Ignacio Camacho-ABC

  • El problema de la vivienda no tiene otra solución que construir casas. Pero la propaganda es mucho más rentable y rápida

SI un partido expusiera un programa creíble de vivienda tendría muchas posibilidades de ganar las elecciones porque arrastraría buena parte del voto de los jóvenes. Creíble significa que las medidas deberían tener viabilidad plausible… y que el proponente goce de credibilidad para aplicarlas. Sucede que en este momento no se dan esas condiciones en ninguno de los aspirantes a gobernar España, y menos aún en las fuerzas minoritarias, cuyas propuestas oscilan entre recetas franquistas caducadas y un intervencionismo de dudosa eficacia. De manera que como todos saben que el problema carece de las soluciones rápidas que demanda la población afectada, se dedican a lo que mejor saben hacer, que es la propaganda. Un terreno donde el PSOE lleva siempre ventaja.

El Gobierno de Sánchez lleva en el poder siete años y medio. Su papel en política de vivienda es limitado porque las competencias están muy divididas con autonomías y ayuntamientos (en Madrid, por ejemplo, la derecha gobierna desde hace tres décadas largas y los precios son estratosféricos) pero tampoco ha hecho nada relevante en este tiempo. Las televisiones han rescatado imágenes de hace veinte años, de la época de Zapatero, donde se ve a los dirigentes de entonces anunciando, como el presidente actual hizo el lunes, la inmediata construcción del complejo de Campamento. Nada nuevo. Los votantes son conscientes de esto y por eso albergan motivos sobrados para mostrarse escépticos.

En teoría, la contienda electoral ha dejado de moverse en el clásico eje de derecha/izquierda. Hay una brecha generacional, otra entre el empleo precario y el fijo, una tercera que afecta a los nativos analógicos y digitales, incluso una más entre la España poblada y la desierta. Y luego está la inmigración, una cuestión para la que no sólo nadie ofrece remedios factibles sino que existen formaciones que rechazan la misma existencia del problema mientras sus némesis ideológicas lo exageran. El colapso habitacional, en cambio, es una preocupación transversal que ningún agente público niega… sin que ello sirva para encontrar consensos ni respuestas capaces de arreglar el desequilibrio entre demanda y oferta.

Así que todo en orden: si el adversario no puede marcar diferencias no hay de qué preocuparse. Basta con enfrentar a la parte contraria ante sus propias responsabilidades y buscar por el sitio de costumbre, el de la polarización, el modo de deshacer el empate. Es menester visitar muchas obras –o la misma muchas veces– y hacerse fotos con casco y cara de asistir a un evento importante, o anunciar a bombo y platillo normas regulatorias o fiscales que acabarán resultando inaplicables. Construir casas es un trabajo lento que además exige demasiados trámites, pero decir a la gente la verdad resulta mucho menos rentable. Es más fácil tratar de seguir engañando a quien esté dispuesto a dejar que lo engañen.