Gorka Angulo-El Correo
- Pese a la violencia, sería injusto despreciar reivindicaciones razonables de los jóvenes. Pero no hay dinero ni confianza en un sistema educativo destruido que nivela a la baja
La película ‘Être et Avoir’ (Ser/Estar y Tener/Haber) se convirtió en 2002 en un auténtico fenómeno social en Francia, con más de un millón y medio de espectadores, algo extraordinario para un documental de autor. La cinta resume desde el título (los primeros verbos que aprenden los niños) la esencia de la enseñanza obligatoria: el día a día de una escuela rural de aula única, con la Educación Nacional como ‘ascensor social’ y referencia integradora, con el ejemplo de Georges López, un profesor vocacional hijo de la emigración española.
Casi veinticinco años después tengo la sensación de que esa viga maestra de la República se resquebraja por fatiga de materiales. El ‘ascensor social’ se paró sin reparación porque la meritocracia ha sido sustituida por la mediocridad, la educación pública ya no integra a las nuevas generaciones de una sociedad multicultural, y los profesores de la enseñanza pública tienen que ser héroes pésimamente pagados para impartir valores democráticos en un sistema laico amenazado por el yihadismo de ‘banlieue’ o los problemas psiquiátricos de sus alumnos. Recordemos a Samuel Paty, Dominique Bernard o Agnès Lassalle, docentes asesinados por alumnos entre octubre de 2020 y octubre de 2023.
Ahora todo ha estallado con la rebelión que comenzó hace casi siete semanas en el liceo Saint-Exupéry de Créteil, en la región parisina. Las protestas se extendieron por todo el Hexágono convirtiendo el país en un auténtico Estado fallido, alentado desde la extrema izquierda y beneficiando a los candidatos más ultras a la presidencia de la República. Hay que subrayar la irresponsabilidad del líder de La Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, exministro delegado de Enseñanza Profesional con Jospin, bajo la batuta de Jack Lang, ideólogo del mitterrandismo. Desconocemos sus obras completas en cuestión de aportaciones a las reformas en Educación, pero conocemos su indisimulado aliento a las mutas de salvajes que destrozan el país. Para mí, un político viejuno, siempre segundo o tercero en las encuestas (no sé si con el síndrome de Raymond Poulidor en el Tour), y que solo es una combinación entre el trotskismo de salón de Arlette Laguiller y Alain Krivine y las payasadas del humorista Coluche, fallido candidato a presidente en 1981.
Las masivas movilizaciones desde redes sociales sacan de distritos estigmatizados periféricos a jóvenes sin futuro que se consideran expulsados de su pasaporte, de la sociedad, y responden con la fuerza de la sinrazón. Francia se ha acostumbrado a la violencia callejera, bien vista por una parte importante de su ciudadanía, porque hay grupos de protesta que saben que, si destrozan mobiliario urbano, queman coches y asaltan tiendas, pueden obtener beneficios, como ser recibido por un ministro que concede así el carné de interlocutor oficial para ir ralentizando el conflicto.
Sería injusto despreciar a los jóvenes, no escucharles, a pesar de que hay demasiados a los que habría que enseñarles antes Derecho Penal que Educación Moral y Cívica. Sus reivindicaciones son razonables: más profesores, dignificación de instalaciones, reducción de jornada escolar y menor promedio de alumnos por aula, por un módico precio de 10.000 millones de euros de inversión. El primer ministro, Sébastien Lecornu, tratará de darles largas en modo Macron: diálogo, disculpas y dinero, parchear la situación con pequeños gestos, pero sin meterse en partidas de 10.000 millones más.
Su proyecto de cuentas públicas para 2027 contempla recortes de 54.000 millones que nadie quiere asumir públicamente, y menos con elecciones presidenciales en seis meses, un Parlamento roto y la lupa de mercados e indicadores financieros. Hay que tener en cuenta también la creciente limitación inversora de los presupuestos de Educación Nacional que tienen que dedicar anualmente un tercio al pago de pensiones a sus funcionarios jubilados.
No hay dinero y no hay confianza en un sistema que tenía su columna vertebral en la meritocracia. La periodista Sophie Coignard publicó en 2022 ‘La tiranía de la mediocridad’, un excelente ensayo de lectura recomendable, donde reivindica la meritocracia, cuyo final, según Coignard, comenzó durante la presidencia de François Hollande, cuando su ministra de Educación, Najat Vallaud-Belkacem, decidió acabar con las becas al mérito de estudiantes de Bachillerato con matrícula de honor.
Así empezó la nivelación a la baja, hasta un Macron destructor del sistema educativo que le había ascendido al poder en la banca y en la política por meritocracia. Nombres de software y algoritmo como Parcoursup o Affelnet son la causa de que la narrativa del esfuerzo personal y la excelencia pierdan toda credibilidad. La crisis de la Educación pasa a la herencia del macronismo, lo peor que le ha ocurrido a Francia desde la II Guerra Mundial.