Manuel Montero-El Correo
- La verdadera hazaña del político moderno no reside en gestionar el presente con alguna destreza, sino en reescribir el pasado con la soltura de un novelista
Ha surgido una disciplina egregia en la política contemporánea que deja en mantillas a la ya ciencia de la historia, quizás anticuada: la maleabilidad retrospectiva. Para el poder instituido (y para contrapoderes con ínfulas), el pasado no lo componen hechos que hayan sucedido, sino que es una plastilina que quiere sumisa, dispuesta a ser moldeada, estirada o redefinida según los caprichos del mandamás de turno o de algún vocero con ocurrencias. La verdadera hazaña del político moderno no reside en gestionar el presente con alguna destreza, sino en reescribir el ayer con la soltura de un novelista por entregas. Y que le crean.
En esta era de virtudes prefabricadas, la memoria colectiva ya no cumple la tarea de registrar la verdad, sino la misión sectaria de erigir trincheras para las batallas del día. Cualquier testimonio individual que disienta de la versión oficial (del franquismo, por ejemplo, tan brutal pero poco reconocible en los simplismos que hoy se difunden) corre el riesgo de ser catalogado como un falsario. Resulta fascinante que pretendan elevar la llamada «memoria histórica» a la categoría de derecho fundamental, con la deriva de que se pueda calificar como anatema cualquier recuerdo que choque con la doctrina dictaminada en comités doctrinarios, en tertulias televisivas o en ocurrencias de bar.
Ya lo escribió Orwell en ‘1984’: «Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado». Los diseñadores del relato oficial han comprendido el axioma a la perfección, aplicando su cirugía estética al devenir de los tiempos. Así, cualquier matiz incómodo o complejidad histórica es borrado de un plumazo bajo la etiqueta comodín de «fascista», «reaccionario» o facha sin más. La transición, el principal campo de batalla, queda reducido a un tebeo infantil de malos y traidores, deslegitimado por no ser una ruptura revolucionaria, repudiada con severidad dogmática por amnésicos profesionales que ayer jaleaban la violencia y hoy nos imparten lecciones de pulcritud democrática. El colmo del cinismo lo protagoniza Bildu: después de hacer desvanecer su pasado de violencia detrás de su actual pátina angelical, se erige en juez de aquel proceso dándonos lecciones de democracia.
Pero el milagro no termina en el moldeado del pasado; se sublima en la mutación de la ideología en una fe ciega y diríamos prenatal, dotada de una mística conmovedora. No se sopesan datos o reflexiona sobre programas y propuestas. Valen las que se digan progresistas: el progre nace, no se hace. Es una esencia ontológica, un estado de gracia inmutable que blinda al creyente contra cualquier perturbación de la realidad.
Por esta razón teológica, nada conmueve la convicción del militante. Pueden multiplicarse las barrabasadas económicas, las malversaciones, los advenimientos misteriosos de joyas, los tropiezos legislativos o los líos sexuales más estrafalarios (a cuenta ajena, o sea nuestra); el voto se mantiene inalterable, firme como una roca. La meta de los estrategas de palacio no consiste en convencer al incrédulo mediante la bondad de su gestión, sino en fortificar la coraza identitaria de su votante para que acuda dócil a las urnas, como si dijéramos a toque de corneta.
Este blindaje identitario permite gestionar los trapos sucios con un desparpajo verdaderamente asombroso. Si un dirigente eximio (o hasta ayer desconocido) es sorprendido metiendo mano en la caja común -amparado en el dogma de que el dinero público ‘no es de nadie’- o frecuentando garitos de dudosa reputación, el protocolo de autoprotección se activa automáticamente. En un primer momento, se recurre al tupido velo, a los fallos informáticos sobrevenidos o a traspapelar las denuncias para evitar que el vulgo sospeche que los puros también pecan. Y si el escándalo adquiere proporciones que no pueden ocultarse, se ejecuta un rápido exorcismo: el culpable es despojado de su título de progresista a la velocidad de la luz, pasando a ser un apestado desconocido que ‘hace el juego a la extrema derecha’¡. La pureza del elegido queda intacta.
En este teatro de la desmemoria, resuena el eco de Milan Kundera: «La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido». En otras palabras, cuando el propio poder se apropia del monopolio de la memoria para transformar la historia en un dogma militante, la resistencia está en la verdad. Ya no estamos ante una memoria histórica, sino ante una auténtica ‘memoria histérica’, cuyo único propósito es agitar el pánico al adversario para mantener a la feligresía amarrada al cubil ideológico. Nada une más a una tribu que el temor al infierno que equiparan con su enemigo.
Así, la ‘memoria histérica’ sirve para mantener identidades, por lo común inventadas, preadolescentes o sectaria.