Ignacio Camacho-ABC
- El presidente de un país democrático no puede tener miedo a la verdad, y mucho menos a sus propios conciudadanos
NO se trata de un déficit de empatía, aunque lo tiene y con el agravante de que es una cualidad que difícilmente puede impostarse. La ausencia de Sánchez en el funeral de Huelva se debe a un problema de decencia, de un mínimo de respeto y sensibilidad con las víctimas, con sus familiares y sobre todo con la sociedad de la que forman parte. Es un pavor incontrolable a la posibilidad de ver deteriorada su imagen, un instinto narcisista que le impide salir a la calle si existe un mínimo riesgo, por leve que sea, de que alguien le eche en cara sus responsabilidades. Es el síndrome de Paiporta, donde la huida dejó a la vista el rasgo más vulnerable de su carácter y le dejó retratado ante la opinión pública como un cobarde.
El del jueves era el único funeral posible, como dijo Liliana, la hija de una fallecida en Adamuz cuya intervención emotiva dejó sobrecogidos a los cuatro mil asistentes a la misa. Y así era porque respondía al deseo de los verdaderos protagonistas, que no eran ni los Reyes ni las autoridades sino los allegados de las víctimas. La abstracta ceremonia laica planificada en Moncloa no les servía; querían una liturgia de consuelo espiritual anclada en la honda tradición religiosa de su provincia. A su medida, no a la de un Gobierno cuya representación prefirió entrar por la puerta chica ante la mala conciencia de no ser bien recibida. Todo un cuadro de la situación política: una comunidad que se autoorganiza y un poder a la defensiva.
También dijo Liliana que necesitan la verdad para alcanzar la paz interior y curar las heridas del alma. Sin desesperación ni crispación con una serenidad conmovedora simbolizada en la rosa blanca que portaba. No salió de su boca ni un reproche, ni una queja, ni una frase que pudiera ser malinterpretada; al contrario, empleó buena parte de su desgarrador mensaje en dar gracias a todos los que prestaron su ayuda en aquellas horas dramáticas. Pero todo el que quiso entender entendió el significado de sus palabras a tenor de las circunstancias. La verdad como medicina moral, la verdad como bálsamo, la verdad como terapia. La verdad como esperanza. La verdad que rehabilita, la verdad que sana.
Frente a esa búsqueda, sin embargo, el Ejecutivo sólo ofrece un desdeñoso desamparo, un goteo de explicaciones insuficientes, desganadas, y unas indemnizaciones monetarias que tasan el dolor a precio de mercado. El luto colectivo por «los 46 del tren» ha sido evaluado con la frialdad de un cálculo sobre los daños que la tragedia causa al liderazgo, y tratado a base de ramplonas consignas de argumentario. La incomparecencia vergonzante de Sánchez lo retrata como un discapacitado emocional, un gobernante encerrado en la burbuja de su desapego autista, bloqueado por el temor al fracaso. Pero el presidente de un país democrático no puede tener miedo a la verdad, y mucho menos a sus propios conciudadanos.