Carlos Souto-Vozpópuli
- Vivimos entre alarmas y alivios, entre amenazas y desmentidos
Cuando Tolstói publicó Guerra y paz, en 1869, no escribió solo una novela inmensa. Escribió una intuición duradera: que la guerra y la paz no son estados puros, separados, sino climas que se mezclan y se instalan en la vida cotidiana. No hay un mundo en guerra y otro en paz. Occidente ha perfeccionado esa idea, pero la ha vuelto bastante más vulgar. Porque antes de que los misiles volvieran al horario central, ya veníamos mal. La presión migratoria, la evaporación de las clases medias, la revolución tecnológica convertida en trituradora de certezas, la ruptura entre educación y trabajo, la sensación de que estudiar ya no garantiza nada, trabajar tampoco y progresar pertenece cada vez más al género fantástico.
Entonces llegó la pandemia, puso al mundo en pausa y lo llenó de mascarillas, estadísticas y expertos con tono de funeral, mientras los problemas de fondo seguían creciendo debajo de la alfombra. Cuando terminó, no volvimos a la normalidad. Volvimos a una versión más nerviosa, más pobre y frágil de nosotros mismos. Y entonces reapareció la guerra. Primero en Ucrania y después en Oriente Medio, con Irán, Israel y Estados Unidos elevando la temperatura global hasta convertir la geopolítica en una forma de taquicardia. Ahí se agregó algo nuevo al viejo malestar occidental: no solo vivimos con problemas estructurales, sino también con la sensación de que el mundo puede desquiciarse del todo entre el desayuno y la cena.
Democratización del espanto
Ese es el verdadero punto. Ya no vivimos en guerra ni en paz. Vivimos en un péndulo. Nos acostamos con miedo a un conflicto nuclear y nos despertamos en medio de una negociación. A media mañana hay ultimátum. Por la tarde, conversaciones positivas. Por la noche, amenaza de devastación. A la madrugada, “fuentes cercanas” aseguran que todo va bien. El estrecho de Ormuz puede cerrarse, abrirse, volver a cerrarse y, con un poco de suerte, ser comentado por un jubilado de Valladolid o una ama de casa de Albacete con la precisión de un almirante. Occidente se ha democratizado mucho. Incluso en el espanto. Trump, por ejemplo, no solo ha contribuido al desorden general, sino también al deterioro del lenguaje con el que intentamos describirlo. Ha logrado devaluar la palabra “ultimátum”. Antes era una advertencia final. Ahora es un formato. Hay ultimátums prorrogables, reversibles, reciclables. En cualquier momento aparecerá el ultimátum premium, con suscripción mensual y beneficios para aliados.
Pero más allá de Trump, Netanyahu o los ayatolás, lo importante no es solo lo que hacen los protagonistas, sino lo que producen en las sociedades que los miran. Producen un tipo humano nuevo: el ciudadano occidental permanentemente alterado. Super informado, subempleado, endeudado, ansioso y, pese a todo, obligado a seguir respondiendo correos como si la civilización no pendiera de un loco, de varios locos o de una combinación internacional de locos con uniforme y acceso a botones sensibles. Ese estado de oscilación permanente tiene, por supuesto, ganadores. Tres principalmente, para ser precisos. La industria bélica, que prospera con la guerra. La farmacéutica, que prospera con sus efectos. Y la editorial, que ha sabido leer el espíritu de la época con una lucidez comercial admirable.
Pobres y hechos polvo
Basta entrar en una librería. En ficción manda el thriller: cadáveres, conspiraciones, detectives dañados, fiscales alcohólicos, asesinos seriales y sagas de veinte volúmenes para que el lector pueda enfrentarse al vacío, al menos, acompañado. Y en no ficción el panorama es todavía más sincero. El mercado está dominado por dos géneros: autoayuda y finanzas personales. Es decir, libros para no derrumbarse por dentro y libros para no derrumbarse por fuera. Manuales para quererse más y para deber menos. Para encontrar paz interior y para llegar a fin de mes. Nunca una mesa de novedades resumió con tanta precisión el estado de una civilización: la gente está hecha polvo y, además, está pobre.
La industria editorial, al menos, tiene la elegancia de no disimularlo. La bélica vende armas. La farmacéutica vende calmantes. La editorial vende relatos para explicar por qué necesitamos ambas cosas. Tolstói entendió que la historia no se mueve en línea recta. Lo que quizá no imaginó es que, siglo y medio después, esa oscilación entre guerra y paz iba a convertirse también en mercado, espectáculo y patología. Ya no vivimos solo entre conflictos y treguas. Vivimos entre alarmas y alivios, entre amenazas y desmentidos, entre el miedo a la catástrofe y la promesa siempre provisoria de que todavía no.
Somos, en ese sentido, una sociedad bipolar por imposición. No por elección. No por capricho. Por método. Mientras tanto, seguimos haciendo lo único que parece razonable en esta etapa superior de Occidente: leer un thriller, comprar un libro de hábitos atómicos, revisar la cuenta bancaria y tomarnos un ansiolítico. No necesariamente en ese orden.