Mikel Buesa-La Razón
- Cuando las infraestructuras se deterioran, todo funciona mal; y además el espectro de la muerte planea sobre algunos desafortunados que pagaron su billete o asentaron su casa cerca de los cauces de ríos abandonados al albur de la lluvia
Los macroeconomistas, en sus modelos de crecimiento, suelen asignar un papel positivo, aunque débil, a las inversiones en infraestructuras. Tal vez por eso los políticos –o seguramente porque saben que los ciudadanos apenas se enteran– suelen tener pocos escrúpulos para recortarlas cuando, en las crisis, no les queda más remedio que frenar el gasto público o cuando creen que les resultará electoralmente más rentable poner el énfasis en el gasto social ahorrando en carreteras, ferrocarriles, obras hidráulicas y otros enseres infraestructurales. Lo primero es lo que pasó en España cuando lo de la crisis financiera; y lo segundo cuando Pedro Sánchez tomó las riendas del poder. Su ministro del ramo –Óscar Puente– puede exhibir todos los gráficos manipulados que quiera, pero no podrá negar que ahora, después de una leve subida, el gasto por habitante en todas esas obras ni siquiera llega al sesenta por ciento de la cifra correspondiente a 2007. Y en lo que más se ha ahorrado el Estado es en las carreteras, los embalses y canalizaciones de agua, siendo más moderados sus recortes en los puertos, ferrocarriles y aeropuertos. En cualquier caso, en todo se gasta menos que durante la etapa de prosperidad que acabó en la fecha citada. Por eso hemos asistido a un paulatino deterioro de todas esas construcciones, no sólo porque apenas se han ampliado mientras iba creciendo la población, sino porque ni siquiera se han mantenido en condiciones adecuadas las ya existentes. Y, claro está, esta desidia ha hecho eclosión sobre todo a lo largo de los dos últimos años, como revelan los baches en las carreteras, los estragos de la DANA de octubre del veinticuatro, el apagón de abril del veinticinco, los continuos parones ferroviarios y, ahora, la catástrofe de Adamuz. Cuando las infraestructuras se deterioran, todo funciona mal; y además el espectro de la muerte planea sobre algunos desafortunados que pagaron su billete o asentaron su casa cerca de los cauces de ríos abandonados al albur de la lluvia. Los macroeconomistas se equivocan con su enfoque cuantitativo porque sus modelos no pueden aprehender la incertidumbre. Ésta sólo se doblega –nunca del todo– con obras bien ejecutadas y conservadas. Y si fallan, llegan el dolor, la zozobra y el declive.