Ignacio Camacho-ABC
- Una cosa es ser pragmáticos ante el caos y otra distinta aceptar la ley de la fuerza y la política de hechos consumados
Ursula von der Leyen se ha caído al fin del guindo con Sánchez. Le ha visto el cartón oportunista, la cara insolidaria, el europeísmo de fachada, el populismo mal disimulado en una impostura constante. Ahora sólo queda que no nos pase a los españoles la factura de haber calado tarde la verdadera condición del personaje al que miraba con gesto de arrobo pensando que iba a asegurarle el sillón que le movían sus correligionarios alemanes. En ese arrebato de conversa también se ha dado cuenta de la necesidad de las nucleares, que su vicepresidenta Teresa Ribera cuestiona con el dogmatismo de una fe ecologista blindada frente al principio de realidad con una armadura ideológica invulnerable. Lo malo es que el fervor de la palinodia, aunque suavizada con ayer un patente viraje, le ha empujado también a arrodillarse ante Trump para proclamar el fin del orden geopolítico basado en reglas estables. Y esa precipitada claudicación moral es incompatible con los valores de cuya custodia debe encargarse.
Una cosa es que Europa haya dejado de ser ese espacio de sosegada civilización que Simenon definió con la metáfora de un violín sonando de noche en una calle mojada; que el fracaso cantado del multiculturalismo haya arruinado la triple herencia latina, griega y judeocrististiana; que una deslocalización industrial suicida haya desplazado el eje productivo del planeta al sureste de Asia; que un cierto fundamentalismo verde haya sembrado de malestar las grandes regiones agrarias o que la extensión del bienestar subvencional haya acabado por generar una sociedad apalancada y de mentalidad blanda. Todo eso puede ser cierto pero otra cosa bien distinta es renunciar al principio esencial de la cohesión comunitaria, que ha sido y debe seguir siendo el de la construcción de un ámbito de libertades, de paz, de cultura, de desarrollo y de convivencia fundamentado en la hegemonía del derecho y la democracia. Y hacerlo por la presión de un padrino internacional de fuerte pulsión autoritaria.
La declaración de doña Ursula tendría un pase si se tratase de reivindicar la vuelta a cierto poder duro capaz de garantizar la seguridad colectiva amenazada por los reparos del principal aliado. Pero tal como la ha formulado, lo que ha hecho la presidenta de la Comisión ha sido entregar a la izquierda la bandera fundacional de un proyecto que en su origen no fue socialista sino liberal-cristiano. Y cuyo objetivo primordial consistía en sustituir la ley de la fuerza y el garrotazo por la jerarquía de un sistema jurídico compartido para conjurar el caos. Por supuesto que en el actual estado de cosas conviene ser pragmáticos. Lo que no procede, precisamente por la gravedad de las circunstancias, es desentenderse de un modelo que mal que bien ha funcionado con éxito durante setenta años. Si Von der Leyen no puede, no quiere o no sabe estar a la altura de su mandato quizá sea hora de ceder el paso. Porque una parte cardinal del pesimismo democrático se debe a la desoladora ausencia de liderazgos.