- Sánchez se comporta como un jefe de Estado todopoderoso. Tiene un plan para enmendar la injusticia de no serlo si ganase las próximas elecciones. Las convertiría en constituyentes. Le sobra la Monarquía. Hay gentes, ingenuas o desinformadas, que le creen
Sánchez, al enfrentarse a Trump, buscaba convertirse en figura mundial, pero sin dejar de mirarse al espejo. Nuestro Narciso, vanidoso, bello y enamorado de sí mismo como el mitológico, debería acabar convirtiéndose, como aquel, en una flor. En el caso de Sánchez no sería un narciso, sino una rosa; sobre la presencia del puño, la diosa Némesis no da noticia. Tampoco recoge la historia si detestaba la guerra. Sánchez acarameló, como campeón de la paz, a su tropa zurda, ayuna de lecturas, que se tragó sus supuestas tajantes decisiones. Pero le exigían más: romper relaciones con Washington y abandonar la OTAN. Menudo nivel.
Albares, el pintoresco ministro del asunto exterior –anunció que su objetivo era conseguir que en la UE se hablase catalán– no podría hacer más el ridículo ni proponiéndoselo. Aseguró que Trump no reaccionaría; avaló la línea dura; luego saltó una noticia sorprendente. Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca, aseguró ante la prensa internacional que España «se ha mostrado en las últimas horas de acuerdo en cooperar con el Ejército estadounidense». Albares lo desmintió, aduciendo: «Ella será la portavoz de la Casa Blanca, pero yo soy el ministro de Asuntos Exteriores de España». No le creímos precisamente por eso, mientras creíamos a la portavoz de Trump. Es un pésimo ministro; el último ejemplo: Gibraltar. Acaso Albares no estaba informado de los tira y afloja del presidente.
Todo comenzó en una reunión de Margarita Robles con el embajador de Estados Unidos. ¿Qué recado llevaba de Moncloa? En una grabación, Robles le dijo al embajador «estoy con Trump», pero, según Moncloa, le dijo «estoy cómoda». Como versión edulcorada de un dicho inoportuno, prefiero «me gusta la fruta» de Ayuso, que demuestra más ingenio. El embajador no perdió el tiempo y llamó a la Casa Blanca. La portavoz de Trump lo transmitió. ¿Por qué iba a mentir el embajador? Robles falseó luego los horarios de ese proceso. Lo cierto es que navega hacia Chipre la fragata ‘Cristóbal Colón’, nuestro mejor navío de guerra, y están documentadas escalas en Morón de aviones de transporte norteamericanos. Acudamos al ‘Refranero’: «Donde dije digo, digo Diego».
Sánchez quería ponerse una medalla. La embajada de Irán se lo agradeció, como en su día Hamás y otros grupos terroristas de Oriente Medio; incluso le acarició verbalmente la inesperada politóloga Susan Sarandon. Irán había atacado Chipre, miembro de la UE, y Turquía, miembro de la OTAN. En Bruselas doña Úrsula no invita a Sánchez a reuniones esenciales. Dirá lo que convenga para la galería, pero ¿qué le dijo a él? ¿Qué le dijo Kaja Kallas, Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores? Y desde la OTAN, ¿qué le dijeron Macron, Merz, Frederiksen, Carney, Montenegro, entre otros primeros ministros, algunos de ellos socialdemócratas?
Estos días se ha citado la segunda guerra de Irak. No en la que intervino Felipe González, sino la otra. Muchos desconocerán lo que pasó en Irak, conflicto al que España llegó tarde, finalizada la guerra y por mandato de la ONU; para opinar hay que leer más. Y Sánchez resucitó aquel ‘No a la guerra’ de hace tantos años. Lo hizo por interés electoral y como nueva cortina de humo. No se lo cree ni él, pero buscaba a engañar a sus socios.
Mientras, la izquierda no opina sobre la persecución a mujeres en Irán, silencia los ahorcamientos de homosexuales y las decenas de miles de ejecutados desde las últimas revueltas. Sánchez y los suyos padecen amnesia. En su último mensaje, el omnímodo presidente no citó a Trump, ni habló de las bases de Morón y Rota, pagadas por Washington. Habló de derecho internacional, pero no de los derechos humanos arrasados en Irán, una teocracia implacable. Sin periodistas, prefirió emplear diez minutos en adoctrinarnos que comparecer en el Congreso. No explicó en su día la entrega del Sahara ni ahora su arriesgada y reconducida decisión de enfrentarse a Trump. Siempre mintiendo.
Sánchez se comporta como un jefe de Estado todopoderoso. Tiene un plan para enmendar la injusticia de no serlo si ganase las próximas elecciones. Las convertiría en constituyentes. Le sobra la Monarquía. Hay gentes, ingenuas o desinformadas, que le creen. Recordemos a Unamuno y su «Me duele España». ¿Hay que pensar siempre en España con dolor? Inquietante pregunta.