Steffen Bay Rasmussen-El Correo
Profesor de Relaciones Internacionales, Universidad de Deusto
- Incluso a las principales potencias les interesa un orden basado en normas que evite conflictos y provea estabilidad económica. La UE necesita un camino fiel a su historia
Mientras las bombas estadounidenses e israelíes caen sobre Irán y el conflicto se extiende por Oriente Medio y más allá, somos testigos de lo que parece ser el último clavo en el ataúd del orden internacional liberal vigente desde 1945. La guerra actual contra Irán nos demuestra no solo la capacidad y voluntad de los Estados Unidos de Trump para golpear a sus adversarios militarmente, sino también las limitaciones de las instituciones internacionales actuales.
La guerra contra Irán no es solo el fruto de un presidente Trump errático y sin visión estratégica para el ‘día después’ del conflicto. Es también la respuesta de EE UU e Israel al fracaso de un sistema institucional internacional incapaz de impedir que el régimen teocrático iraní adquiera armas nucleares. Ni el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ni las sanciones, ni las extenuantes rondas diplomáticas lograron frenar la ambición nuclear iraní.
No obstante, la respuesta agresiva viola una de las normas más fundamentales del derecho internacional: la prohibición del uso de la fuerza, inscrita en el artículo 2 de la Carta de la ONU. Aunque la guerra actual no es la primera violación sino el último de una serie de incumplimientos, el contraste con la invasión de Irak en 2003 es ilustrativo. En el caso actual, EE UU no se ha molestado en intentar conseguir una autorización del Consejo de Seguridad, ni ha articulado un argumento legal coherente a favor de la necesidad de intervención militar, ni siquiera ha consultado con los aliados de la OTAN. El desprecio por la legalidad, por el multilateralismo y por sus aliados es, hoy, total.
La guerra actual estalla en un momento de crisis sistémica. Con la invasión rusa de Ucrania y las amenazas de EE UU de anexionarse por la fuerza Groenlandia -territorio de su aliado danés- queda claro que Washington se ha unido a Moscú en el desprecio por el derecho internacional y las instituciones globales que ellos mismos contribuyeron a construir.
Más allá de Irán, Estados Unidos no parece ofrecer una visión alternativa del orden mundial, aparte de un ejercicio ocasional e impredecible de poder militar liderado por su Ministerio de Guerra. Sin embargo, en un mundo sin normas comunes y en el que potencias egoístas solo entienden el lenguaje de la fuerza bruta, será difícil evitar una carrera armamentística y la proliferación de armas nucleares, por no mencionar lo imposible de generar la confianza mutua y la priorización del bien común necesarias para abordar desafíos planetarios existenciales como la crisis climática.
Vivimos, indudablemente, en tiempos interesantes; el sistema internacional está en una encrucijada. La pregunta es qué podemos hacer desde España y desde Europa.
Necesitamos diplomacia e instituciones globales y no defensa de intereses euronacionalistas
La denuncia de la ilegalidad de la guerra es necesaria, pero insuficiente. El giro hacia un mundo de guerras de agresión y la imposición de la voluntad de las potencias principales por fuerza armada -que la guerra de Irán ejemplifica- no puede llegar a ser un orden global constructivo y viable. Por otra parte, el Consejo de Seguridad está paralizado por el veto de sus miembros permanentes y las instituciones y canales diplomáticos alternativos han sido inefectivos. En consecuencia, no podemos limitarnos a mirar atrás e insistir en intentar restaurar unas Naciones Unidas diseñadas hace 80 años para un mundo que ya no existe. Tenemos que mirar hacia el futuro y diseñar un sistema global institucional renovado, capaz de dar respuesta al reto de coexistencia pacífica en un mundo globalizado que vive bajo la amenaza existencial del cambio climático.
Aunque pueda parecer una batalla perdida en el momento actual, cabe recordar que el derecho internacional siempre ha evolucionado como respuesta a las crisis y las percibidas necesidades de gobernanza. Incluso a las potencias principales les interesa un orden basado en reglas que evite guerras costosas y permita la estabilidad económica. Además, no existe una ley universal que condene a la política internacional al conflicto eterno; el futuro orden mundial será el que elijamos crear juntos, y es en tiempos de crisis cuando podemos dar pasos grandes hacia adelante.
En la Europa de la posguerra, Robert Schuman proclamó que «la paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan». Aquellos esfuerzos para la integración europea convirtieron a los enemigos tradicionales, Francia y Alemania, en socios y amigos mediante el diálogo y los compromisos vinculantes, e inauguraron una época de paz y prosperidad sin precedentes en Europa. La vía para Schuman era «realizaciones concretas que creen una solidaridad de hecho».
En consecuencia, nuestra respuesta como europeos no puede ser únicamente una defensa automática de las instituciones disfuncionales actuales. Tampoco puede limitarse a la creación de una Unión Europea con una ‘autonomía estratégica’ de corte militar o una política industrial proteccionista bajo el lema ‘Made in Europe’. Sería una tragedia que la UE cayera en la trampa de convertirse en un actor autosuficiente en un orden basado en la ley del más fuerte y fortaleciera así dicho orden, cuando la Unión misma fue creada para superarlo.
Necesitamos una tercera vía para una Unión Europea fiel a su historia: cooperar activamente con otros países para buscar esas ‘realizaciones concretas’ de compromisos multilaterales que permitan superar enemistades y rivalidades. Necesitamos que la UE asuma un nuevo liderazgo ético que anteponga el bien común mediante la creación de estructuras diplomáticas e instituciones globales sostenibles y eficaces, en vez de resignarse a la defensa de intereses cortoplacistas y euronacionalistas. Solo así podremos crear esa solidaridad de hecho tan necesaria y aspirar a revitalizar un orden internacional multilateral basado en normas que permita resolver problemas de manera conjunta.