Rebeca Argudo-ABC

  • Hay que elegir si se está con Uclés (que ayer era muy listo y hoy un ignorante, ayer muy interesante y hoy un sectario) o con Pérez-Reverte

Escritores célebres que llevaron mal las críticas siempre los hubo a lo largo de la historia: Gustave Flaubert llamaba a los críticos «eunucos furiosos»; Truman Capote, tan rencorosillo él, no perdonaba una mala reseña y convertía a sus autores en enemigos de por vida; Charles Dickens respondía en prólogos y misivas con incontenible furia pasivo-agresiva y Herman Melville hasta dejó de escribir novelas para evitar enfrentarse a ellas.

Críticas literarias despiadadas, más o menos objetivas, más o menos injustas, siempre las hubo a lo largo de la historia: de Marcel Proust se dijo que era un autor que necesitaba treinta páginas para describir cómo se daba la vuelta en la cama; de Henry James, que sus novelas son como casas sin muebles: bien construidas, pero inhabitables; de James Joyce, que su Ulises es una masa informe de palabras sin disciplina ni propósito y cuentan que Camilo José Cela llegó a decir de León Felipe que escribía como quien arrastra un saco de patatas escaleras abajo.

Por eso el enfurruñe del escritor David Uclés no deja de ser un caso más de autor con escasa tolerancia a la frustración ante una vida que no es aplauso constante ni ovación interminable. Lo interesante del caso no es eso, por recurrente y poco original como hemos visto, sino que el asunto ha levantado la falda a la crítica literaria. Empezaron loando el libro por encima de sus posibilidades y, cuando un fulano anónimo se lo leyó (por fin alguien se lo leía) e hizo una crítica argumentada en redes (por fin alguien lo hacía), Uclés gritó fascismo y homofobia y pidió las sales, y la crítica literaria profesional salió en tromba detrás a gritar envidia y acoso. Pero, no se equivoquen, no le defendían a él: defendían su negociado. Tenían que jurar por lo más sagrado que aquello que dejaron escrito y firmado, negro sobre blanco, era cierto y honesto (les va el sueldo en ello), y no podían permitir que un advenedizo con lecturitas les dejara en evidencia. Lo que no se esperaban era que el personaje, parapeto posmoderno que libra al libro de la crítica, se fuera de madre y, en un error de cálculo, diera plantón al mismísimo Arturo Pérez-Reverte, después de comprometerse a asistir a unas jornadas de debate porque él no habla con quien piensa diferente (a algunos esto les parece demócrata y tolerante). Así que ahora, en un baile de las sillas de consecuencias imprevisibles, vemos mover los culos de la dizque inteletualidad porque hay que elegir si se quiere más a papá o a mamá, si se está con Uclés (que ayer era muy listo y hoy un ignorante, ayer muy interesante y hoy un sectario) o con Pérez-Reverte.

Yo, como a los bailes solo asisto de lejos y codo en barra, me limito a esperar las críticas a su próximo libro. Y a Uclés, si me lo permite y como Petronio a Nerón, le aconsejaría: Salud, David, y no cantes; asesina, pero no hagas versos; envenena, pero no bailes; incendia, pero no toques el acordeón. Por favor.