- Devolver la palabra a los ciudadanos y convocar elecciones generales cuanto antes es una emergencia democrática en la España de 2026.
Me gusta el seis, cómo no. Soy de la cosecha del doble seis del siglo pasado; este año completo mi sexta década.
Y el triple seis, el viejo número de la bestia, parece hoy una superstición superada frente a las nuevas bestias de nuestro tiempo: el autoritarismo sin complejos, la mentira a escala industrial, la desigualdad galopante y la indiferencia moral ante las guerras.
Desde luego, el balance global del año que termina es áspero.
Donald Trump ha regresado al centro mismo del tablero internacional con una agenda abiertamente transaccional, indiferente al multilateralismo.
Putin sigue librando en Ucrania una guerra contra la soberanía, contra el derecho internacional, contra la idea misma de Europa como espacio de paz.
Desde Moscú y desde Washington, se pergeña una negociación tramposa y humillante para Zelenski, con un desgaste insoportable y una Unión Europea obligada a sostener el esfuerzo económico mientras sigue intentando encontrar su papel estratégico.
China avanza imparable en su apropiación económica, tecnológica y cultural.
Y la democracia liberal atraviesa una fatiga visible.
España no es ajena a ese clima. 2025 ha sido un año de estabilidad aparente y desgaste real. Los grandes indicadores resisten, pero la vida cotidiana de millones de ciudadanos sigue atrapada entre la precariedad, el acceso imposible a la vivienda y la sensación de que la política va por otro lado.
El bloqueo institucional parece haberse normalizado. El Parlamento se ha vaciado de su papel democrático central y la confianza se está erosionando hasta niveles desconocidos.
Creo que todos hemos consolidado la certeza de que necesitamos mirarnos de otro modo si queremos entender qué nos pasa, y qué podemos hacer como país para salir de estas malditas arenas movedizas que nos atrapan.
En uno de sus artículos, Ignacio Varela argumentaba que el eje izquierda-derecha ya no sirve para explicarnos hoy, y que son otros los ejes necesarios para interpretar nuestra realidad social.
Yo coincido en ambas cosas, y propongo precisamente la consideración de España y los españoles en clave hexagonal. Porque cada uno de nosotros somos una combinación única de los criterios binarios (de profundidad estructural, no identitaria) de sus seis ángulos, que articulan las seis brechas que debemos abordar juntos.
1. La brecha de género
Las diferencias entre hombres y mujeres, en cuanto a modelos laborales y familiares, hábitos sociales, culturales y de consumo, actitudes políticas, comportamiento electoral, relación con el poder… son más marcados que nunca.
No puede leerse en clave clásica de desigualdad jurídica (en gran medida corregida), sino en términos de divergencia de trayectorias y percepciones, especialmente entre los menores de 45 años.
Se trata de una desincronización profunda de expectativas, con lenguajes e intereses distintos, que la política mira con simplismo o con miedo.
Ellas tienden a concentrar la frustración estructural. Ellos, de forma creciente, el resentimiento cultural.
Ellas confían más en lo colectivo y demandan protección frente a riesgos reales.
Ellos experimentan con más frecuencia una pérdida de estatus, se sienten culturalmente cuestionados, económicamente prescindibles y políticamente invisibles.
2. La brecha generacional
No es sólo una cuestión de edad, de jóvenes y viejos, sino de horizonte vital.
Una mitad del país vive con certezas heredadas: patrimonio, estabilidad, pensión asegurada y capacidad de influencia electoral.
La otra, con incertidumbres estructurales: empleo precario, movilidad forzada y expectativas menguantes.
La política pública ha optado por un sesgo conservador del statu quo, protegiendo lo existente, aun a costa del futuro.
Este conflicto no es simbólico, es material. Y cuando una generación percibe que trabaja para sostener un sistema que no la sostendrá a ella, el contrato intergeneracional se resquebraja.
3. La brecha geográfica
La densidad de población, la renta, los servicios y las oportunidades dibujan dos países superpuestos que apenas se tocan.
Los españoles urbanos viven densidad, diversidad y aceleración; los rurales, escasez, distancia y abandono administrativo.
No es diferencia geográfica, sino existencial.
No es identidad, es acceso desigual a servicios, empleo, cultura y oportunidades.
Se trata de pura discriminación material. La política pública sigue sin poder (o querer) resolver esa asimetría, mientras legisla desde las ciudades y continúa hablando de “equilibrio territorial”, como si los territorios, y no los ciudadanos, tuvieran derechos o condiciones de vida.
4. La brecha económica
Probablemente la división más silenciosa. España presume de crecimiento mientras normaliza biografías inviables.
Estabilidad (ingresos previsibles, vivienda, red familiar) frente a precariedad (contratos volátiles, sueldos de pobreza, lastre habitacional, soledad y desarraigo).
Previsión frente a supervivencia.
La estabilidad genera confianza institucional y moderación; la precariedad, ansiedad y volatilidad electoral, además de corrosión de los cimientos mismos de la democracia que la sistematiza.
5. La brecha digital
Los digitales viven en un flujo continuo de información, emoción y juicio inmediato; los analógicos, en marcos más jerárquicos y mediaciones tradicionales.
Esto afecta a cómo se construye la opinión pública, cómo se cree o se duda, y cómo se ejerce la ciudadanía.
La política aún no ha entendido que gobierna sociedades que piensan en tiempos distintos. No es tecnología, es cognición. Se informan distinto, creen distinto y reaccionan distinto.
La política sigue legislando como si ambos compartieran el mismo tiempo mental.
6. La brecha migratoria
España es ya una sociedad mestiza por demografía, pero sin una política migratoria seria, compartida y a largo plazo, lo que deja el campo libre a la demagogia, tanto la xenófoba como la voluntarista.
Ambas fracasan porque ignoran la realidad demográfica y económica: nuestro país es ya una sociedad plural en origen y destino, y la inmigración no es una anomalía, sino una condición de supervivencia.
Inmigrantes que ya han cumplido la mayoría de edad y han pasado a pisos proporcionados por ONG españolas. EFE
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Mis deseos para este 2026 también van a ser media docena.
Paz, porque sin ella todo lo demás es retórica.
Libertad, el bien más atacado y el menos defendido cuando incomoda.
Progreso, como promesa tangible de mejora real de las siguientes generaciones.
Confianza en la palabra pública, en las reglas del juego, en que el esfuerzo personal y colectivo no es una ingenuidad.
Cooperación entre democracias, entre ciudadanos e instituciones, como antídoto frente al repliegue y la fractura.
Y desbloqueo, porque España no puede seguir varada en el estancamiento de una legislatura exhausta: devolver la palabra a los ciudadanos y convocar elecciones generales cuanto antes es hoy una emergencia democrática.
España es más que la suma de sus desencuentros.
Y, al fin y al cabo, el hexágono es la forma más eficiente de ocupar el espacio, la que mejor reparte tensiones y resistencias. Lo saben las abejas cuando construyen sus panales: no desperdician esfuerzo, no dejan huecos inútiles, no levantan muros innecesarios. Cooperan, ajustan, sostienen.
No todas hacen lo mismo, pero todas cuentan.
La convivencia no se hereda, se construye y se defiende a diario. Somos distintos, sí, pero capaces de encajar. De ocupar el espacio común sin anularnos, de discrepar sin rompernos.
Como en el parchís, el seis nos va a permitir salir y volver a jugar.
Así que, con todo, ¡feliz 2026, conciudadanos!