Luis Ventoso-El Debate
  • Bajo su apariencia suave y sus maneras sinuosas y relajadas se ocultaba un personaje destructivo

Mi gran amigo Manuel Costoya, que me aguanta en la carrera de la vida desde el lejano día en que coincidimos en un aula de Parvulitos, es un formidable conversador. Cuando la sobremesa se alarga tras un buen condumio y la pertinente hidratación espirituosa, él gusta de disertar con gracia y pasión sobre sus personajes favoritos. A veces se trata de pequeños clásicos opacados por un velo de amnesia, pero que a él le resultan interesantes y dignos de reivindicación. Uno de ellos es el cineasta estadounidense Blake Edwards, muerto en 2010 en California, a los 88 años. Aunque muchos lo consideran un director comercial y menor, famoso por la saga de La Pantera Rosa, mi amigo sostiene que Edwards es un grande. Y me temo que concuerdo; no hay más que volver a ver El Guateque (1968), una de las chaladuras más originales de la historia del cine, donde un descacharrante Peter Sellers se carga él solo la más estupenda y prometedora de las fiestas.

En 1961, Blake Edwards dio un recital de comedia sofisticada con la encantadora Desayuno en Tiffany’s, una de esas películas que siempre se puede repasar con agrado. Pero al año siguiente dirigió a Jack Lemmon en el que tal vez sea el más crudo alegato de Hollywood contra el alcoholismo, el drama Días de vino y rosas. Luego vino la hilarante saga de La Pantera Rosa. Confieso que si vuelvo a ver alguno de aquellos astracanes del inspector Clouseau sale a flote por un instante el niño que fui. No puedo evitar desternillarme con algunos de sus gags catastróficos.

Los créditos de apertura de las comedias de La Pantera Rosa consistían en unos dibujos animados, sobre los que sonaba la conocidísima sintonía de Henry Mancini, un gigante que ganó cuatro Oscar. Esa animación tuvo tal éxito que cobró vida propia con El Show de la Pantera Rosa, que tanto disfrutamos en la tele los que fuimos críos en los sesenta y los setenta.

Con sus andares relajados y elásticos, la Pantera Rosa era un personaje de apariencia inofensiva. Deambula por ahí con un porte suave y sofisticado, amable. Pero en realidad se ríe de todos y esconde una acusada mala leche, a la que da salida pintando de rosa las propiedades del Inspector, que encarna el orden.

Zapatero ha disfrutado de varios alias a lo largo de su carrera. Cuando conquistó la poltrona del PSOE, algunos analistas con la visión de Mr. Magoo lo apodaron Bambi. Lo veían como inocentón. Otros lo motejaron como Mr. Bean, por su innegable parecido con el torpe personaje del cómico Rowan Atkinson. No se enteraban de nada. Zapatero era en realidad un peligro público. Tenía un plan bien definido, génesis de todo el deterioro que ahora ha estallado con Sánchez en su versión más cutre, mentirómana y delictuosa.

En los tiempos en que lo llamaban Bambi, a mi Zapatero me recordaba más bien a otro personaje de dibujos animados: la Pantera Rosa. El parecido físico me resultaba notable: los ojos grandes, casi saltones, las cejas muy marcadas, la sonrisa postiza y perenne. Pero la semejanza también es psicológica. A primera vista, el felino parece simpático, un bicho de buen talante… pero en cuanto te despistas, te ha hecho un enorme roto. El de Zapatero fue doble: 1. Su ingeniería social para intentar borrar la médula cristiana de España. 2.- Su siniestro pacto con ETA y el separatismo para llegar a un acuerdo que permite que el PSOE gobierne sin votos a cambio de ir avanzando hacia la independencia vasca y catalana («la realidad plurinacional», en la actual jerga eufemística del sanchismo).

Por cierto, en la primera película de la saga, el nombre de la Pantera Rosa hace referencia a un enorme diamante así denominado.

Todo encaja con la figura del contador de esmeraldas, antaño contador de nubes, que ha dejado tanto rastro de sus andanzas que hasta un policía tan patoso como Clouseau sería capaz de desenmascararlo. Esta vez la Pantera Rosa no se va a salir con la suya y en su caída puede que incluso arrastre al mismísimo Pato Lucas. El crepúsculo de los intocables.