Jesús Cacho-Voz pópuli
- Los sindicatos mayoritarios se han convertido en auténticos parásitos de la iniciativa privada y se han ganado a pulso su pésima imagen entre la ciudadanía
«En mi empresa reina la paz social y no es casualidad», cuenta el responsable de recursos humanos de una empresa del cinturón industrial madrileño, 5.000 en nómina, sector muy competitivo, con fuerte dependencia de las Administraciones, con márgenes estrechos, con serios problemas para contratar nuevos trabajadores. La paz social es el dios al que los gestores de este grupo rinden culto con ejemplar devoción. «Sí, hay paz social, de siempre, porque hay gente muy profesional que se desvive para que así sea. Empezando por los sindicatos mayoritarios. Empezando por los capos de CCOO y UGT, los de siempre, tipos que velan por ella con una entrega que ya quisieran para sí los guardas de un cementerio. Ni un ruido, ni una queja, ni un conflicto. Nunca. Los chicos de CCOO y de UGT hacen la vista gorda ante las irregularidades que comete la empresa, callan como putas ante el exceso de horas que se trabajan y no se pagan, ante los servicios que no se cubren, ante el cúmulo de irregularidades que se denuncian por lo bajo pero que nunca se concretan en nada. Los chicos de CCOO y UGT siempre llegan a acuerdos bajo la mesa con la dirección a la hora de aplicar el convenio del sector, todo lo pactan de espaldas a la gente y recogen después los frutos de su entente cordiale con el CEO del grupo. La mayoría de los trabajadores los detesta, pero los aguanta porque a la hora de la verdad, si tienes un conflicto con tu jefe y tienes que ir a Magistratura, ellos te arropan y te ponen un abogado, cosa que no pueden hacer los sindicatos pequeños. Y viven como príncipes, un montón de delegados sindicales, muchos de ellos liberados, que pasan sus días a cuerpo de rey sin dar palo al agua. Ayer mismo me vino uno de ellos para decirme sin tapujos que en la bolsa de horas sindicales que le corresponden tiene tantas sin consumir que no le espere ya hasta el mes de enero».
Por eso las últimas elecciones sindicales en ese grupo, celebradas el pasado mes de junio, se cerraron con una sorpresa mayúscula para todos. Uno de esos sindicatos minoritarios, muy peleón, muy reivindicativo, muy tocapelotas para la dirección, llevaba tiempo distinguiéndose en la defensa genuina de la plantilla, de modo que en la planta noble había miedo a que esa gente tan dura de pelar pudiera sacar un buen resultado. Y la empresa, con la eficaz ayuda de CCOO y UGT, trató por todos los medios de boicotear a ese sindicato e impedir que triunfara. Lo intentó por tierra, mar y aire: coches de empresa para quien no quisiera gastar el suyo, ahorrando tiempo y gasolina, y mandos intermedios convertidos en chóferes de la democracia. Ea, que no sea por falta de medios. Jamás en el entorno del CEO se había visto un despliegue tan generoso en defensa de la libertad de voto, siempre y cuando, claro está, la gente cogiera la papeleta de CCOO o de UGT, que era lo recomendado. Pero, contra todo pronóstico, resultó que ese sindicato minoritario se llevó el gato al agua, se alzó con la mayoría de los votos. Los trabajadores, unos desagradecidos, se habían cansado de pagar cuotas a CCOO y UGT para que se acordaran de ellos una vez cada cuatro años. Desolación en la sala del Consejo de Administración.
Porque la victoria de ese sindicato outsider anunciaba tiempos turbulentos para la dirección del grupo. El modelo pornográfico de encame colectivo, vigente desde hace tantos años, entre directivos y líderes sindicales parecía haber llegado a su fin. «El delegado sindical es ese compañero al que ves una vez por legislatura, cuando aparece sonriente para pedirte, como si fuera tu mejor amigo, tu confianza para los próximos cuatro años en los que de nuevo no le volverás a ver el pelo por el puesto de trabajo. Su nombre figura en los cuadrantes, pero en realidad no le conoces porque sus turnos los ocupan las horas sindicales. En qué las emplea es un secreto a voces: basta ver sus redes sociales para admirar la abnegada defensa que despliega, entre gamba y gamba en los mejores chiringuitos del lugar, por los derechos laborales de sus compañeros. Por eso hay hostias, literalmente hostias, por un puesto en las listas electorales de CCOO y UGT. Nadie está dispuesto a batirse en duelo por algo que implique un verdadero sacrificio por el bienestar de los currantes. Claro que hay que valer. Para ser delegado sindical hacen falta unas buenas rodilleras, tragaderas infinitas y una capacidad para mirar hacia otra parte a la hora de negociar con RR. HH.: tú me quitas esta denuncia en Magistratura y yo me encargo de que a ti no te falte de ná, que la cosa está muy mal y entre bomberos no nos pisamos la manguera».
