Miquel Giménez-Vozpópuli

Vivimos el momento más grave en toda la historia de nuestra democracia. Es la hora de la verdad, donde caen las caretas y todos acaban mostrando su auténtico rostro

Debemos reconocer que el de nuestros gobernantes no es precisamente hermoso. Detrás de esas caretas que tanto irritaban al Conde de Montecristo, que prefería las de cartón a las de carne, hemos visto esconderse a mentirosos, ventajistas, ignorantes, egoístas, soberbios, a todos aquellos a quien Clío, musa de la historia, ha de arrojar al Gehena del olvido y la ignominia. Exijámosles que se vayan, júzguenlos los tribunales e inauguremos otra época, otro tiempo, en el que la verdad sea lo que debe ser, como dijo San Agustín. En el momento presente no caben portavoces de la voz de su amo, periodistas enculados por el poder, políticos de media suela incapaces de poner en su sitio a los traficantes de esperanzas. Es falso que de esta saldremos y que todo pasará. Solo podremos superar esta prueba si admitimos que la verdad debe ser quien presida nuestra convivencia, sabiendo que, si así lo hacemos, nada ni nadie podrá seguir igual porque todo mejorará indudablemente. No se trata de volver a un pasado conformista, sino de empezar a labrar un futuro limpio.

La verdad avergüenza al diablo, escribió Shakespeare. Porque verdad es que, mientras hay ministros que piden permisos, nuestros profesionales de la sanidad, del orden público, de todos los sectores que permiten pasar este encierro de mejor manera, ni se van ni piden más que los medios para llevar a cabo su deber. Esa palabra es la que mejor define a la sociedad española ante unos políticos que carecen del honor necesario para aplicársela. El deber ante nada, el deber para con los demás, para con nosotros, sí, pero también el deber ante nuestro país, nuestros valores, nuestra esencia como pueblo y como nación.

Sus palabras y sus nombres acabarán por formar parte del osario más infame”

Ese deber que hace que el Ejército esté presente en mi tierra, donde los mismos alcaldes separatistas que hace dos días los insultaban, ahora imploran que acuda a sus municipios para ayudarles. Ese deber que hace que los militares vayan sin necesidad de que nadie les pida disculpas, porque para ellos lo importante es cumplir. Esa es la verdad que hay que proclamar ante los instigadores del odio, que lo único que han sabido hacer los últimos años es atizar el enfrentamiento entre españoles. Españoles que, al fin y a la postre, sean de donde sean, se alegran al ver a nuestros uniformados llegar con sus medios, su profesionalidad y esa ecuanimidad ejemplar a la hora de sacrificarse por sus hermanos. Esa es la honrada verdad de Dios que ha de prevalecer por encima de toda la bilis vertida desde el separatismo, el social comunismo, los Bildu etarras y toda la ralea de los que han hecho del sentimiento anti España la razón de ser de su vida. Sus palabras y sus nombres acabarán por formar parte del osario más infame, el destinado a los que solo supieron predicar palabras de muerte, pues muerte es lo que se opone a la vida, a la paz, a la alegría, a la solidaridad.

Esa verdad que nos arrolla desde millones de balones diariamente, la de una España que no es ni de derechas ni de izquierdas, pues sabe que el dolor no tiene ideología. Esa España en la que los dos hermanos Machado se dan un abrazo en el Parnaso de los poetas, la que junta a Azaña con Unamuno y sabe superar las diferencias en aras el bien mayor. No hemos pasado la vida discutiendo sin saber que hay más cosas que nos unen que aquellas que nos separan.

En esta hora de la verdad, y ya que he citado al bardo de Stratford on Avon, será oportuno finalizar este billete recurriendo a Bacon, que nos dejó un ejemplo a seguir: no existe placer comparable al de mantenerse erguido sobre el terreno favorable de la verdad. Ninguno de quienes nos gobiernan ha de disputárnoslo, instalados en la mentira cobarde que pretende cubrir sus carencias humanas.

La verdad nos hará libres. Nunca más que ahora la frase bíblica se ha revelado con mayor certeza.