IGNACIO CAMACHO-ABC

  • La sociedad española no sólo ha dejado de compartir sentimientos sino incluso hechos. Ya no existen realidades sin sesgo

Entre las muchas cosas interesantes -y algunas elípticamente dramáticas- que dijo el Rey en su discurso de Navidad, ha merecido pocas referencias la alusión a los «sentimientos compartidos» como activo esencial de la democracia. Quizá Su Majestad haya pecado de optimismo, por exigencia del guión de su liderazgo moral, al describir un estado de opinión en franca decadencia durante la última etapa, aunque su necesidad siga siendo imperativa en un momento de quiebra institucional y discordia civil muy pronunciada.

La cada vez más profunda ausencia de vínculos transversales, de unos objetivos comunes y de una idea de nación soberana se ha convertido en el gran problema de fondo de una sociedad polarizada donde asoma de nuevo, convenientemente estimulado, el fantasma histórico de las dos Españas. De hecho, la voz de la Corona es la única que deplora con sinceridad, y en medio de no pocas incomprensiones, esa preocupante crecida de la animosidad dogmática.

Lo peor es que no sólo faltan sentimientos compartidos, sino evidencias, certidumbres, hechos. La posverdad como herramienta política ha desanclado la realidad del más elemental contraste epistémico. El relato trucado de la amnistía es un ejemplo. El frentismo gubernamental, ampliado con la inclusión de partidos radicales resistentes a su propio blanqueo, ha volatilizado cualquier posibilidad de entendimiento al crear una completa incompatibilidad de proyectos. Ya no hay principios de validez genérica, ni siquiera visiones colectivas con un mínimo enfoque aséptico, ni forma ecuánime de enjuiciar situaciones o circunstancias sin sesgo. Y ese antagonismo que amenaza con convertirse en perpetuo será el legado más pernicioso de Sánchez porque con alta probabilidad sobrevivirá a una eventual alternancia en el Gobierno. El valor esencial de la Constitución, la creación de amplios espacios de encuentro que fueron la clave de su éxito, se ha diluido en una atmósfera de disenso, encono y resentimiento.

Esto ha ocurrido porque el Partido Socialista ha abandonado la posición central que daba estabilidad al sistema. Ha sustituido su vocación de mayoría autónoma, en la que González asentó su programa de socialdemocracia moderna, por la estrategia de encabezar un bloque extremista con el que desequilibrar la correlación de fuerzas construyendo una coalición de apurada ventaja aritmética. Para cohesionar esa amalgama heterogénea necesitaba impulsar el rechazo de la derecha y dar todo el aire posible a su tendencia más aspaventera, con el obvio resultado de una grave fractura de la convivencia. El ámbito de la moderación es hoy un páramo, una zona desierta donde nadie está dispuesto a compartir nada con quienes no sean de su cuerda. Y esa deriva tiene muy mal camino de vuelta. La concordia, como la porcelana, ha de ser tratada con suma delicadeza porque una vez rota no hay modo de recomponerla.