Es este espíritu liberticida el que explica los muchos años de paz social que viene registrando el grupo en cuestión, años de pactos firmados con una sonrisa y una buena comilona posterior, de miles de horas extras trabajadas que nadie recuerda haber denunciado, de liberados sindicales que nunca nadie ha visto por la empresa y de traición a los principios constitucionales que enmarcan la razón de ser de los sindicatos en nuestro país (art. 7 CE), cuya existencia defiende de forma explícita, pero a los que también exige que «su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos». Nada más lejos de la realidad. Los sindicatos, en particular los mayoritarios, se han convertido en estructuras férreamente jerarquizadas en las que manda una cúpula muy corrompida por todo tipo de componendas que nada tienen que ver con la defensa de los intereses de los trabajadores. Unos sindicatos con protagonismo menguante en la Administración y la empresa pública, y con casi nula incidencia en el sector privado de la Economía. Unos sindicatos convertidos en auténticos parásitos de la iniciativa privada, que hoy disfrutan de algo que se han ganado a pulso: una pésima imagen entre la ciudadanía. Unos sindicatos que, según datos de la Intervención General del Estado, recibieron en 2024 subvenciones públicas por importe de 38,56 millones (UGT) y 30,67 (CCOO). Y aquí llega la sorpresa: ocho años han estado CCOO y UGT sin hacer una huelga general, viviendo la paz de los cementerios por no quebrar la tranquilidad del gran chamán de la izquierda, y de repente se han acordado de convocar, milagro, una huelga general para este miércoles 11 de noviembre.
Veinticuatro horas de paro por la vivienda y los salarios para ayudar a Pedro Sánchez en la contienda electoral que se avecina, después de ocho años en los que Sánchez no ha movido un dedo por la vivienda y en los que ha destruido el poder adquisitivo de los salarios. Ello a 18 días justos de unas elecciones generales trascendentales para el futuro de España. Una huelga convocada «contra la oposición», como literalmente ha reconocido la jefa de campaña del PSOE, la indescriptible ‘Marisú’ Montero. Una huelga para echar una mano a Pedro. Parece que en CCOO, como el jueves informaba este diario, la oportunidad de esta escandalosa convocatoria ha provocado alguna que otra división interna, pero el líder de UGT, el chico de la pashmina, Pepe Álvarez, distinguido comegambas barcelonés de ascendencia asturiana, está dispuesto a ligar la suerte de su sindicato a la de Sánchez, presto a servir a su señor hasta el final, ha dicho que por sus bemoles la huelga no se desconvoca a pesar de los 69 cadáveres aún calientes del accidente de Urda. Sánchez, que tiene su Tribunal Constitucional propio, sus Jueces (y Juezas) para la Democracia, sus medios de comunicación públicos (RTVE) y privados (Grupo Prisa), y tiene, en definitiva, el entero aparato del Estado a su servicio, ya tiene también su sindicato, la Unión General de Trabajadores. No hace falta ser un lince para adivinar que Pepe Álvarez y la UGT pagarán el precio que merecen por esta traición a una clase trabajadora que hace tiempo dejó de votar a la izquierda. Y no hará falta que de ello se encargue el nuevo Gobierno de centroderecha, metiéndoles el rejón de castigo dinerario (el dinero público de las subvenciones) que merecen: serán los propios trabajadores españoles quienes lo hagan.
Y bien, volvamos al grupo empresarial protagonista de esta pieza. ¿Qué ha ocurrido con la victoria electoral del sindicato minoritario al que tanto temía y teme la dirección y los sindicatos mayoritarios? Pues que los trabajadores que lo eligieron como su representante tras haberlo visto luchar de verdad por sus intereses, que fueron mayoría, han sido burlados de forma torticera. En efecto, tras mil maniobras orquestales, y con las bendiciones de los directivos del grupo, CCOO y UGT han logrado unir a otros sindicatos minoritarios para formar una mayoría que, este mismo mes de noviembre, les ha otorgado el control de la representación sindical. La presidencia del comité de empresa ha recaído en la representante de uno de esos minoritarios abducidos por UGT y CCOO. Es la mafia sindical dispuesta a que el poder no cambie de barrio. Es la paz social o cómo se cuida un jardín. Es corrupción. Algo parecido a lo que hizo Sánchez en julio de 2023, juntándose con lo mejor de cada casa para poder formar Gobierno repartiendo dádivas por doquier y pagando los 7 votos de Junts con la amnistía a los golpistas catalanes. Este es Unai Sordo, líder de Comisiones, y este es Pepe Álvarez, un asturiano de Alvariza convertido al independentismo catalán, cuya diarrea ideológica le ha llevado a viajar a Waterloo para rendir pleitesía a Puigdemont. Una joya de hombre. Si Marcelino Camacho Abad y Nicolás Redondo Urbieta levantaran la cabeza, se volverían a morir de pura vergüenza. La España que trabaja tiene la oportunidad el día 29 de pasar la cuenta a este par de golfos. También a estos.