Editorial-El Correo

  • La teórica renuncia de EE UU a usar la fuerza en Groenlandia no alivia la hostilidad hacia Europa del principal aliado en la OTAN

Donald Trump no se ha privado de amagar con emplear la fuerza para hacerse con el control de Groenlandia. Ayer renunció, a su manera, a la vía más drástica, y la enorme tensión que rodeaba su discurso en el Foro Económico Mundial dio paso al alivio. El objetivo último, la posesión de la isla, permanece intacto, con la exigencia de «negociaciones inmediatas» para discutir la forma de controlar el territorio. Un extremo inaceptable para las autoridades groenlandesas, las danesas y el conjunto de Europa. Así lo ratificó el canciller de Dinamarca al valorar, anoche, el «futuro acuerdo» anunciado por Trump después de reunirse con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte.

Estados Unidos insiste en lo imprescindible que resulta apropiarse de Groenlandia para la defensa de su país. Por ello, no deja de sorprender que la Estrategia de Seguridad Nacional publicada a finales de diciembre ni siquiera mencione objetivo tan vital. La prete ndida voluntad de entendimiento exhibida en Davos se pone en evidencia cuando incurre en abierto tono mafioso: «Pueden decir sí, y lo agradeceremos mucho; o no, y lo recordaremos», advirtió el republicano a los que son hasta la fecha leales aliados trasatlánticos.

Algunas capitales europeas habían alertado del efecto contraproducente que podía desencadenar en la Casa Blanca el envío de una reducida misión militar. De hecho Trump reaccionó con el aviso de nuevos aranceles a los países con soldados en la isla ártica. Anoche anunció la retirada de unos gravámenes que en esta ocasión han actuado como un bumerán contra su promotor. La obsesión por Groenlandia «ya nos ha costado mucho dinero», dijo el presidente al dolerse de la convulsión financiera del lunes. A la inquietud de los mercados se suma el escaso entusiasmo de los estadounidenses: solo un 17% apoya adquirir el territorio. Ejecutivos de grandes empresas trasladan su preocupación por la pérdida de atractivo de sus marcas entre los europeos.

La UE dispone ya de suficientes evidencias para asumir la hostilidad del principal socio en la Alianza Atlántica. No es solo la Administración Trump, se le suma la inacción del Congreso y del Tribunal Supremo. La confianza en un relevo dentro de tres años se tambalea vista la arrogancia con que figuras del Partido Demócrata sermonean en los pasillos de Davos. La tan alabada Europa predecible debe aprender a avanzar en un mundo sin reglas.