Ignacio Camacho-ABV
- El primer caso crea una crisis. El segundo irrita. A partir del tercero pasan a convertirse en una estadística
Sobre las purgas de Stalin circula un apotegma, de autoría verídica o atribuida, que sentencia que un muerto es una tragedia pero un millón de muertos se convierte en una mera estadística. Con los escándalos del sanchismo ocurre algo similar, demostrado también a propósito de la acumulación de engaños y mentiras: el primero sorprende, el segundo irrita y a partir del tercero o el cuarto quedan amortizados por la opinión pública como vulgares rutinas. El efecto de uno se pierde con el siguiente o directamente se olvida, sepultado bajo el ruido atronador de una cascada de noticias que abruma a la mayoría de los ciudadanos alejados de los pormenores de la política. La gente se acostumbra al desfile de imputados y acaba por contemplarlo como una de esas películas en que el espectador pierde el hilo de los avatares de los protagonistas. La corrupción, la desviación de poder, los episodios de acoso sexual, pasan a ser un paisaje de fondo donde apenas destaca el perfil de alguna anécdota escabrosa o frívola. Sólo los consumidores compulsivos de la actualidad informativa, los ‘muy cafeteros’, pueden ordenar el elenco de personajes involucrados en las denuncias periodísticas o en las investigaciones de la Justicia. Ábalos, Cerdán, Koldo, Aldama, Jésica y compañía, Begoña, el ‘hermanísimo’, Leire Díez, Salazar, Cabezón, Barrabés, Gallardo, Delcy, el fiscal del Estado, el número dos de la Policía… más una larga lista de subalternos de segunda fila. Por separado, una crisis; juntos, una estadística.
El Gobierno lo sabe. Pero ha descubierto que la memoria colectiva es frágil y que el amontonamiento de casos apenas le provoca ya desgaste. Cuenta con unos socios decididos a tragar todo lo que haya que tragarse para conservar su posición de chantaje –la teoría de mal menor expresada por Rufián: son corruptos pero son nuestros corruptos– y con una proporción significativa de votantes dispuestos a mantenerle el respaldo pase lo que pase. Si han digerido la amnistía, los pactos con Bildu, la suelta de violadores, el colapso institucional, la inflación de productos básicos, el apagón o el caos del AVE, asimilarán mal que bien el sofocante rosario de procesos judiciales. Claro que existe un coste electoral, y lo van a pagar, lo están pagando ya, los candidatos autonómicos y municipales. Ahí tiene poco que perder porque ya lo perdió casi todo en 2023 y con algo de suerte aún puede librarse del incómodo García-Page. Ellos serán los que sufran el castigo, daños colaterales sacrificables mientras el presidente se reserva para la única batalla que considera importante. Sólo le preocupa lo que pueda afectar a sus familiares. El resto son gajes del oficio, contratiempos más o menos sobrellevables que perderán relevancia cuando plantee el órdago a la grande. El choque final antes del cual queda prohibido asumir ninguna clase de responsabilidades.