El Correo

  • ¿Desconoce el lehendakari que el currículo educativo ya no incluye que los estudiantes puedan formarse en valores que deslegitimen la violencia terrorista?

El día 10, durante la celebración del Día de la Memoria, el lehendakari alertaba de un riesgo real de retroceso en nuestra convivencia debido al desconocimiento entre nuestros jóvenes de lo que denominó con una imagen como «tiempos oscuros». Señalaba asimismo Imanol Pradales, y con certeza, que su olvido «no es una opción», y enfatizaba, con otra cuidada metáfora, que «no vale pasar página sin leerla» como «tampoco leerla deprisa y corriendo», en alusión a su estudio.

Pero ese último riesgo no existe, porque en el currículo educativo vigente ya no está esa página a la que alude el máximo responsable de nuestro Ejecutivo. Escrita en 2010, fue pulcramente borrada en 2023, sin que se aprecie de ella el más mínimo rastro en el decreto que ordena sus contenidos en la actualidad. Y como consecuencia, no existe nada en la norma vasca que regula la Enseñanza Obligatoria que obligue a repasar, ni deprisa ni despacio, ese tiempo de violencia política desde el recuerdo solidario con sus víctimas.

Y no parece que haya intención de recuperarla, como se desprende de la reciente respuesta de la consejera de Educación, Begoña Pedrosa, a la pregunta formulada por EH Bildu, que sigue tal eventualidad con mucha atención. Con lo cual solo quienes opten por continuar sus estudios en una universidad pública deberán abordarla al final del Bachillerato para poder superar la prueba de acceso. El resto lo hará únicamente si sus centros, de forma autónoma, quieren rescatar ese momento terrible de nuestra historia reciente, de entre «las infinitas violencias» en las que lo ha sepultado la actual norma curricular.

Hay otras violencias que sí seguimos destacando, y con justicia, en el currículo educativo actual. Violencias terribles que invitamos a analizar y a rechazar, como la que sufren las mujeres. Y hay incluso programas específicos imprescindibles para otras, como esa violencia nada banal que acompaña al acoso en el ámbito escolar e intoxica a muchos estudiantes hasta el extremo. Por eso, este vacío en cuanto a las heridas causadas por la violencia terrorista que recordaba el lehendakari en su discurso, y a las enseñanzas que podemos y debemos extraer, cobra una relevancia excepcional.

La página escrita por la entonces consejera Isabel Celaá, y cuidadosamente eliminada durante el mandato de Jokin Bildarratz, introducía en el currículo una directriz clara para que nuestros estudiantes tuviesen la oportunidad de ser formados en los valores que representan los derechos humanos, deslegitimasen la violencia injusta, incluida la violencia terrorista, y empatizaran con sus víctimas. ¿Desconocía el lehendakari que todo ello ha desaparecido hace ya dos años y medio sin que nada lo haya sustituido?

Decía Theodor Adorno que «los niños que nada sospechan de la crueldad y de la dureza de la vida son los que más expuestos se encuentran a la barbarie tan pronto como abandonan su entorno protector». Desconocer la violencia del pasado y discernir toda su injusticia a través del testimonio de sus víctimas no protege mejor a nuestro escolares, sino que los hace más vulnerables a «esos amores indeclinables de patrias, ideologías, religiones que llevan a la gente a matarse» sobre los que alertaba el psiquiatra y exmiembro de ETA Iñaki Viar, en el documental ‘Traidores’ (2020) dirigido por su hijo Jon.

Los estudiantes ansían saber, pero somos nosotros quienes, en una actitud temeraria en la que parece que hemos reparado ahora, rechazamos enseñarles el indispensable abc de la convivencia cívica y democrática, aquella que no solo ampara la conducta digna sino que la exige, que recordaba María Zambrano, y que por ello deslegitima el uso de la violencia para dirimir el conflicto. Quizás, porque queremos quedar a salvo de su conocimiento y evaluación y evitar de esa manera que se nos cuestione. Pero ello acarrea un alto coste social.

Está en manos del lehendakari y su Gobierno que esta página se lea, y se lea correctamente, que la violencia sufrida estos años se conozca a través del testimonio de sus víctimas para juzgarla y rechazarla en toda su extensión. Y ello implica recuperar lo que se borró. No hacerlo reduce sus palabras a un simple reproche partidista, y no a una reflexión profunda sobre la necesidad de impulsar en nuestros jóvenes la oposición radical a la violencia como método válido para alcanzar objetivos políticos, ideológicos o religiosos.