- Se trata, sencillamente de exigir a los políticos la responsabilidad y los criterios morales que la mayoría de los ciudadanos aplicamos en nuestra vida privada
Antes de que Pedro Sánchez se grabara vídeos para las redes sociales, ya lo hacía José Luis Ábalos En sus tiempos de gloria, el hombre de confianza del presidente nos explicaba muy serio que él era feminista porque era socialista. En cuando se apagaba la lucecita roja de grabar, el ministro cogía a Jéssica del bracete y ambos se montaban en el Falcon para recorrer el mundo. Él presumiendo de rubia por las alfombras del poder y ella facturando los viajes como servicios de odontóloga colegiada.
Hay quien considera que lo peor de este escándalo es que el ministro se pagara sus vicios privados con el dinero de mordidas o con los sueldos públicos que les regalaba a sus amantes de chequera. Y ciertamente lo que estamos viendo en esta trama es que los servicios de prostitución eran un pago por los favores políticos. Las prostitutas eran como el chalet de Cadiz o las bolsas con fajos de billetes que llegaban a Ferraz. Ahí está la parte delictiva de este asunto que tendrá que dilucidar el Supremo, pero la inmoralidad del episodio excede con mucho su carácter penal y no se puede disociar un aspecto de otro. Cuando un político es tan aficionado al sexo de pago es cuestión de tiempo que acabe implicado en tramas de corrupción, aunque solo sea para financiar sus costosos vicios. Al final todo forma parte del mismo colapso moral.
Cuando las viejas normas de la política estaban vigentes, se exigía a los líderes un comportamiento privado acorde con su función representativa. Se trataba de reclamar una mínima coherencia entre lo que se predicaba y cómo se vivía; no es admisible que se proclame feminista un consumidor habitual de prostitución, ni que un político defraude impuestos, tenga empleado en su casa un trabajador ilegal o haya copiado su tesis doctoral. Hay decenas de carreras políticas que se malograron por esta contradicción entre las conductas privadas y los discursos públicos.
Las personas de talante liberal tienden a proteger la esfera de privacidad. Se solía decir que a los políticos había que pedirles cuentas por lo que hicieran de cintura para arriba y no de cintura para abajo. Más allá de que ahora no rindan cuentas por nada, me parece que determinadas esferas de la vida personal deben formar parte del escrutinio público porque nos anticipan el carácter y el comportamiento de las personas que se van a hacer cargo de nuestros intereses.
Los problemas cognitivos de Joe Biden se hurtaron al conocimiento público hasta que fueron indisimulables en aquel primer debate de la campaña para la reelección. Las promesas de austeridad de Podemos acabaron ahogadas en la piscina del chalet de Galapagar y los negocios de prostitución del suegro de Sánchez eran el cuchicheo de todo Madrid hasta que Feijóo decidió elevarlos a categoría política porque lo merecen.
No se trata de pedir almas puras, que nos las hay. Se trata, sencillamente de exigir a los políticos la responsabilidad y los criterios morales que la mayoría de los ciudadanos aplicamos en nuestra vida privada. Pero lo que vemos cada día es que quienes más pregonan su superioridad moral son los menos indicados para hacerlo. La moción censura presentada por Abalos queda para siempre en la historia de nuestro país no solo como el momento fundacional del gobierno Frankenstein, también como el salvoconducto para que una panda de golfos se lanzara a la rapiña de las instituciones.