- Para permanecer en el poder, Sánchez está presto a alzar cualquier bandera y tomar cualesquier direcciones. Así, transita de auspiciar la supresión del Ministerio de Defensa a promover el despliegue militar por todas partes como maniobra de distracción que le permita tomar la iniciativa cuando se hunde en las encuestas
Cuando en mayo de 2019, durante la sesión constitutiva de las Cortes, el entonces congresista y jefe de ERC, Oriol Junqueras, en prisión preventiva tras su tentativa de golpe de Estado en Cataluña, se acercó al presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, transmitiéndole «tenemos que hablar» y este le respondió con un «no te preocupes», no solo prefiguró aquella XIII legislatura, sinoqque legitimó el ‘procés’ y lo extendió a España entera. A resultas de ello, infectó su Estado de derecho y finiquitó la igualdad de los españoles, contraviniendo el artículo 14 de la Constitución que prohíbe discriminación alguna «por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social».
De hecho, el separatismo golpista vio indultados o amnistiados los delitos que el candidato Sánchez había propuesto agravar, amén de penalizar las consultas ilegales y comprometerse a poner a recaudo del juez al prófugo Puigdemont, y se sentaron las bases para que el resto de España fuera colonia de Cataluña merced a una financiación privilegiada por la que esta se quedaba con la caja de la recaudación a cambio de un óbolo dizque solidario, además de que la cuestación del IVA sea donde se producen las mercancías, en vez de donde se consumen para abundar en la trapacería.
Es más, para evitar equívocos, a esa quiebra de la solidaridad se le echa el candado de la «ordinalidad» por el que quien más aporta según sus números será el que más perciba. Esto se llama hacer rancho aparte y que las sobras sean para los menesterosos vasallos de este neofeudalismo progresista. Como ya le aclaró en su día Josep Borrell a Junqueras cuando este era ‘conseller’ de Hacienda, dándole sopas con honda, la financiación singular catalana es, en la práctica, un concierto para enriquecer a las comunidades más ricas. No en vano, estriba básicamente en que Cataluña se adueña de los impuestos estatales –unos 30.000 millones– y, como contrapartida, abona al Estado, como el País Vasco y Navarra, una contribución por los gastos. Con la caja en sus manos, la capacidad negociadora de Cataluña sería infinitamente mayor frente a un Estado que, sin otros ingresos que los que le entreguen las autonomías, sería una cáscara vacía de huevo, haciendo inviable España como nación.
Esto es lo que se infiere del apaño suscrito entre las cuentas que presenta ‘Pantagruel’ Junqueras, cuyo apetito insaciable evoca al gigante concebido por François Rabelais, y los cuentos de ‘Noverdad’ Sánchez, quien normaliza el enjuague para seguir en el Gobierno haciendo buena aquella chanza mexicana de que existen tres maneras de comenzar las intervenciones políticas: «Había una vez…», «Érase una vez…» y «Honorable Congreso…» Como en el cuento de la buena pipa, se traslada a los crédulos españoles que, con esta componenda, nadie pierde y todo el mundo gana supliendo las reglas de la aritmética por los de la contabilidad mágica que escamotean la cruda realidad.
Cuando se justifica con que cualquier otra comunidad podría adoptar el mismo sistema, se miente a sabiendas porque esa fórmula carece de atractivo para una comunidad deficitaria. Al fin y al cabo, las cuentas públicas no son el célebre ‘lecho de Procusto’ con el que deformar las cifras estirándolas y encogiéndolas a conveniencia. Como aquel cruel hostelero que, según la mitología griega, secuestraba a los viajeros, les ofrecía cenar y luego los llevaba a dormir. Para su propósito criminal, a los más altos los ubicaba en una cama pequeña cortándoles las piernas para que cupieran y, si el desdichado era de talla corta, lo depositaba en otra más larga desplegando sus extremidades hasta que dieran de sí lo que midiera el catre. Así operó hasta que Teseo, vencedor del Minotauro, lo decapitó pagándole con igual moneda.
Sin embargo, las cuentas con cuentos resultan insuperables a la hora de dorar esta píldora de efectos tan perniciosos como fracturar una nación sin proclamarlo explícitamente y que esas comunidades pudientes vivan su independencia a costa del resto. Cataluña no sufre un expolio fiscal, sino el saqueo de sus gobernantes con la conformidad hoy de aquel que, por seguir en La Moncloa sin darle los votos propios para ello, asume el victimismo de los mimados. Mueve a la melancolía rememorar como Sánchez sostenía que no se podía pactar con «los del descrédito del otro y los cuentos vacíos», mientras que ahora para pervivir en el machito deja meter la mano en la cartera de los contribuyentes privados del escudo del cupo.
Valiente traición de quien ya está marcado de por vida, como Macbeth, cuando tanto le ocupaba y preocupaba cómo pasaría a la historia. Por mucho que ande escaso de escrúpulos y conciencia, esa extensa sombra le oprimirá de por vida. Tras hocicar ayer con Junqueras, deberá arrodillarse mañana ante Puigdemont para que el fugado del capó, como Groucho Marx en «Una noche en la ópera», le reclame «y dos huevos duros». De esta guisa, completará la tropelía de haber recibido ayer en La Moncloa al inhabilitado Junqueras, al habérsele indultado su sedición, pero no su malversación, en una degradación de las instituciones que va camino de convertir el palacio presidencial en una guarida tras ser centro de los negocios privados de su ‘consuerte’ y pentaimputada Begoña Gómez.
Para permanecer en el poder, Sánchez está presto a alzar cualquier bandera y tomar cualesquier dirección. Así, transita de auspiciar la supresión del Ministerio de Defensa a promover el despliegue militar por todas partes como maniobra de distracción que le permita tomar la iniciativa cuando se hunde en las encuestas junto a sus socios Frankenstein. Buscando cualquier resquicio de huida, le gustaría que le ocurriera lo que al vagabundo Charlot en Tiempos modernos cuando observa cómo cae un banderín de un camión de transportes en medio de los adoquines. El personaje de Chaplin lo recoge, corre detrás agitándolo para que el conductor se percate del extravío y, al desembocar por las calles adyacentes grupos de manifestantes, estos se sitúan inopinadamente detrás de él. De repente, encabeza una protesta cuya causa ignora. En esas anda un oportunista como Sánchez capaz de liderar una cosa y su contraria al ser todo él máscara.