Editorial-El Español
Tras veintiséis años de negociaciones, la Unión Europea ha dado este viernes un paso decisivo al aprobar el acuerdo comercial con el Mercosur, el mayor tratado de libre comercio jamás alcanzado por el continente.
Con veintiún países a favor frente a cinco en contra (Francia, Polonia, Austria, Irlanda y Hungría), el Consejo Europeo ha demostrado que, pese a las resistencias internas, Europa sigue apostando por la apertura comercial y el multilateralismo en un momento de creciente fragmentación global.
El acuerdo creará una zona de libre comercio que abarcará más de 720 millones de consumidores y cerca del 25% del PIB mundial.
Para las empresas europeas, la eliminación del 91% de los aranceles sobre sus exportaciones supondrá un ahorro anual de 4.000 millones de euros, con beneficios especialmente significativos para sectores como el vino, el aceite de oliva, la industria automovilística y la maquinaria industrial.
España, como tercer socio comercial europeo con el Mercosur y primer o segundo inversor en varios países del bloque, tiene mucho que ganar. El Ministerio de Economía proyecta un crecimiento del 37% en las exportaciones españolas y la creación de más de 22.000 empleos.
Sin embargo, sería irresponsable ignorar las legítimas preocupaciones del sector agrícola europeo.
Los ganaderos y agricultores que han cortado carreteras en España, Francia y otros países denuncian con razón que competirán con productos del Mercosur que no están sujetos a los mismos estándares sanitarios, medioambientales y de bienestar animal que se les imponen a ellos.
La entrada de hasta 99.000 toneladas adicionales de carne de vacuno, producida con hormonas de crecimiento prohibidas en Europa, es un motivo legítimo de alarma para sectores ya golpeados por márgenes de beneficio cada vez más estrechos.
Precisamente por ello, las salvaguardias aprobadas por el Parlamento Europeo en diciembre son fundamentales.
Los umbrales del 5% para activar investigaciones automáticas sobre importaciones que amenacen sectores sensibles, combinados con plazos acelerados de dos o tres meses para adoptar medidas correctoras, representan un avance significativo respecto a la propuesta inicial de la Comisión.
Ahora corresponde a las autoridades europeas demostrar que estos mecanismos no serán letra muerta.
El debate sobre Mercosur trasciende la economía para situarse en el terreno geopolítico.
En un contexto marcado por las amenazas arancelarias de Donald Trump y la agresiva competencia china, Europa necesita diversificar sus socios comerciales y asegurar el acceso a materias primas críticas como el litio, el grafito o el niobio, indispensables para la transición energética.
El repliegue proteccionista no es, en definitiva, una opción viable para un continente que depende estructuralmente del comercio exterior y que representa apenas el 6% de la población mundial.
La postura francesa, que antepone los intereses de su potente lobby agrícola a la estrategia común europea, resulta miope y contradictoria. París exige autonomía estratégica europea pero bloquea sistemáticamente los instrumentos que la harían posible.
Emmanuel Macron ha prometido continuar la batalla en el Parlamento Europeo, donde la votación prevista para enero o febrero será ajustada. Sería lamentable que una minoría de bloqueo impidiera un acuerdo que beneficia al conjunto del proyecto europeo.
España ha asumido un liderazgo valiente en este proceso, defendiendo el acuerdo pese a las protestas internas. Con más de 100.000 millones de euros invertidos en el Mercosur y vínculos históricos y culturales únicos con América Latina, nuestro país tiene una responsabilidad especial como puente entre ambos continentes.
El Gobierno ha acertado al priorizar los intereses generales sobre demandas corporativas, aunque debe intensificar el diálogo con las organizaciones agrarias y garantizar que las salvaguardias se apliquen con rigor.
El acuerdo Mercosur no es perfecto, pero representa una apuesta necesaria por el libre comercio, el crecimiento económico y la proyección internacional de Europa en un mundo cada vez más hostil.
Los ajustes serán inevitables, pero el coste de no actuar (el repliegue, el estancamiento y la irrelevancia) sería infinitamente mayor.
Europa debe firmar en Asunción el próximo 13 de enero y demostrar que sigue siendo un actor global relevante.