JOSÉ MARÍA RUIZ SOROA-EL CORREO

  • La fragilidad emocional y un acusado infantilismo se imponen en nuestros días

Nada menos que eso, la sociedad menos injusta que ha conocido en su larga historia la humanidad, es lo que tenemos hoy los occidentales que vivimos en regímenes de democracia liberal y economía de mercado. Es una afirmación potente, atrevida incluso en los tiempos que corren en que la realidad tiene mala prensa, que sirve de título y pórtico al último libro de Benigno Pendás, un historiador de las ideas políticas de carácter moderado y aproximación pragmática a todas ellas.

Poca duda cabe de que es una descripción correcta de la realidad si nos atenemos a los datos objetivos de bienestar, libertad política y seguridad personal. Nunca el ser humano pudo vivir tan seguro, tan libre y tan protegido de dominación arbitraria como lo hace hoy en lo que llamamos democracias. Y, sin embargo, como el propio Pendás destaca, el ambiente cultural que borbotea en esas mismas democracias -entendiendo ampliamente el término «cultural»- es despiadadamente crítico para con esos regímenes a los que tilda de poco menos que infiernos de desigualdad, de alienación humana, de carencia de virtud, de abuso de los poderosos y de tumba de las nobles ilusiones que antaño tuvo esa humanidad. La cultura contemporánea siente e intelectualiza los regímenes democráticos como una gran estafa. La ética actual padece de ojeriza hacia lo existente y fobia a la facticidad. Y sean o no certeras estas percepciones en términos de verdad, lo cierto es que son sinceras; por eso la desilusión es la emoción dominante en esa cultura, junto con la nostalgia por lo que pudo ser, por las promesas incumplidas.

Pendás caracteriza nuestra época como una «helenista» haciendo una analogía con el fenómeno cultural que se produjo tras la época áurea de la cultura cívica griega: la del predominio de un criticismo exacerbado que terminaba en un relativismo disolvente, el de los cínicos, epicúreos, escépticos y estoicos que estudiábamos en la juventud. Pues algo así como aquel helenismo existiría hoy en el ámbito de la cultura después del triunfo del modelo democrático liberal; lo podríamos llamar posmodernismo y sería el marco emocional e intelectual en que se mueve la opinión sostenida por la mayoría de los científicos sociales -los de las ciencias duras y los técnicos serían otro cantar-; sobre todo, los más prestigiosos en la academia. Una época incapaz de justificarse y una sociedad que ya no cree en sí misma, esa es la conclusión.

Es preciso puntualizar que la «sociedad menos injusta» no es una sociedad perfecta, sino -su mismo nombre lo dice- una sociedad injusta. Es la menos injusta, pero… todavía injusta. Y teniendo en cuenta el tamaño que ha alcanzado la humanidad y nuestra capacidad de información, eso quiere decir que es la sociedad en la que existe el mayor montón de miseria e injusticia brutas a la vista. Con lo que es fácil para el observador confundir los términos: hay más hambrientos que nunca, aunque hay menos proporción de hambrientos que nunca. Pero lo que nos llama la atención y acapara nuestra indignación moral es el número de los que quedan, no los que han salido de esa condición. Tenemos una sensibilidad enfermiza para detectar promesas incumplidas e ignorar promesas exitosamente realizadas. La ley de la importancia creciente de los restos la llamaba el filósofo alemán Odo Marquard. En claro, las malas noticias venden más que las buenas.

Pero no sólo es una cuestión de perspectiva, no nos engañemos. Hay un trasfondo antropológico del cambio cultural, y es el hecho de que el capitalismo se desarrolló en su día parasitando y aprovechando una serie de valores sociales -austeridad, satisfacción diferida, lealtad- de impronta premoderna que ya han decaído. Cómo es lógico que sucediera, porque el desarrollo económico y social no puede reproducir el tipo de ser humano que lo impulsó, sino que él mismo genera un nuevo tipo de persona, el dominante hoy en Occidente (si me perdonan la simpleza es la fábula de las sucesivas generaciones desde el que salió de la miseria, el que creó la empresa, el que la heredó y…). Un tipo profundamente distinto del anterior y que, aun a riesgo de simplificar, se caracteriza por su fragilidad emocional y su acusado infantilismo. ¿En qué sentido? En el de que se sitúa ante la sociedad como un consumidor insaciable de gratificaciones inmediatas, a las que considera «derechos», y se hunde en el desconcierto asustado ante las dificultades sin poder encontrar en su mitología ningún credo potente de apoyo, sino sólo sucedáneos pálidos de lo que fue la religión o la ideología.

Un mundo de seres frustrados es el caldo ambiental para una «alta cultura» de la insatisfacción que no hace con sus productos sino retroalimentar este sentimiento y proporcionar a todos coartadas intelectuales para el desencanto generalizado. Un optimista sobre la marcha del mundo es hoy un bobo, si no un delincuente.

Y así vamos, porque el mundo sigue: en la sociedad menos injusta y al tiempo más vilipendiada de la historia. La única duda es si un invento tan desequilibrado aguantará mucho o antes nos comerá otra cultura más pujante: la que viene de Oriente.