Ignacio Camacho-ABC
- El sanchismo va a sufrir mucho más desgaste en los juzgados que en una censura parlamentaria fracasada de antemano
No es que falten razones para una moción de censura contra este Gobierno sumergido en la riada de corrupción política e institucional –sin duda la peor– que le cae encima como lluvia ácida. Es que se trata de un imperativo de higiene democrática. Lo único que faltan son los números para ganarla, y ese solo detalle la desaconseja o como mínimo obliga a una reflexión necesaria sobre su oportunidad y conveniencia más allá del plano testimonial que a efectos morales puede ser importante en estas circunstancias, pero que corre el riesgo de resultar contraproducente y darle al adversario la baza que anda buscando para tomar aire en una situación desesperada. En una batalla siempre conviene medir las propias fuerzas antes de lanzarse a la carga.
Y a las fuerzas conjuntas del PP, Vox y UPN les faltan cinco diputados, cuatro si se cuenta en su bando a la representante del grupo canario. No existe, pues, masa crítica para la mayoría absoluta porque Junts y el PNV nunca pasarán de la abstención en el mejor de los casos, y eso en el supuesto de que la emergencia justifique un acercamiento que a muchos votantes de la derecha les provocaría escrúpulos justificados. El mismo rechazo que la coincidencia con Vox les produce a los partidarios del nacionalismo catalán y vasco. Ésa es una vía muerta, un camino cerrado y no vale la pena perder tiempo explorándolo por mucho mohín de repugnancia que exhiban ante la sucesión de escándalos. Mero postureo: sobran precedentes para desconfiar de sus amagos.
En este contexto, la moción sólo serviría para desviar la conversación pública y sacar del primer plano la agonía del Ejecutivo. No son los reproches de la oposición sino los autos de los jueces los que tienen acorralado al sanchismo, y es muy probable que en las próximas semanas sigan apareciendo nuevos indicios confirmatorios de su asombroso tejido delictivo. La coalición gubernamental atraviesa su momento más comprometido, con el PSOE al borde de un colapso crítico, y una intentona parlamentaria perdedora sólo le proporcionaría al presidente el oxígeno que no encuentra en ese sofocante bochorno sin tregua ni respiro. Desde Sun Tzu a Napoleón está muy teorizado el error estratégico de distraer al enemigo cuando él mismo se ha metido en un lío.
No obstante, si Feijóo no puede o no sabe contener la presión que le llega de dentro y de fuera, quizá debería al menos controlar los tiempos para elegir la fecha. Estirar el calendario hasta el otoño, o como poco hasta el borde de la estampida vacacional, dejando que Pedro se cueza en la cazuela de unos juzgados en plena efervescencia. El juicio del hermano, el horizonte penal de Begoña, la sentencia de Ábalos, no deberían quedar opacados por un ataque de impaciencia de la derecha, cuya comprensible necesidad de desahogo siempre podrá canalizarse en la protesta callejera. Pero la alternativa de poder se construye con políticas serias. Y en tesituras tan delicadas como ésta la seriedad consiste en no hacer lo que el rival espera y desea.