Javier Zarzalejos-El Correo

  • Vox prioriza complicar la vida al PP antes que hacer posible una alternativa a Sánchez, al que tiene que agradecer la polarización que beneficia al populismo

Apocas horas de que se celebren las elecciones autonómicas en Aragón, los socialistas anticipan esperanzados su nuevo desplome electoral. Recibieron con alborozo los resultados en Extremadura, donde un candidato en trance de sentarse en el banquillo por delitos de corrupción se creyó que representaba bien la alternativa progresista. Y vivirán con el mismo regocijo la previsible derrota en Castilla y León y, más aún, la confirmación en Andalucía de que el tiempo socialista tardará mucho en volver, sobre todo cuando quien lo representa es la autora de la financiación singular para Cataluña.

El PSOE se desangra, pero no parece que les preocupe a sus miembros. Seguramente no hay indicador más elocuente de la transformación del Partido Socialista en una secta que la admiración con la que contemplan su propia destrucción. Los nuevos davidianos de la política española ven hundirse su representación, pero no solo no parece importarles, sino que encuentran en esta sucesión de derrotas la confirmación de que el plan genial de Pedro Sánchez se va cumpliendo al milímetro.

La cosa va más o menos así: estas derrotas son una cuestión menor porque el ascenso de Vox va dando una imagen reconocible y amenazadora al lobo que Sánchez quiere invocar. Esta invocación estimulará la movilización sin precedentes de los progresistas del mundo, quienes en unas próximas elecciones generales optarán por el PSOE convertido en franquicia del PSC de Illa y cálido refugio de independentistas que podrán soñar con cuatro años más de barra libre a costa de la cohesión nacional, de la igualdad entre ciudadanos y de la propia viabilidad del Estado. Y si de todas formas en la noche electoral -cuando toque- a Sánchez no le dieran los números para proclamar de nuevo el «¡somos más!», contará con que Vox, además de reclamo electoral para la movilización de la izquierda, hará la vida muy difícil a un futuro gobierno de Núñez Feijóo.

Tenemos pues al Partido Socialista dirigido por un aprendiz de brujo que ha convertido el cuento de la lechera en definición estratégica. El problema para Sánchez y los socialistas es que, aunque los factores existan, el producto no sea el esperado. Son muchos los analistas de la izquierda que advierten de que la invocación a Vox no será en absoluto suficiente para reproducir un escenario como el de las generales de 2023, entre otras razones porque Vox se esta alimentando de voto socialista. La propia subida de Vox es notable, pero dista mucho de los niveles que alcanzan sus homólogos europeos que han conseguido desplazar a los partidos de centro derecha. Ciertamente no es ese el caso del Partido Popular.

Es verdad, también, que a Vox se le nota mucho que su prioridad es ser alternativa al PP, más que hacer posible una alternativa a Sánchez, al que tiene que agradecer el cultivo de la polarización que tanto ha beneficiado al discurso populista de esa derecha extrema. Pero una derrota del frente de izquierda y nacionalista liderado por Sánchez abrirá una dinámica nueva y muy distinta en la política española que se impondrá a los cálculos partidistas de Vox. Cuando los votos se atesoran para exhibirlos en vez de dedicarlos a una contribución política responsable, los votantes terminan reclamando que se los devuelvan.

Tal vez Sánchez cuente con que la impericia mostrada por el PP en otras transiciones vuelva a jugar a favor de su impunidad política. Al fin y al cabo, al Gobierno de Rajoy en 2011 le ocultaron dos puntos de déficit, le entregaron el país con los mercados financieros cerrados, «facturas en los cajones» y un recorte de 15.000 millones llevado a cabo por Zapatero. Y, sin embargo, el PP ha quedado como el partido de los recortes frente a la «salida progresista» a la crisis presuntamente patrocinada por los socialistas.

Ahora bien, si se escucha a Feijóo no parece que esta vez el PP vaya a pasar página de las cuentas y la gestión de quienes gobiernan desde hace siete años y medio con niveles récord de deuda, de gasto público y de recaudación. Y si de gestión se habla, el esperanzador panorama que Sánchez quiere pintar a los suyos se topa con la realidad del declive sostenido de los servicios públicos y las infraestructuras responsabilidad del Estado.

En menos de un año han colapsado la red eléctrica y la red ferroviaria mientras las cesiones que exige el pacto Frankenstein están acabando con el margen financiero y fiscal del Estado, a pesar de que este recauda y gasta como nunca antes. Añádase el lúgubre horizonte judicial que enfrenta el sanchismo y es posible que el plan de Sánchez después de todo no sea tan genial y que los socialistas, más que celebrar sus derrotas, quizá podrían empezar a preocuparse por ellas.