Miquel Escudero-Catalunya Press 
El líder de Vox, Santiago Abascal (c), durante la cumbre ‘Patriots’, con Marine Le Pen, Viktor Orban y Geert Wilders,  en Hotel Marriott Auditorium, a 8 de febrero de 2025, en Madrid (España)
El líder de Vox, Santiago Abascal (c), durante la cumbre ‘Patriots’, con Marine Le Pen, Viktor Orban y Geert Wilders, en Hotel Marriott Auditorium, a 8 de febrero de 2025, en Madrid (España)

 

La mentalidad nacionalista se columpia puerilmente entre ‘buenos y malos’; no hay más, siempre son los mismos y no hay variación posible. Es terreno abonado por el fanatismo cuando no por el cinismo. Es razonable distinguir entre nacionalismo y patriotismo. Sin embargo, entiendo que proclamarse patriota acaba siendo una impostura. Hay europeos que blasonan de patriotas (ya sean de Vox, de la Cup o del antiguo Front National) y coinciden en renegar de la Unión Europea (aunque no por ello dejen de ser europeos); dan siempre apoyo a quienes la atacan a conciencia, y comparten además un gusto simultáneo por la chulería y el victimismo.

Tenemos ahora a Marine Le Pen recién declarada culpable de malversación de fondos europeos para financiar a su partido (hoy denominado Rassemblement National). Un tribunal francés le ha impuesto una multa de 100.000 euros y la inhabilita durante cinco años para ejercer cargos públicos, aún no se sabe si ingresará un tiempo en prisión o se le aplicará un dispositivo electrónico de localización. ¿Se le cae la cara de vergüenza por su latrocinio destapado? Quia, al contrario. Su reacción ha sido acusar, llena de indignación, al juez por tomar una decisión política para que no pueda presentarse a las próximas elecciones presidenciales. Brama contra su condena por ser una violación del Estado de Derecho, propia de regímenes autoritarios. Pero su condena se basa en un fraude de 4,5 millones de euros a los fondos públicos europeos, al desplegar un sistema de empleos falsos que para nada se dedicaban a los asuntos parlamentarios de Estrasburgo. Aquí rige el negar de forma airada una malversación demostrada.

No he podido dejar de recordar al president Pujol y a toda su corte escandalizándose sólo por ser imputado en el caso Banco Catalana y dándole la vuelta al caso. Hay tópicos suficientes para desviar la atención del asunto en cuestión, hay claque para ello y hay privilegio de impunidad, pero no hay derecho ni afán de justicia. Todo tiene un coste social, no sólo los dineros perdidos (que no se retornan) sino una atmósfera que contamina y que Manuel Chaves Nogales calificaba de memez e insustancialidad. No queremos darnos cuenta de lo graves que son algunos delitos y, peor aún, su impunidad. Una tremenda erosión del sistema. La desigualdad entre los ciudadanos acentúa la ruptura del vínculo nacional y viceversa.

En su magistral escrito La agonía de Francia, el escritor sevillano analizaba en 1941 la ocupación nazi de Francia: una catástrofe nacional producida en medio de una colosal inconsciencia colectiva, con una muchedumbre indiferente ante lo que caía encima: “Francia ha ido sucumbiendo a medida que se extirpaban en el pueblo las virtudes de la democracia y han acabado con Francia. Querían destruir el espíritu liberal y han destruido el espíritu francés”. En efecto, desprendido el espíritu ciudadano de la vida de los franceses, éstos quedaron en el pozo de la búsqueda egoísta de satisfacción inmediata, indefensos ante un enemigo que quería imponer otras reglas del juego contrarias a la libertad, la igualdad y la fraternidad, arrasando así la democracia. Por cierto, tras la ocupación nazi, el mariscal Pétain, no tardó en pronunciar discusos contra las plutodemocracias, las democracias de los ricos; como si fuera de extrema izquierda.