JUAN CARLOS GIRAUTA-·EL DEBATE
  • No está claro si fue primero el fútbol el que se politizó o la política la que se futbolizó, pero si lo primero es lamentable, lo segundo es catastrófico
Según las encuestas, Illa ganará las elecciones catalanas. Illa el mascarilla, mando supremo de la peor gestión europea de la pandemia. Y lo hará en plena revelación de la gran rebatiña socialista, del infame aprovechamiento de aquellos días terribles. Claro que Cataluña es un caso aparte en materia de probidad pública. Sí, pero los casi ocho millones de votos de Sánchez en las últimas elecciones generales no causan menos asombro. Será la famosa «catalanización de España», chorrada con la que llegaron a engañarse hasta las mentes políticas mejor dotadas.
La causa profunda de esa aberración que consiste en premiar a los peores es la fusión mental entre política y fútbol. Es normal que el hincha, y aun el ligeramente futbolero, no cambie de equipo en toda su vida: con mis colores siempre. Solo que la naturaleza de la política y la del fútbol no pueden ser más diferentes. El segundo es un juego de suma cero: el antagonismo a ultranza es lógico porque todo lo que beneficia a tu equipo perjudica al otro en la misma medida, y todo lo que perjudica a tu equipo beneficia al otro según la misma regla. No existe un bien común que perseguir, solo campeonatos que ganar para los colores que defiendes.
Más que diferente, la política es (debería ser) exactamente lo contrario al fútbol: la búsqueda del bien común, cada formación con sus fórmulas y programas. Y un electorado que, lejos de permanecer en la fidelidad acrítica y eterna a unas siglas, premiara al que avanza en los objetivos de todos —más libertad, más prosperidad— y castigara al que nos aleja de ellos. La consecución del bien común, junto con la paulatina elevación de su concepto, son sencillamente imposibles en un juego de suma cero, puesto que se define por lo opuesto. Una sola cosa relaciona los dos ámbitos: hay reglas que nadie puede violar.
A la futbolización de la política en su grado máximo, el sanchismo añade la sistemática violación de las reglas de juego. Vistiendo sus camisetas aliadas (una especie de Selección Antiespañola), los partidos que sostienen el sanchismo adaptan el reglamento –la Constitución– a su conveniencia, compran a los árbitros (¿a qué me recuerda eso?), a la Federación (¿a qué me recuerda…?), aplican a unos el mayor rigor y a otros una laxitud de abuela (¿a qué me…?), se inventan un pasado de agravios históricos (¿a qué…?), sacan al campo a jugadores expulsados, pillan secretas comisiones. No está claro si fue primero el fútbol el que se politizó o la política la que se futbolizó, pero si lo primero es lamentable, lo segundo es catastrófico.
Volviendo al principio, se da una curiosa circunstancia: de que Illa, ganando, no gobierne, depende la continuidad del sanchismo. Un pacto PSC-ERC dejaría a Sánchez sin los siete votos supremacistas de Junts. Ello no implicaría, conociendo al autócrata, que este desalojara la Moncloa. Más bien intentaría seguir ahí hasta el último día. Sin aprobar una sola ley orgánica ni unos presupuestos.