Fernando Navarro-El Español
  • La utilización religiosa del cambio climático tiene ventajas evidentes. Para empezar, silencia definitivamente al discrepante. ¿Cómo vamos a rebajarnos a hablar con los infieles?

Canalizar la furia o el temor contra un adversario no es una estrategia muy novedosa.

Ya nos explicó René Girard que, cuando las sociedades sufren una crisis (una catástrofe, una epidemia, un colapso económico), reaccionan siempre igual: buscan un chivo expiatorio en el que concentrar las culpas y cuya eliminación supondrá (eso creen) la desaparición del problema.

A veces, estas cosas funcionan solas. En 1916, Woodrow Wilson perdió muchos votos en zonas costeras por los ataques mortales de un tiburón en New Jersey.

Pero también puede ser una estrategia deliberada, y en España el primer experimento de la democracia ocurrió con el Prestige.

Hay una serie de circunstancias que provocan que esta vieja estrategia de estigmatización sea especialmente efectiva en España.

La primera es que su arquitectura institucional favorece que el Gobierno eluda la responsabilidad y eche las culpas a las comunidades autónomas que han cometido la irresponsabilidad de votar a la derecha.

El ensayo se desarrolló fríamente en la pandemia. Tras decretar un mando único (que incluía las residencias), y percatarse del enorme coste político de la gestión, Sánchez rápidamente apostó por la «cogobernanza». Fue un éxito que ha permitido a los medios afines apartar el foco del enorme número de fallecimientos en España y, tras sortear cuidadosamente las comunidades del PSOE, alumbrar exclusivamente las residencias de la Comunidad de Madrid.

Para que esto funcione hay que tener unos medios obedientes y unos votantes estabulados, claro. Pero ahora Óscar López y Mónica García lo emplean como estrategia electoral única, y Sara Santaolalla se hace selfis semidesnuda con el número de víctimas en una camiseta.

Pero lo verdaderamente novedoso en esta estrategia es el empleo de causas sagradas contra el chivo expiatorio. El feminismo de género (que es nuestro, bonita) fue un primer intento, pero fracasó entre otras cosas por colocar al frente de Igualdad a un personaje tan tronado como Irene Montero.

Ahora, el Gobierno ha aprendido y sabe que los dogmas, en esta época nuestra descreída, tienen que revestirse de una pátina científica.

El resultado es un dogma especialmente prometedor: la «emergencia climática». Y, para no repetir el error de la estrafalaria Montero, han puesto al frente del Ministerio de Transición Ecológica (sancta sanctórum de la liturgia ecológica) a una señora muy seria que se llama Aagesen (lo que inspira confianza porque suena a nórdico).

Entonces, el catecismo resumido del climatismo es este: todo lo malo (desde incendios hasta inundaciones) proviene del cambio climático; invocar la gestión es inútil, y lo único que procede es la fe «científica». La derecha es «negacionista», es decir, hereje, y por tanto responsable última de las catástrofes. Es necesario un pacto de Estado en el que reconozca sus culpas.

La utilización religiosa del cambio climático tiene ventajas evidentes. Para empezar, silencia definitivamente al discrepante. ¿Cómo vamos a rebajarnos a hablar con los infieles? Lo que hay que hacer es expulsarlos del espacio público. El pluralismo democrático es poco compatible con la ortodoxia religiosa.

Además, sustituye la rendición de cuentas por la caza de brujas, que sin duda es más divertida. Las brujas negacionistas son especialmente aptas para canalizar el resentimiento social y unir a la masa enfurecida de inquisidores.

Por último (y no menos importante), las causas sagradas permiten extender el poder y ejercer un mayor control social. Todo sea por el bien del planeta.

Nuestro moderno gobierno de progreso basa su estrategia en causas sagradas disfrazadas de científicas, y el continuo recurso al anatema «negacionista» delata el carácter religioso de la causa.

Es inútil intentar buscar simetrías. La derecha no podría emplear una estrategia similar, sencillamente porque no está a su alcance. Porque para tener la capacidad de organizar cruzadas religiosas es necesario un requisito previo: la capacidad de expender credenciales morales.

«Sígueme y obtendrás la bondad sin esfuerzo».

Esto, actualmente, es monopolio de la izquierda. El famoso plano inclinado no es tanto político, sino moral, y por eso la santurronería hipócrita no se refugia actualmente en la religión, sino en el PSOE y Sumar.

Todo esto tiene un coste enorme, claro.

El primero es la polarización, efecto inmediato de dividir el mundo entre virtuosos y pecadores.

Pero, además, evapora todo aliciente para realizar una buena gestión, e introduce incentivos perversos para agravar las consecuencias negativas de las catástrofes: cuanto más grandes, más daño harán cuando las lancemos a la cabeza de los paganos.

Y, por supuesto, cada vez más ciudadanos tienen la impresión de que el Estado no funciona.

Este es el legado que Pedro nos dejará cuando algún día abandone la Moncloa.