- El mismo Sánchez que no felicita a los españoles ni la Navidad ni la Semana Santa (pero sí el Ramadán), ha reclamado a Israel la celebración de una misa católica en el Santo Sepulcro.
Sobre esta Semana Santa primaveral se ha levantado un teatrillo de cartón piedra, con procesión sin fe e incienso de mercadillo, que no logra disimular el olor acre de la manipulación. Sin Cristos que cargan con el peso del mundo, ni Vírgenes que sostienen y elevan.
Una Pasión que no es la de Pier Paolo Pasolini, austera, simbólica y brutal en su verdad, sino la enésima impostura de Pedro Sánchez, donde no encarna al mártir, sino al fariseo sin escrúpulos que aprendió demasiado bien a habitar el templo mientras lo vaciaba por dentro.
Nuestro presidente lo mismo te quiere vender la burra con la que entró con palmas en Jerusalén que hacerte creer que defiende la libertad religiosa a golpe de tuit.
El mismo que no felicita a los españoles ni la Navidad ni la Semana Santa (pero sí el Ramadán), ha reclamado a Israel la celebración de una misa católica en el Santo Sepulcro.
La religión no como ámbito de libertad, sino como atrezo pseudodiplomático.
Con tal de asentar su reciente epifanía como príncipe de la paz, esta última contorsión revela su infinita capacidad de canibalizar líneas rojas. Porque en España la libertad religiosa se ejerce, en la práctica, de manera discriminatoria hacia los católicos.
Se invisibiliza cuando forma parte de la identidad cultural propia, pero se exhibe cuando puede convertirse en palanca exterior.
Vivimos tiempos de equilibristas morales, de funambulistas que se sostienen sobre el alambre no para avanzar, sino para marear al espectador. Sánchez ha hecho de la ambigüedad una forma de poder, del humo una política de Estado.
Bajo su mandato, las libertades (de reunión, de expresión, de prensa, de movimiento, incluso de pensamiento) se han ido secando y encogiendo al sol impenitente de las opiniones que sustituyen a los hechos, de la ideología y el sectarismo que privilegian a algunos en lugar de las políticas públicas que benefician a todos.
El mayor reductor de libertades que recuerda nuestro país desde Francisco Franco pretende erigirse en látigo de Israel y Estados Unidos, en prefecto vitalicio de una Hispania menguante que ya no gobierna ni administra.
Entregado a su propia ficción, ha abandonado definitivamente las cuestiones terrenales de su país.
Convencido de su propia resurrección próxima en la forma que mejor convenga, Pedro Sánchez va subiendo su propio Gólgota en su proceso de consunción ascética, con la mirada perdida propia de quien ya no pertenece a este mundo porque se ha desconectado definitivamente de la realidad y sólo aspira a la gloria autoinducida.
Mientras libera como Pilatos a una terrorista sanguinaria con una mano, entrega con la otra a su más fiel escudera a los leones andalusíes.
Mientras acosa y dinamita desde dentro las bases de la gobernanza corporativa de las empresas de alta participación pública, cubre de arena del desierto los trafullos de comisiones, licencias y rescates de empresas privadas, mordisqueadas por sus manos derechas y hasta su familia cercana.
No hay lealtades, sólo utilidades.
No hay principios, sólo coyunturas.
Y así, entre indultos, cesiones y maniobras, el poder se convierte en una mesa de cambistas donde todo tiene precio y nada tiene valor.
«¿A quién queréis, a Jesús o a Barrabás?».
«¡A Barrabés, a Barrabés!».
Y, sin embargo, por debajo (y por encima) de todo esto, se está produciendo un fenómeno que desborda el cálculo político: una ola silenciosa, pero incontenible, de recuperación de certezas desde la espiritualidad, especialmente entre los jóvenes.
En un mundo saturado de ruido, de relativismo y de vacío, muchos están volviendo la mirada hacia aquello que ofrece sentido, arraigo, trascendencia. No como refugio escapista, sino como respuesta a una intemperie moral cada vez más evidente.
En ese contexto, la muerte de Noelia Castillo ha actuado como un espejo incómodo.
La eutanasia, presentada tantas veces como conquista incuestionable, queda aquí desnudada en su dimensión más problemática: la de un Estado que, en lugar de acompañar, sostener y ofrecer tratamiento a una joven marcada por el sufrimiento psicológico desde la adolescencia, termina validando su deseo de morir.
No como acto de libertad plena, sino como síntoma de un abandono previo.
Cuando la única salida que se ofrece es una muerte higiénica y segura, lo que falla no es el individuo, sino el sistema que no supo (o no quiso) cumplir su función, que no es otra que ayudar a vivir mejor.
En esta Semana Santa de 2026 conviene recordar que no todo sacrificio es redentor ni toda cruz es legítima. Y que no todo el que se presenta como salvador merece adoración, sino más bien el escrutinio severo de una sociedad que no puede permitirse confundir la fe con la ficción.