mitigación y adaptación a la emergencia climática».

Si los europeos actuales hubiésemos habitado en la era de las cavernas, el hombre todavía estaría inventando la rueda. Y si Sánchez fuese el jefe de la tribu, las partidas de caza se dedicarían a discutir de quién son las competencias a la hora de tirar las flechas a las fieras.