Juanjo Sánchez Arreseigor-El Correo

Historiador, especialista en el mundo árabe e islámico contemporáneo

  • Los sucesivos gobiernos del PP y el PSOE han tendido a bajar el tono con Marruecos para evitar una escalada de represalias mutuas

Pedro Sánchez se ha pasado toda la legislatura sin política alguna sobre Marruecos ni para las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Ahora pagamos las consecuencias. Nuestro presidente, ausente de facto en estos graves problemas, se irrita cuando alguien intenta recordárselos, porque está totalmente centrado en otros asuntos, empezando por los malabarismos necesarios para mantener en pie la heterogénea coalición que le permite aferrarse a una poltrona de la que se muestra cada vez más indigno. Por eso vemos que en todo momento Sánchez no tiene más política que quitarse de encima tan enojosa molestia sin reparar en cesiones e incluso humillaciones, a cambio de que el déspota marroquí nos deje en paz una temporada. No se busca resolver los problemas pendientes, sino darles una patada hacia adelante.

Todo el mundo comete este error en sus vidas cotidianas: Nos absorben unos temas determinados y negligimos todo lo demás, o hay un problema concreto que nos incomoda solo de pensar en ello porque nos parece difícil, desagradable, engorroso y con escasas perspectivas de éxito, de manera que lo postergamos hasta que revienta. Eso es exactamente lo que ha hecho el presidente Sánchez sobre Ceuta y Melilla: se ha tirado a lo más fácil, lo más cómodo. En realidad, durante las últimas décadas, los sucesivos gobiernos del PP y del PSOE han tendido a bajar el tono con Marruecos para quitarse problemas y evitar una escalada de represalias mutuas que podría llevar a un conflicto armado. Sánchez se ha limitado a llevar esa tendencia hasta sus últimos extremos, y a la vista están los resultados.

Se ha especulado con que el software de espionaje Pegasus ha permitido al sultán de Marruecos conseguir ‘kompromat’ para chantajear a nuestro ausente presidente, pero esta hipótesis novelesca parece muy improbable, pues en tal caso la política de Sánchez sería mucho más indigna y pusilánime de lo que ya es. Mohamed VI no necesitaría este tipo de presiones migratorias. Y por mucho que le enfurezca leerlo a nuestro ausente presidente, su política de regularizaciones en masa, ¡1,2 millones de solicitudes!, ha contribuido a desencadenar este desastre. Los errores se pagan. Pero de momento Sánchez sigue cerrando los ojos y entrega la gestión de la crisis al Ministerio del Interior, no a Defensa ni a Exteriores, ni a una comisión de crisis interministerial.

En cuanto corrió la voz de que la frontera estaba abierta, se desencadenó una demencial avalancha humana que probablemente superó lo que Mohamed VI había calculado; una reacción en cadena de descontento y hartazgo social entre una población que está absolutamente harta del despotismo sultánico que padece su país. Aquello parecía la Europa comunista en vísperas de caer el Telón de Acero. Tenemos noticias de múltiples negocios que han quedado paralizados porque de repente los empleados desertaban en masa y corrían hacia la frontera.

Ahora bien, la emigración a veces es cobardía y traición. Los que emigran muestran cierta energía al ponerse en marcha, pero carecen de las agallas necesarias para intentar cambiar su mal gobierno y prefieren la opción más fácil, menos peligrosa, pero individual y egoísta, de emigrar a otro país y salvarse ellos a costa de aceptar que su patria va a pudrirse bajo una opresión arcaizante y corrupta. Por eso resulta ilusorio creer que Mohamed VI u otros déspotas vayan a tomar de forma sostenida medidas contra la emigración descontrolada desde sus países, porque tal cosa iba ser suicida para sus intereses: cada joven que no emigra es un insurgente potencial contra su autoridad, pero cuantos más de ellos emigren más fácil va a resultar mantener la dictadura, porque solo se quedan los adictos o los débiles. En esto no hay diferencia entre Marruecos, Argelia, Venezuela o Cuba. En cambio en Irán, donde poca gente emigra salvo por la fuerza, la contestación social era creciente hasta la actual guerra. Si queremos cerrar la puerta, tenemos que cerrarla nosotros, por la fuerza si es preciso.

El presidente entrega la gestión de la crisis de Ceuta a Interior, no a Defensa ni a Exteriores, ni a una comisión interministerial

Por lo tanto, Mohamed VI está forzado a tratarnos como enemigos, traicionar sus promesas y arrojarnos a todos los emigrantes que pueda, porque la supervivencia de su trono le exige actuar así: los marroquíes deben emigrar en masa para impedir una revolución que derribe al régimen. Por lo tanto, se impone una nueva política contra Marruecos mucho más asertiva, aunque eso provoque gastos y dificultades a corto plazo. Y si el actual Gobierno no quiere, no sabe, no se atreve a diseñar e implementar tal política, necesitamos otro gobierno que no intente cerrar la crisis en falso, vaciando como sea las calles de Ceuta para luego decir que aquí no ha pasado nada, que es lo que ya está intentado nuestro ausente presidente.