Editorial-El Debate
- El espectáculo que da el Gobierno daña a España y solo atiende al intento de desviar la atención con trucos baratos de un perdedor
El Gobierno de España ha sacrificado, desde hace tiempo, la posición e imagen internacional del país por el uso espurio, como cortina de humo, de complejos y dramáticos conflictos globales con fines estrictamente domésticos.
Todo ello ha estado presente en la estrambótica comparecencia de Pedro Sánchez para, sobre el papel, explicar las conclusiones del Consejo de Europa y su propia política en el escenario de la guerra en Irán, otra pieza de un puzzle más amplio y profundo en el que se está jugando, con seguridad, el futuro de la humanidad en los próximos siglos, con los Estados Unidos y China como aspirantes hegemónicos y el resto del mundo como invitados a una función de incierto desenlace.
Lejos de cumplir con esa obligación, el desastroso, demagógico y peligroso presidente del Gobierno coronó su sainete internacional con una lamentable intervención que puede resumirse fácilmente: quiere utilizar el conflicto para prefabricar una especie de repetición de la indigna función perpetrada en su día por Zapatero con ocasión de la guerra en Irak, saldada con la burda explotación de los atentados del 11M para revertir los pronósticos electorales y auparse con una victoria inesperada.
Que Sánchez se presente como campeón de la legalidad y de la paz suena, simplemente, a chiste: si alguien se ha saltado todas las normas ha sido él para comprarse un cargo que los electores le negaron. Y si hay un ejemplo de tolerancia a la violencia, es él mismo de nuevo, con su pacto con Bildu y su bochornosa entrega al ecosistema de ETA, culminado con la liberación de terroristas como Txeroqui o Anboto para atender el chantaje de Otegi.
Lo legal sería no incumplir la Constitución y presentar Presupuestos, no forzar una amnistía blanqueada por un indecente Tribunal Constitucional, no pactar una investidura en el extranjero con un prófugo de la Justicia, no alquilarse el respaldo del separatismo catalán con dádivas económicas y fiscales incompatibles con la cohesión nacional o, entre tantos ejemplos, no arrendarle la Presidencia a un partido «abertzale» que a aún hoy ha sido incapaz de condenar la matanza, persecución o destierro de miles de vascos víctimas del horror.
Es una cruel ironía que un alocado dirigente político pretenda siquiera disfrazarse de campeón de las reglas del juego en el mundo cuando, en su propia casa, las ha destrozado todas con el único objetivo de lograr un botín personal contrario a los intereses de su país.
Y también es delirante que, bajo esa careta presuntamente humanitaria, esté situando a España más cerca de Irán, Hamás, Rusia, Cuba, Venezuela o finalmente China que de Washington o Bruselas, ayudando de verdad a que Europa tenga el papel propio que ahora ha perdido por la mezcla de desidia, burocracia y falta de liderazgos que padece.
Nadie, salvo los integristas y los desalmados, quiere una guerra. Presentarse como el único que lo rechaza es tan infantil como ridículo, manipula emociones y resta relevancia geopolítica a un país que no puede limitarse a repetir eslóganes y cantos y debe consolidar una postura adulta, razonable, comprometida y activa en defensa de los valores e intereses occidentales: todo lo demás es una ayuda indecente al verdadero problema internacional, que es el fundamentalismo en este escenario puntual y, en general, las ansias expansionistas del comunismo chino.
A tanto desperfecto se le añade, en el caso de este calamitoso presidente, un deseo evidente de distraer la atención sobre sus desastres electorales, su fracaso económico y sus escándalos de toda laya. Una falta de respeto más hacia la sociedad española, harta de que un personaje tan deplorable intente engañarles cada cinco minutos, no asuma nunca las responsabilidades que los hechos le exigen y se limite a sacar conejos negligentes de la chistera para sobrevivir un poco más.