Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- La Audiencia Nacional imputa a Zapatero, que lo niega todo por triplicado
El juez Calama de la Audiencia Nacional imputó ayer a José Luis Rodríguez Zapatero como líder de una red de tráfico de influencias destinada a obtener beneficios de la intermediación con instancias públicas en favor de terceros. Tal cual. Y solo estábamos a martes. En el medio de la intermediación, el rescate de Plus Ultra, la aerolínea venezolana. El juez hace cuentas y sitúa en torno a los dos millones de euros las comisiones cobradas presuntamente por Zapatero y su entorno familiar.
Nunca antes se había imputado a un expresidente. Otro logro conseguido. Y, bueno, ya sabemos cómo funciona: salta la noticia, comienzan los registros y el partido del investigado, que en este caso está en el Gobierno, reacciona mostrando confianza en la Justicia y en el normal funcionamiento del sistema, lo que implica el respeto por la presunción de inocencia del expresidente, al que siempre puede enviársele, llegado el caso, alguna muestra de afecto personal. Por supuesto, bromeo. Nada de eso pasó. El PSOE reaccionó atacando a los jueces y aferrándose a teorías conspirativas que, más que una excusa, son ya un insulto. Fue exactamente lo mismo que hizo el PP cuando saltó el ‘caso Gürtel’. El ministro de Transportes llamó imbécil al líder de la oposición. Eso sí fue nuevo. En la televisión pública demostraron su compromiso con la verdad expandiendo con entusiasmo la mentira gubernamental en lo tocante al origen de la denuncia que compromete al expresidente. No han sido los fachas, en fin, sino la Fiscalía Anticorrupción tras recibir peticiones de Francia y Suiza relacionadas con el blanqueo.
Mi reacción favorita fue sin embargo la de Patxi López, portavoz socialista en el Congreso: «No me puedo creer esto de José Luis». La apelación a la incredulidad yo creo que va a funcionar muy bien. Al fin y al cabo, ¿quién puede creerse que un ministro de Transportes esté en medio del confinamiento citándose en los paradores con prostitutas para organizar lo que, por su complejidad e impacto, más que tríos se dirían triatlones? Ayer Zapatero salió al jardín y se hizo un vídeo negándolo todo con su tono enfático y sobresdrújulo. Da la sensación de que va a ser el último en enterarse de que su magia moral ya no funciona. De Plus Ultra él no sabe nada. No lo dijo, sino que volvió a reiterarlo, así que la negación vale por tres. Al rato, salieron los mensajes de la gente de Plus Ultra hablando del rescate y de «nuestro pana Zapatero». El expresidente anunció que atenderá a los medios. Yo esperaría a ver qué sale hoy. Todavía estamos a miércoles.
CATALUÑA
Acuerdos extras
La política española transcurre a una velocidad extraordinaria e incompatible con la cordura. El fenómeno favorece el olvido (¿cuándo dicen que fueron las elecciones andaluzas?) y su variante efusiva: el asombro. «¡Anda, Junqueras!», me dije yo ayer al ver reaparecer al líder de Esquerra. Sucedió en el Palau de la Generalitat, donde Junqueras firmó con Salvador Illa el acuerdo de Presupuestos. Fue importante porque por alguna razón en Cataluña hacen falta Presupuestos para resolver «los problemas cotidianos de la gente» y para «planificar el futuro». Debe de tratarse sin duda de uno de esos hechos diferenciales. En España, para conseguir esas cosas basta con prorrogar los Presupuestos de 2023, que son unos Presupuestos que han salido buenísimos y no hay que tocarlos ya más, un poco como la rosa de Juan Ramón. Otra peculiaridad catalana es que lo importante del pacto de Presupuestos son, como es lógico, los «acuerdos extrapresupuestarios». Tienen que ver con inversiones y se han negociado con el Gobierno. Que la cesión del IRPF a la Generalitat también va muy bien lo confirmó ayer Junqueras, lo que explica que la firma de ayer haya esperado a que terminasen todas las elecciones autonómicas. España es un país plurinacional, pero a medias y por lo bajini. La noticia es, sin embargo, que el líder de Esquerra está visiblemente más delgado. Comienza a pasar con nuestros políticos lo mismo que con los chiquillos. Pasas un tiempo sin verlos y después ni los reconoces, del estirón que han pegado y lo guapos que se han puesto.