Ignacio Camacho-ABC

  • El Gobierno ha vuelto a construir una realidad paralela. Su simulacro pacifista es un artefacto de publicidad fraudulent

De todas las fórmulas con que podía haber criticado la guerra en Irán con razones sensatas, como han hecho sus colegas de Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia, Sánchez optó por la más demagógica, la más zafia, la más áspera, la más innecesaria: la de la oposición frontal al líder de la potencia aliada. Sus asesores no le prepararon un discurso de Estado: le fabricaron una pancarta, como corresponde a un gabinete de agitación y propaganda. Y Pedro la alzó con el entusiasmo de quien encuentra un resquicio para escapar de una situación apurada, aunque a continuación, y como de costumbre, tuvo que recular ante la presión europea y sumarse al esfuerzo de defensa común movilizando a toda prisa una fragata. Eso sí, saltándose la ley –también como de costumbre– o interpretándola de manera laxa para eludir la preceptiva autorización parlamentaria; un trámite que le pondría en la antipática circunstancia de descubrir el doble juego con el que trata de reactivar a una izquierda desmovilizada.

Merz, Macron, Starmer y Meloni han expresado sus distancias con la Casa Blanca en el tono ponderado de un esfuerzo diplomático. Tienen serias dudas sobre la existencia de un plan más allá de los bombardeos y les preocupan los efectos de una nueva crisis internacional en el plano económico y en el humanitario. Tampoco quieren secundar sin más ni más a Netanyahu, a quien le basta con sembrar el caos en un Irán descabezado. Pero han permitido el uso de las bases conjuntas para preservar los fundamentos del pacto atlántico y han desplegado fuerzas aéreas y navales en el arco mediterráneo. El presidente español ha preferido el enfrentamiento directo con Trump en la esperanza (correcta) de que éste entrase al trapo con inaceptables amenazas de represalia y embargo. Y además ha engañado a su opinión pública con el anuncio de un veto falso, porque los aviones norteamericanos sí están despegando de Rota y Morón para proseguir hasta Oriente Medio haciendo escala en territorio alemán o italiano.

El argumentario de Moncloa ni siquiera se molesta en disimular el alcance oportunista, coyuntural, de esta versión recalentada del ‘no a la guerra’. La diferencia esencial con la primera es que ahora es el Partido Socialista el que está en el poder, no la derecha, a la que pretende corresponsabilizar de la confrontación bélica sin que el PP, con su endémica torpeza, acierte a encontrar el modo de salirse de la encerrona estratégica. El simulacro pacifista, que hoy pasará al ámbito de la manifestación callejera, oculta la colaboración real con Estados Unidos para construir un marco electoral impostado y un ‘superhéroe’ (sic) de pega. De nuevo la falsedad como herramienta de política interna; la principal aportación del sanchismo a la vida pública doméstica consiste en haber demostrado –como el trumpismo, su espejo populista– la utilidad de las realidades paralelas. Si esta nueva maniobra le genera un avance en las encuestas habrá que concluir que tal vez merezcamos un Gobierno que nos mienta.