Ignacio Camacho-ABC

  • La corrupción del entorno monclovita revela la existencia de un circuito de lucro privado y clientelismo
El Peugeot de las primarias se ha vuelto recurrente como símbolo de la trama fundacional del sanchismo, y entiéndase aquí ‘trama’ no sólo como estructura o armazón sino en su sentido de grupo delictivo. Pero en torno a aquel cuarteto de amigos giraban otros círculos cuyos miembros primero ayudaron a tomar el control del partido y luego desembarcaron en cargos de confianza del Ejecutivo, siempre cerca del líder como pretorianos encargados de la protección de su núcleo íntimo y manijeros de las tareas oscuras suelen ejercer los aparatos políticos. El afloramiento de casos de corrupción en la órbita monclovita revela la existencia de una suerte de circuito donde el lucro privado y el clientelismo se movían en un flujo pendular de beneficios recíprocos.

Los informes de la Policía judicial, basados en gran medida en los mensajes que los componentes de la guardia de corps presidencial cruzaban entre ellos, apuntan a la secretaría de organización como el cargo que conectaba los puentes de mando de la maquinaria partidista y del Gobierno. Y no precisamente, o no sólo, para coordinar sus rutinas de funcionamiento; desde allí, desde la sede de Ferraz, se dirigía una red de influencias con un papel decisivo en la adjudicación de contratos en diversos ministerios, en especial los de Transportes y Hacienda por su peso inversor y por el número de empresas públicas de alto presupuesto. Es decir, por su apetecible botín de saqueo.

Esa secretaría se ha convertido en la silla maldita cuyos ocupantes provenían del perímetro de confianza del liderazgo. Ábalos y Cerdán en el primer plano, Salazar y el desapercibido Borja Cabezón en el nivel secundario, Leire Díez y sus ‘fontaneros’ en los estratos subterráneos. Todos habían estado de una u otra manera alrededor de Pedro en sus dos asaltos a la dirección del PSOE y en el definitivo a la del Estado y todos habían salido recompensados con su proximidad al puesto de mando. Esos vínculos entre el poder institucional y el orgánico bastan para desmentir las protestas de ignorancia del presidente ante los reiterados escándalos. Esas «personas de las que usted me habla» eran sus interlocutores privilegiados.

Hay algo, mucho más que la ambición y el instinto de impunidad detrás de la resistencia de Sánchez. Se trata de la necesidad de garantizar una urdimbre de negocios que empieza en sus confidentes y acompañantes, continúa por sus vínculos familiares y quién sabe si alcanza también a los intereses personales. Los pioneros de su aventura ya han pasado por la cárcel y ahora la permanencia en la Moncloa es imprescindible como escudo, como blindaje. El sistema de aprovechamiento –comisiones, financiación del partido, enchufes, másteres– se ha vuelto tan grande que ya resulta demasiado tarde para abandonarlo sin afrontar responsabilidades. Esta empeñosa fuga hacia adelante no es más que una operación de autorrescate.