Elvira Roca Barea-El Español

  • “El francés es la lengua de la República” (Consejo Constitucional de Francia)
Una de las mayores desgracias que han sucedido en la historia de España ha sido el advenimiento de los afrancesados. Una caspa o capa o casta que desde el cambio de dinastía prosperó por el simple procedimiento de repetir como un mantra que África empieza en los Pirineos.

Bastaba (y basta) horrorizarse ante el infierno intolerante y atrasado que es España para prosperar en la pomada de la cultura española. Este sistema existe oficialmente desde que los nuevos reyes llenaron la vieja piel de toro de instituciones culturales para demostrar qué espanto de país era el que ellos venían a reformar.

Desde entonces estamos con las reformas y los reformistas, la regeneración y los regeneracionistas cuyo rasgo esencial en clave celtibérica es que no se acaban nunca. Reforma más torpe, lenta e ineficaz no se ha visto jamás. El éxito de la nueva política cultural fue absoluto: durante más de un siglo no se escriben en España libros de historia que se ocupen del periodo anterior, la época Habsburgo. Dos siglos condenados al silencio.

Y no son cualesquiera siglos sino aquellos que fueron llamados por otros, pero no por españoles, Siglo de Oro. Damnatio memoriae más rigurosa que esta no se ha conocido en Occidente. A día de hoy no hay un solo trabajo publicado donde se trate de explicar esta extraordinaria anomalía, sin parangón en ninguna nación del vecindario, aparte las breves páginas que aparecen en Fracasología, que apenas ofrecen un esbozo del hecho.

De aquellos polvos vienen estos lodos, porque el afrancesado no aprendió de Francia lo mucho y bueno que esta tiene que enseñar sino que medio memorizó unos cuantos eslóganes al estilo de Masson de MorvilliersEt voilà.

Francia le ha dado dos lecciones al mundo, primero prohibiendo el lenguaje inclusivo en las escuelas y después vetando la inmersión lingüística

El afrancesado español en el siglo XVIII y ahora normalmente no habla bien francés o no lo habla en absoluto, y repite de oídas la Méthodique. Con la navaja cachicuerna asomándole por la faltriquera se coloca la peluca empolvá y no se entera de nada, pero que de nada, de lo que pasa en Francia, de lo que realmente merece la pena aprender de Francia, porque el problema del afrancesado español es que es un genuino producto carpetovetónico, un decorado inane con que se vino a rellenar el hueco de lo que ha ido desapareciendo en España desde el siglo XVIII, el europeo español, o sea, un tío que abría caminos donde no los había, que era capaz de aprender de propios y extraños, que no pedía perdón por existir ni estaba dispuesto a ir en el furgón de cola de la historia.

Lo sustituyó el localismo enfermizo y cateto, un fray Gerundio (la alusión clerical es totalmente intencionada) que se mira con adoración el ombligo de su hecho diferencial. En resumen, el afrancesado español es un fraude y por eso necesita de la autarquía identitaria, porque no es capaz de salir de su pueblo. En un hábitat competitivo más amplio muere de una muerte ridícula. Intentando disimular sus contradicciones, el afrancesado español se recoloca la peluca para taparse la calva carlista y cantonal, pero por muy temprano que se levante es una supervivencia lamentable y anómala del Antiguo Régimen y no tiene ni idea de lo que es el Estado moderno.

El afrancesado español del siglo XXI se horroriza de los toros y los prohíbe, mientras los franceses los protegen y los declaran patrimonio cultural de la nación. En los últimos meses le ha dado Francia dos lecciones al mundo de las que merecen ovación y desfile en los Campos Elíseos, primero prohibiendo el lenguaje inclusivo en las escuelas y después vetando la inmersión lingüística tal y como está recogida en varios artículos de la ley Molac. Un Tribunal Constitucional como ese… en España es inimaginable. Por falta de buenos y verdaderos afrancesados. “El francés es la lengua de la República” ha dicho el Constitucional francés.

Aquí cuando hemos tenido una república ha sido foralista y revolucionaria a la vez. O sea, con la peluca torcida y la navaja cachicuerna en la faltriquera. Así se entiende que la política lingüística republicana la copió luego la monarquía. Pues claro. ¿Qué se creían ustedes que había debajo de la peluca empolvá? Dice Pablo Iglesias en un vídeo famoso que hacer política es cabalgar las contradicciones. Pues se equivoca. Sobre esta clase de contradicciones no se puede, porque te cabalgan ellas a ti.

La balcanización es un fenómeno trasversal e independiente de la ideología política que se dice tener

Se puede prosperar individualmente, pero eso no es hacer política. Un Estado no es una plastilina foral en la que cada señor feudal hace lo que quiere.

Ahora Feijóo II, heredero del primer gran reyezuelo galaico post Transición, que fue Manuel Fraga (¿post Transición?) dice que va a expulsar a la Guardia Civil de Galicia. ¿Por qué? Porque es una institución todavía vertebradora, transrregional, unificadora del Estado. La lengua también lo es. De ahí que la batalla por la fragmentación política se dé por encima de todo en ese terreno. El Estado francés lo construyeron los jacobinos sobre la base de una política lingüística unificadora. Sí, u-ni-fi-ca-do-ra. Ahora es cuando aparece un asustaviejas con la peluca apolillada y dice: ¡Ah… horror, fascistas! A esto hay que responder solamente: igualico, igualico que el difunto de su agüelico.

Tenemos pendiente la única revolución posible, la del Estado moderno, sin particularismos, sin foralismos, sin hechos diferenciales, sin Pelayos ni caballos… Hemos mentado a Feijóo y a Pablo para que se entienda que la balcanización es un fenómeno trasversal e independiente de la ideología política que se dice tener. Cuando se mueve la peluca y asoma lo que hay abajo, se descubre que unos y otros carecen de lo mismo, aunque se digan adversarios: una cultura política auténticamente republicana. Nunca es tarde para afrancesarse adecuadamente.

*** Elvira Roca Barea es escritora, ensayista y autora de los libros Imperiofobia y Fracasología.