Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- No hizo el Papa concesiones ni intentó agradar a unos o a otros ni evitar riesgos con una intervención complaciente y vacía
El discurso del Papa ante las Cortes españolas, reunidas en pleno para escucharle el pasado ocho de junio, fue sin duda un acontecimiento memorable de honda significación. El hemiciclo estaba lleno a rebosar y en la tribuna de invitados no había hueco. Desde que León XIV comenzó a hablar se hizo un silencio impregnado de atención respetuosa que dejaba patente que sus señorías eran plenamente conscientes de estar viviendo un momento singular de enorme alcance. Tan sólo un pequeño grupo radical de insignificante marginalidad estuvo ausente confirmando que no se hizo la miel para la boca del pollino. Allí estaban todos, creyentes, agnósticos y ateos y ninguno indiferente. La alocución pontificia estuvo a la altura de la solemnidad del acto y su contenido y su léxico alcanzaron una altura intelectual, conceptual y doctrinal realmente notables. El Obispo de Roma no incluyó en su parlamento ni un párrafo de relleno o convencional, cada frase tuvo sustancia, cada afirmación fuerza, cada advertencia verosimilitud, cada recomendación justificación. Ni un gramo de desperdicio, todo relevante.
Aunque tras una exposición tan densa y de tanta hondura, cada oyente intenta llevar el agua a su molino y destaca la parte que favorece sus posiciones orillando las que le resultan incómodas, a los políticos apretujados en el salón de plenos del Congreso les resultó difícil aplicar esta táctica tras la histórica sesión porque el Papa no hizo concesiones ni intentó agradar a unos o a otros ni evitar riesgos con una intervención complaciente y vacía, por el contrario, afrontó las diversas cuestiones que abordó, incluso las más espinosas o sensibles, con claridad y sin concesiones, con la firmeza serena del que encarna más de veinte siglos de cultivo de la dimensión trascendente del ser humano que, como recordó el Vicario de Cristo en esta luminosa ocasión citando a Unamuno, “no se resigna a morir del todo”.
No es difícil imaginar la desazón de determinados parlamentarios cuando León XIV hizo un elogio de la contribución de España a la historia universal como descubridora de mundos, creadora de nuevas estirpes, generadora de una literatura inmortal y autora y depositaria de cumbres del arte y del pensamiento. Escuchando este cálido panegírico, era imposible no evocar el Laus Hispaniae escrito por San Isidoro de Sevilla en el siglo VII, siempre y cuando se tuviera noticia de este maravilloso texto, naturalmente. Las alabanzas a la Escuela de Salamanca como origen del derecho internacional y de los derechos humanos, así como la mención a Cervantes y a Santa Teresa de Ávila reforzaron el juicio netamente positivo del Papa sobre la formidable aportación de España a la civilización occidental. Al señalar la imponente majestad de las estatuas de los Reyes Católicos que campeaban a sus espaldas mientras se dirigía a las Cámaras y las pinturas de tema religioso que adornan los altos de las paredes del espacio en el que se encontraba quiso hacer patente la arraigada tradición cristiana de España, definitoria de su ser nacional.
Defensa de la vida
Tampoco cayó en la complacencia o en el disimulo el Santo Padre en su defensa de la vida en todas sus etapas desde la concepción hasta su extinción natural. Ante un público que considera mayoritariamente el aborto como un derecho hasta el punto de que hay grupos parlamentarios que quieren darle rango constitucional, Su Santidad reiteró el compromiso de la Iglesia con aquellos que están indefensos frente a los que los eliminan, señalando que esta posición no es confesional, sino de mera humanidad.
Hubo un punto de la esclarecedora lección de Robert Francis Prevost en el Congreso que hizo diana en una de las características más negativas de la política actual en nuestro país, la polarización, la falta de respeto al adversario electoral visto como un enemigo irreconciliable y “las palabras que cierran caminos” a las que, según León XIV, hay que “desarmar”.
Un fuego purificador
Terminado el logrado desarrollo de su magisterio, sucedió algo sorprendente. Los presentes se pusieron en pie y dedicaron al Papa un aplauso interminable, un aplauso sostenido e intenso, que se prolongaba y se prolongaba sin aparentar fin. Siete minutos fue la duración de la sonora acogida a los inequívocos mensajes que el Sumo Pontífice había desgranado desde el estrado de la presidencia del Congreso. Lo asombroso de esta reacción espontánea y calurosa es que los que se desollaban las manos como muestra de entusiasmo y admiración por lo que habían escuchado con reverencia, en su práctica diaria como gobierno o como oposición hacen y propugnan exactamente lo contrario de lo que el Papa les llamaba a incorporar a sus conductas. Nuestros padres y madres de la patria reconocían con semejante ovación que León XIV había dicho grandes e innegables verdades emanadas de una sola y esencial Verdad, aunque ellos fuesen incapaces de ajustar sus acciones a evidencia tan deslumbrante. Está escrito en Mateo 23.27: “Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas porque sois semejantes a sepulcros blanqueados que por fuera se muestran hermosos, pero que por dentro están llenos de toda inmundicia”. Bastaba observar los espasmódicos movimientos de los músculos faciales del ocupante de la cabecera del banco azul durante este encuentro inolvidable para adivinar la tormenta desatada en su oscuro y demoníaco interior. De hecho, lo raro fue que después de que el Papa hablase, un fuego purificador no surgiese del suelo debajo de su escaño para consumirlo en demostración palpable de la justicia divina.