Ignacio Camacho-ABC

  • ZP está en un aprieto de difícil salida. Tiene la reputación averiada, imputadas a sus hijas y el Gobierno encima por temor a que apunte hacia arriba

La presunción de inocencia es un concepto jurídico que sólo afecta a las personas involucradas en un proceso. Se trata de una garantía que obliga a la acusación a demostrar el supuesto comportamiento delictivo del reo. El resto, o sea, los ciudadanos y la opinión pública, somos perfectamente libres de presumir la apariencia de culpabilidad, por ejemplo, de Rodríguez Zapatero, sobre todo a partir de la confesión de su testaferro. Es en el sumario y en el juicio, si llegara a haberlo, donde ha de respetarse ese derecho que los agentes públicos utilizan como una especie de parapeto. Los indicios de éste y otros escándalos de corrupción apuntan a responsabilidades políticas y penales en el entorno del Gobierno, y nadie puede limitar la expresión de la convicción que cada cual albergue en su fuero interno.

El expresidente no contribuyó ayer a despejar esa asentada creencia; más bien se hizo un flaco favor a sí mismo, quizá forzado por la creciente presión de la Moncloa y del partido, donde su caso genera un manifiesto nerviosismo. Especialmente deplorable resultó la afirmación de que las joyas encontradas en su despacho «no tenían uso ni destino», como si eso eximiera su tenencia del obligado compromiso declarativo. Tampoco la pretendida ausencia de «afán patrimonial» invalida su alto valor crematístico ni anula la posibilidad de una relevante infracción tributaria aunque los plazos puedan haber prescrito. Si es así como piensa defenderse ante el tribunal no parece llevar buen camino.

La investigación policial y la declaración de su socio lo han metido en un severo problema. A él y a Sánchez, cuya inquietud es patente por haber convertido a su antecesor en una referencia ideológica y ética. Es lógico que como todo imputado haga protesta de inocencia, y la instrucción ha de respetarla mientras no sea posible contradecirla con las correspondientes pruebas. Pero su credibilidad está averiada porque los propios solicitantes del rescate de Plus Ultra reconocen haber contratado sus contactos de influencia, porque las pesquisas judiciales han casado sus facturas y cuentas con los pagos abonados por la línea aérea, y porque sus explicaciones son vagas y sus respuestas suenan contradictorias y poco sinceras.

La impresión más sólida de la comparecencia televisiva es que acudió para liberar de sospechas al Ejecutivo sanchista. Si ésa era la intención no puede decirse que cumpliera las expectativas; su mera palabra, por demás nada concluyente, no basta para disipar las dudas objetivas sobre la operación bajo escrutinio de la Justicia. Está atrapado en un callejón de difícil salida, con la reputación cuestionada, los correligionarios echados encima por temor a que apunte hacia arriba, la delación de una amistad íntima y la contrariedad añadida de haber puesto a sus hijas en el punto de mira. Ya no funciona el truco de hacerse la víctima, ni la cita de Borges, ni la displicente descripción del tesoro como un regalo de cortesía. No queda ni rastro de la sonrisa de Mona Lisa.