Beatriz Becerra-El Español
  • Una sociedad demuestra su desarrollo no sólo por lo que construye, sino por su capacidad para conservarlo.

España vuelve a vestirse de luto.

Ante la muerte, el dolor de las familias y la incertidumbre de quienes esperan noticias de sus seres queridos, sólo caben el respeto, la compasión y la solidaridad sin reservas. A las víctimas y sus familiares les debemos nuestro apoyo, así como el reconocimiento a quienes trabajan para atenderlos.

Pero el duelo nacional no puede agotarse en la expresión de nuestra tristeza: debe traducirse también en el compromiso de esclarecer lo sucedido y evitar que vuelva a repetirse.

El accidente ferroviario de Urda (Toledo), nueve meses después de Adamuz, obliga a mirar más allá de las causas inmediatas.

Cuando un país que presume de modernidad sufre dos tragedias ferroviarias de esta magnitud, la pregunta ya no es únicamente qué ha fallado en cada tren, sino qué está ocurriendo con la capacidad del Estado para prevenir, mantener y proteger.

La política premia lo visible, y nadie corta una cinta por una soldadura revisada.

Esa asimetría entre el rédito de inaugurar y la escasa rentabilidad de mantener desplaza el riesgo hacia el ciudadano, que lo paga con su tiempo, su confianza y, en el peor de los casos, su vida, sin haber decidido nada y sin estar en condiciones de controlar ese riesgo.

Una sociedad demuestra su desarrollo no sólo por lo que construye, sino por su capacidad para conservarlo.

La tercermundización de un país comienza cuando la fiabilidad de sus servicios públicos deja de ser una garantía y se convierte en una expectativa incierta.

Cuando aprendemos a convivir con las averías y la explicación de cada fallo sustituye a la obligación de prevenir el siguiente.

Cuando nos acostumbramos a que nada funcione como debería.

Esta responsabilidad no se limita al ferrocarril.

Desde las carreteras y el suministro eléctrico hasta las escuelas públicas o los dispositivos de prevención y respuesta ante incendios y riadas, el Estado debe garantizar la preservación y el buen funcionamiento de los servicios esenciales.

Eso exige supervisión, inspección, mantenimiento y actualización permanentes. También recursos suficientes y capacidad para anticipar riesgos, corregir deficiencias y asegurar que cada sistema siga siendo fiable y seguro.

Gobernar no consiste sólo en poner en marcha servicios, sino en garantizar que sigan funcionando cuando los ciudadanos los necesitan.

No quiero anticipar conclusiones sobre las causas técnicas de Toledo, todavía sujetas a investigación.

Pero invocar el «fallo humano» no puede cerrar la discusión, sino abrirla.

Los sistemas automáticos de protección existen, entre otras razones, para evitar que un error individual termine en una catástrofe. Si se confirmara que se trata de sistemas obsoletos con deficiencia de actualización en una línea concreta como la castigada Madrid-Andalucía, tendríamos que introducir aún más variables en la valoración.

«Existe una violencia profunda en la desidia institucional»

La negligencia sistémica mata cuando una organización, un gobierno o un Estado pierde la capacidad de detectar riesgos, corregir vulnerabilidades y evitar que los errores tengan consecuencias irreversibles.

No siempre responde a una única decisión ni a una persona identificable de inmediato: puede surgir de omisiones acumuladas o protocolos insuficientes. También de una supervisión deficiente o de responsabilidades diluidas entre organismos.

Esa complejidad no exime de rendir cuentas. Al contrario: obliga a examinar la cadena completa.

Existe una violencia profunda en la desidia institucional.

Quien sube a un tren no puede comprobar el estado de las vías, auditar la señalización ni verificar que las revisiones se han realizado correctamente. Entrega su seguridad a profesionales e instituciones que tienen el deber de garantizarla.

Cuando ese entramado falla, el ciudadano soporta las consecuencias de decisiones que no ha tomado y de riesgos que no controla.

La desidia y la negligencia deterioran las infraestructuras, pero también erosionan la confianza y convierten la incertidumbre en una experiencia colectiva.

En los servicios esenciales, el problema deja de ser una cuestión de eficiencia para adquirir una dimensión moral.

La tragedia ha alterado también la precampaña de las elecciones generales del 29-N.

Este miércoles, Moncloa suspendió los compromisos de los ministros y el Partido Popular canceló su agenda nacional, mientras Vox decidió mantener sus actos, alegando que el luto por Adamuz ya se utilizó para silenciar sus denuncias sobre el estado de las infraestructuras.

Cancelar o mantener la actividad política no determina, por sí solo, la legitimidad de las posiciones de cada partido. Lo decisivo será qué explicaciones aportan, qué responsabilidades exigen y qué medidas proponen para que la seguridad de los servicios públicos deje de ser objeto de disputa después de cada tragedia y se convierta en una prioridad permanente.

El Gobierno de Pedro Sánchez no puede escudarse en que las causas están bajo investigación para aplazar todas las explicaciones.

Determinar las responsabilidades técnicas y penales exige tiempo y garantías.

Explicar las decisiones de gestión, las inversiones ejecutadas, las prioridades presupuestarias y las medidas preventivas adoptadas es una obligación distinta.

No hace falta esperar al último informe pericial para informar de qué se hizo, qué quedó pendiente y por qué.

Adamuz dejó una advertencia.

Urda obliga a preguntar si fue escuchada y qué se ha hecho durante estos nueve meses para traducirla en prevención efectiva.

La decadencia de un país no comienza necesariamente cuando deja de construir, sino cuando pierde la capacidad de cuidar lo construido.

Mantener es gobernar para quienes no pueden permitirse que el Estado falle.

Y ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente avanzada si necesita una catástrofe tras otra para recordar que conservar, inspeccionar y prevenir son obligaciones públicas tan esenciales como inaugurar.