Carlos Souto-Vozpópuli

  • La sociedad ya no espera nada de Sánchez mientras empieza a no esperar nada tampoco de PP y Vox

Hay algo más inquietante que un gobierno que no cambia: una oposición que ya ni siquiera genera la ilusión de cambio. Ha terminado por hacerle perder a la sociedad lo último que se pierde: la esperanza. No porque no esté, no porque no critique. Está, habla y critica, pero no mueve la aguja, no ilusiona. Y si no ilusiona, ya es parte del decorado. España lleva demasiado tiempo en ese punto. Demasiado tiempo mirando el mismo atrezzo.

El gobierno de Pedro Sánchez no necesita hacer grandes cosas para sostenerse; le alcanza con resistir. No hay riesgo, no hay alguien enfrente que lo obligue a cambiar el paso. Lo que hay es una oposición que acompaña el desgaste, lo comenta, pero no lo convierte en poder. Y ahí aparece la simetría incómoda entre Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal. Dos recorridos distintos que terminan en el mismo lugar. Feijóo llegó como renovación para un partido histórico, con la promesa de orden y solvencia. Abascal construyó un partido nuevo desde una trayectoria política previa, con la promesa de ruptura. Uno debía provocar un cambio seguro, el otro demostrar que iba a cambiar las cosas gobernando. Ninguno ha conseguido su objetivo. Feijóo no logró trasladar su peso político regional al plano nacional. No construyó esa expectativa capaz de movilizar nuevas adherencias. Hoy no incomoda. Eso sí, es correcto. Pero en política, ser correcto es una forma elegante de no existir. El Partido Popular ha ido languideciendo hasta parecer una comida de hospital: sin sal, sin riesgo, sin ningún sabor reconocible. Feijóo algo mantiene, pero no engorda.

Qué es Vox y cómo funciona

Abascal, en cambio, prometía otra cosa. Era intensidad, era ruptura. Hoy sigue siendo lo mismo, pero ese “lo mismo” ya no alcanza. Se ha convertido en un chacinado político: con sabor fuerte, pero cada vez más cuestionado en su composición. Ha tenido que salir a explicarse, a justificarse, a aclarar qué es Vox y cómo funciona. Y en política, cuando uno sale a aclarar, lo que hace es oscurecer. Antes el impulso de Abascal alcanzaba. Hoy ya no.

Dos trayectorias distintas, un mismo resultado: han dejado de representar algo muy concreto que la gente esperaba de ambos. Ese es el problema central. Y desde ahí, todo lo demás resulta casi grotesco. El diálogo sobre el gobierno de Extremadura es patético. Esperamos la Semana Santa a ver si después de rezar algo cambiaba, pero no. En Aragón habría que repetir elecciones. En Castilla y León la cosa está “complicada”. Donde la oposición puede gobernar, no sabe cómo hacerlo. Ya no es un diálogo, es la política hablándose a sí misma mientras el país habla con estupor sobre la eutanasia.

A estas alturas, la gente ya no le pide a la oposición inteligencia, ni dirección, ni lectura del momento. Sería milagroso. Pedirle eso a la oposición española hoy, parece más difícil que pedirle un pedo a una estatua. No puede. Porque ha repetido hasta vaciar de contenido sus propias palabras. Porque ha confundido presencia con relevancia. Porque ha creído que el desgaste del Gobierno era suficiente. La sociedad ya no espera nada de Sánchez mientras empieza a no esperar nada tampoco de la oposición. Y ahí es donde el sistema entra en una zona delicada. Porque una democracia puede tolerar un mal gobierno si percibe que hay una alternativa en construcción. Lo que no tolera indefinidamente es la ausencia total de horizonte.

La prueba está en el clima interno de los partidos. En el momento en que Feijóo fue ungido o Abascal irrumpió, los rumores de pasillo eran otros: expectativa, impulso, una sensación de “ahora sí”. Ese impulso desapareció. Hoy los rumores son más escépticos, más defensivos. Y no ocurre solo en la oposición. También en el partido de gobierno. La política española está enferma. Hoy los partidos comparten esa enfermedad, y el del gobierno parece haber contagiado a todos. Sánchez, mientras tanto, vive en una especie de portación sana. Está más delgado, pero nada más. Basta escucharlo cuando dice que está bien, verlo con esas gafas imposibles, posando en bicicleta, construyendo una normalidad cínica en medio de un contexto que exigiría otra cosa. Pero puede hacerlo. Puede permitírselo.

No habrá alternancia

Puede porque nadie lo amenaza de verdad. La oposición no compite. Rumia. Mastica una y otra vez el mismo bocado que le sirve el presidente, sin transformarlo, sin convertirlo en energía política. Y eso no solo agota al sistema. Agota a los españoles. Porque la decepción ya no se dirige solo hacia el poder. Se extiende hacia la expectativa de mejorar, a la necesidad de creer, al deseo de cambiar. Si todo sigue así, no habrá alternancia. Habrá continuidad. No porque el Gobierno sea fuerte, sino porque enfrente no hay nadie capaz de ocupar su lugar. Uno no puede, el otro no quiere.

Y en ese escenario, el desenlace deja de ser una incógnita. Sánchez va a seguir empujando hasta el límite, va a sostener su posición incluso cuando todo alrededor se deteriore, va a tensar hasta donde haga falta. Puede incluso volver a ganar. Por ahora, parece dispuesto a morir matando. Y la oposición, tal como está, no logra salir del papel de víctima.