El día de Sant Jordi en Cataluña, tradicionalmente una jornada de celebración de la cultura del libro, se ha visto este año empañado por una deriva excluyente que exige una reflexión profunda.
Lo que debería haber sido una celebración popular transversal se ha transformado, por obra de la instrumentalización política, en un examen de adhesión inquebrantable a una mitología nacional que no admite la disidencia, ni siquiera cuando esta se manifiesta a través de la ironía literaria.
La reciente polémica en torno a Eduardo Mendoza es el síntoma de una patología mayor.
El autor de La ciudad de los prodigios, cuya trayectoria encarna la mejor Barcelona cosmopolita, ha sido objeto de un linchamiento mediático por cuestionar, con su habitual sarcasmo, el carácter «intruso» de un santo que, a su juicio, «no sabía leer» y que según él debería ceder protagonismo al carácter universal del Día del Libro.
La reacción del nacionalismo institucional ha sido reveladora. Desde Oriol Junqueras (ERC), calificando de «profunda incultura» las palabras del autor, hasta sectores de Junts que han sugerido retirarle honores institucionales.
Al señalar a Mendoza como un agente de la «catalanofobia», el nacionalismo aplica una suerte de ley de extranjería cultural: sólo es plenamente ciudadano, o plenamente autor «de casa», quien se somete al dogma del mito compartido.
Este fenómeno no es una anécdota, sino que conecta con un concepto que ha irrumpido con fuerza en el debate público español: la «prioridad nacional».
Resulta paradójico que los mismos sectores que denuncian con vehemencia las propuestas de Vox (que busca priorizar el “derecho de sangre” español en el acceso a recursos públicos) apliquen en Cataluña, con una naturalidad pasmosa, una prioridad de igual naturaleza, aunque basada en la lengua y la identidad.
Las declaraciones de los líderes independentistas en esta jornada de 2026 confirman esta tesis.
Jordi Turull (Junts) ha vinculado hoy la regularización de inmigrantes a un conocimiento obligatorio del catalán, elevando la lengua de vehículo de comunicación a barrera de derechos civiles.
Por su parte, Carles Puigdemont ha tildado de «venganza de los resentidos» cualquier crítica a la inmersión lingüística, blindando un modelo que ignora la realidad bilingüe de la sociedad catalana.
En el extremo más nítido, el discurso de Sílvia Orriols (Aliança Catalana) y su lema de «Cataluña primero» no es sino el reflejo invertido del «nacionalismo español» que dice combatir: una prioridad basada en el origen y la pureza identitaria.
Desde una óptica liberal, ambos nacionalismos (el centralista que agita Vox y el periférico de la política catalana) parten de una premisa iliberal: la supeditación del individuo al colectivo.
Sin embargo, el nacionalismo catalán ha logrado que su «prioridad nacional» sea percibida como una forma de protección cultural, cuando en la práctica opera como un mecanismo de segregación.
Al imponer el catalán como requisito exclusivo para el acceso a la función pública o como filtro para la plena integración civil, se está estableciendo una jerarquía de ciudadanía. Se divide a los catalanes entre los que «son» por su lengua y los que simplemente «están» por su residencia.
Es necesario denunciar la incoherencia de quienes ven una amenaza a la democracia en la prioridad por pasaporte, pero ejecutan con fondos públicos una prioridad por acento o ideología.
El nacionalismo catalán ha convertido el catalán en un arancel identitario. Si la prioridad nacional de la derecha radical española fractura la cohesión social frente al extranjero, la prioridad nacional del nacionalismo catalán fractura la igualdad entre ciudadanos del mismo Estado.
Un Sant Jordi que cancela a Mendoza y que utiliza la lengua como un dogal político deja de ser la fiesta de la libertad para convertirse en la trinchera del agravio.
La cultura, por definición, es el espacio de lo universal y lo crítico. Y cuando se pone al servicio de una «prioridad nacional», deja de ser cultura para convertirse en propaganda.
No se puede, en definitiva, criticar a Vox por su “prioridad nacional” mientras se calla frente al nacionalismo catalán cuando intenta imponer políticamente la supervivencia de un mito en detrimento de una Cataluña donde la prioridad sea la libertad del ciudadano.