Carlos Granés-ABC
- Tras la celebración hemos tenido que apretar los dientes, rebajar el entusiasmo y enfrentar lo que se viene, que tampoco se ajusta a lo deseado. La mayor preocupación es la ausencia de una palabra que todo el mundo quería escuchar, democracia, obliterada a conciencia del discurso de Trump
La primera reacción fue de euforia y de celebración espontánea. Los venezolanos por fin veían al tirano que los había encarcelado, reprimido, empobrecido y expatriado en manos de la fuerza Delta de Estados Unidos, vendado, esposado, rumbo a un tribunal donde se vería obligado a rendir cuentas por su carrera delictiva. No sólo era una sorpresa, era la recompensa postergada a tanto sufrimiento y a tanto derroche de energía. Porque los venezolanos no se quedaron nunca cruzados de brazos. En los pasados veinticinco años lo intentaron todo, desde la movilización ciudadana y la protesta, hasta las elecciones y las mesas de negociación (incluso una torpísima intentona golpista), y el resultado siempre fue el mismo: el atropello, la trampa, el cinismo y la vulgar celebración pública de la viveza de sus opresores.
Ver la debilidad del régimen, la impostura de sus bravuconadas, el pasmo con el que las autoridades observaban cómo salía volando su mandamás para no volver nunca a Venezuela, fue catártico. Quien no se alegrara con esa noticia no había entendido nada o veía con buenos ojos el infierno que tuvieron que soportar los venezolanos. La legalidad internacional que se violó con la intervención no había evitado que Maduro cometiera ejecuciones extrajudiciales, torturas y persecución política, crímenes de lesa humanidad y escupitajos que lanzaba el tirano sobre cualquier norma impresa en el Estatuto de Roma, la Carta de la ONU o la Convención Interamericana de Derechos Humanos. Ya habíamos entendido cómo los populistas desmoronaban las democracias, pero lo que seguíamos sin saber, porque lo que solía funcionar ya no servía de nada, era qué debían hacer los demócratas para acabar con una dictadura. La falta de respuestas acabó invocando los misiles de Trump.
Hubo euforia, pues, pero tras la celebración hemos tenido que apretar los dientes, rebajar el entusiasmo y enfrentar lo que se viene, que tampoco se ajusta a lo deseado. La mayor preocupación que se percibe es la ausencia de una palabra que todo el mundo quería escuchar, democracia, obliterada por completo y a conciencia del discurso público de Trump. No ha aparecido en su Estrategia de Seguridad Nacional ni en las justificaciones de la intervención en Caracas, y parece ya no figurar en el acervo lingüístico de los funcionarios de la Casa Blanca. Nadie habla de transición ni de normalización de la vida institucional, ni siquiera de los presos políticos, porque esa no es la prioridad del Gobierno estadounidense. Si algo cambió en estos años es que Estados Unidos dejó de defender sus valores democráticos dentro de sus fronteras y de exportarlos fuera de ellas. Con Trump llegó el ocaso del idealismo estadounidense y el comienzo de un siglo XXI marcado por el ejercicio rudo del poder y la búsqueda de beneficios comerciales. ‘America First’, esas dos palabras que sí hemos oído repetir hasta la náusea, significan eso: el hemisferio occidental va a tener que alinearse con los intereses de Estados Unidos. Quien lo haga saldrá beneficiado, o al menos no le irá tan mal, y quien se resista pagará las consecuencias.
En Venezuela, esto significa lo que ya se ha hecho explícito. El interés inmediato de Trump es beneficiar a Estados Unidos. Esto supone controlar los recursos petroleros, y no tanto para suplir su demanda interna como para impedir que China y Rusia se beneficien e intervengan en los asuntos regionales. Este objetivo, al menos de manera inmediata, no demanda una transición democrática. A Trump le basta con someter a la cúpula madurista que se queda en el poder, y forzarla a que sean ellos mismos quienes controlen al Ejército, desmantelen los colectivos armados, cesen toda colaboración con las bandas narcoterroristas colombianas (que ya regresan a su país de origen, según parece), gestionen la vida cotidiana del Gobierno y, en resumidas cuentas, eviten experiencias caóticas como las de Irak o Siria. Trump y Marco Rubio, sobre todo este último, se juegan mucho con esta operación, y lo que menos les interesa es que haya brotes de anarquía que obliguen a una ocupación de largo aliento.
Digámoslo de una vez: con el descabezamiento del régimen y la sumisión de Delcy Rodriguez, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino se abre una verdadera opción para que Venezuela recupere su democracia, pero no fue para eso que Trump secuestró a Maduro. Seamos aún más realistas, incluso malpensados: puede que finalmente haya democracia en Venezuela, pero sólo si a Trump le conviene que la haya. Y acabemos siendo del todo crudos: es más fácil negociar con delincuentes arrepentidos y asustados, sin ninguna legitimidad ni otra opción que obedecer para seguir los pasos de Maduro, que con una mujer que tiene el apoyo de los venezolanos y un premio Nobel. Eso puede explicar que ni Edmundo González ni María Corina Machado hayan aparecido aún en la ecuación que maneja Trump para Venezuela. Mientras no haya garantía de estabilidad que permita a las compañías estadounidenses controlar el petróleo y asegurar la millonaria inversión que tendrán que hacer para reactivar un sector en bancarrota, los vencedores en las pasadas elecciones permanecerán en un segundo plano.
Pero esto no significa que el escenario sea del todo apocalíptico o que se ajuste a la caricatura distópica que se dibuja en la mente de los más pesimistas. Hay que tener en cuenta una variable que ha pasado desapercibida. Por ahora todo el mundo está en sus casas, a la espera de cómo se desarrollan los acontecimientos, pero los venezolanos ya han sentido el cambio de aire, la imagen de la libertad ha quedado sembrada en sus cabezas y muchos fantasean con volver a su país. Es poco probable que se vayan a resignar a vivir bajo un ‘madurismo 2.0’ de baja intensidad. Puede que ahora Delcy Rodriguez garantice la calma y el equilibrio, pero a largo plazo su liderazgo es inviable. Si el pueblo se vuelve a levantar y protesta masivamente como en 2017, ¿un gobierno tutelado por Estados Unidos se va a atrever a usar la violencia para reprimirlo? No logro imaginarlo. Lejos de beneficiar a Estados Unidos, la perpetuación de una dictadura descafeinada puede ser la causa de desestabilización que intenta conjurar.
En definitiva, todo irá más lento, habrá mucho escollos, una cuenta muy cara que pagar y muchos condicionantes que van a socavar, y no solo en Venezuela, en toda la región, la soberanía nacional. Pero al final, no por ética democrática sino por simple pragmatismo, lo sensato para Trump, y sobre todo para Rubio, que se juega una posible nominación presidencial, es que quienes ganaron las elecciones del 28 de julio de 2024 entren en escena para encauzar una transición o participar en unas nuevas elecciones. Ya no hay finales felices en este nuevo orden mundial, pero dentro de lo que cabe, rebajado todo idealismo y sumidos en el realismo sucio del trumpismo, este no estaría del todo mal.