Ignacio Camacho-ABC
- España es la cabeza de puente de China en la UE, su plataforma diplomática para hacer lobby contra las barreras arancelarias
Durante la Transición había en la izquierda una corriente maoísta agrupada en torno al Partido del Trabajo. Implantación obrera tenían poca, eso era cosa de Comisiones y del PCE, al que acusaban de revisionista, pero disponían de una cierta estructura de cuadros bastante activos en el ámbito universitario. Se les conocía como prochinos, o simplemente ‘chinos’, y su aparente pujanza resultó un espejismo cuando en las primeras elecciones democráticas obtuvieron cero diputados. Tras un período de desconcierto se fueron volviendo pragmáticos; muchos de ellos se convirtieron o se arrimaron a la socialdemocracia, que no era exactamente el ideal de Mao, y al llegar al poder Felipe repartió algunos altos cargos entre sus dirigentes más significados.
Ahora, de la mano ¿mercenaria? de Zapatero, Pedro Sánchez está conduciendo al PSOE por el camino inverso. En su empeño por convertirse en la contrafigura de Trump ha elegido al régimen de Pekín como socio estratégico. El banquero de Putin, el cliente número uno de los ayatolás, el carcelero de disidentes étnicos, el silencioso enemigo del modelo europeo. El presidente viaja cada dos por tres a China, donde lo agasajan con cátedras honorarias –qué obsesión familiar– y se lo llevan de turisteo mientras lo utilizan para avalar la anexión de Taiwán y le sacan jugosos contratos de servicios tecnológicos del Gobierno. Xi Jinping sonríe complaciente a su lado cuando le da la bienvenida al ‘lado correcto’ con el ronroneo de un viejo gato satisfecho.
La cumbre ‘progresista’ de Barcelona se inscribe en esta misma línea de construcción de un bloque transnacional teledirigido por la potencia asiática, cuyo expansionismo económico tiene colonizados –léase comprados– a países como Brasil, Colombia, México o Sudáfrica y ve con inquietud los crecientes y agresivos movimientos trumpistas en el área latinoamericana. En ese mapa, España es la cabeza de puente ante la UE, una plataforma diplomática y lobística contra las barreras arancelarias a cambio de no se sabe qué ventajas. Sin que deje de resultar significativo el patrocinio de un rígido sistema autoritario sobre una autodenominada alianza en defensa de la democracia: la célebre hegemonía de la izquierda a la hora de determinar el sentido de las palabras.
Este alineamiento que jamás soñaron aquellos maoístas de los años setenta se va a convertir en otro legado del sanchismo a quien lo suceda. Porque las afinidades políticas o ideológicas pueden cesar o cambiar, pero los compromisos entre Estados, al menos los que estén firmados, seguirán teniendo vigencia. Y entre otros asuntos polémicos hay delicadas cuestiones de seguridad en torno a las adjudicaciones a ciertas empresas que la OTAN y el Pentágono consideran poco idóneas para confiarles el manejo de información secreta. La alternativa de poder tendrá que ir pensando en el modo de deshacer esa madeja. Una cosa son las legítimas, imprescindibles relaciones comerciales y otra más seria alterar el equilibrio geopolítico del planeta.