Carlos Souto-Vozpópuli

  • No solo sufre sus problemas, los encadena sin pausa

Cuenta el Salmo 78 del relato bíblico que Egipto, orgulloso e inexpugnable, no vivió su peor pesadilla por una invasión extranjera ni por una derrota militar, sino por algo mucho más inquietante: una sucesión de siete plagas (a diferencia de las 10 del Éxodo). No fue una desgracia aislada, fue una concatenación. Cuando parecía que ya no podía pasar nada peor, pasaba. El Nilo convertido en sangre, las ranas, las moscas, las enfermedades, el granizo, las langostas y la muerte del primogénito. El castigo produce entre otras cosas un enorme daño a la agricultura. Algo muy parecido empieza a suceder en España. No solo sufre sus problemas, los encadena.

La primera plaga es la corrupción normalizada. No como excepción, sino como clima. No como escándalo, sino como paisaje. Casos que se acumulan, nombres que se repiten, entornos que se protegen. Ya no se discute si hubo corrupción, sino cuánto durará el ruido antes de que todo vuelva a su cauce habitual. La corrupción dejó de ser noticia y pasó a ser contexto. Y cuando la corrupción se convierte en contexto, el problema ya no es judicial: es estructural.

Moral y cultural

A esa plaga persistente se le suma, casi sin que uno lo note, la senguda, el derrumbe de la capacidad de gestionar. La incompetencia se filtra por todas partes. Ministerios convertidos en oficinas de colocación, cuadros sin experiencia, decisiones improvisadas entre mordidas y enchufes. Ni siquiera hace falta que alguien robe para que todo funcione mal. Basta con que nadie sepa lo que hace. Y cuando la incompetencia alcanza infraestructuras críticas, la cosa termina mal. Sistemas que fallan, servicios que colapsan, accidentes que ya no sorprenden a nadie. Aterrador. No se roban las vías porque son paralelas y alguien les ha dicho de pequeños que las paralelas no se tocan. La tercera plaga ya no es técnica, es moral. No solo se roba: para qué se roba. Cocaína, prostitutas, paradores. Cuando el dinero público se diluye en vicios privados, el problema deja de ser administrativo y pasa a ser cultural. Y lo cultural, como se sabe, es lo más difícil de revertir. Esta tercera plaga deja un olor que ya no se puede disimular con comunicados.

Mientras tanto, uno esperaría que alguien pusiera orden desde la oposición. Pero no, aquí España traga la cuarta plaga. La política española ha perfeccionado una modalidad curiosa: la oposición que no se opone de verdad. Se habla mucho de “poner pie en pared”, una expresión muy nuestra que significa marcar un límite. Pero ni siquiera eso ocurre. El Partido Popular observa, matiza, duda. Siempre suave y medido, espera que el desgaste haga el trabajo que él no se anima a hacer mientras el pueblo paga la cuenta. Vox es funcional a esta ineptitud que lo engorda y mira cómo le crece la barriga, pero no mira para arriba. Tiene un grado de poder, pero no ejerce.

Una sociedad resignada

La quinta plaga son los aliados traidores. Socios que sostienen al Gobierno mientras lo asfixian, que le meten la cabeza bajo el agua y la sacan justo para que pueda respirar. Una bocanada nada más y otra vez a empezar. La ley ómnibus es el ejemplo perfecto: paquetes legislativos donde siempre se esconden una o dos normas clave bajo una montaña de relleno. Manual clásico del populismo contemporáneo. Groucho Marx lo habría resumido sin esfuerzo: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Y así llegamos a la sexta plaga, quizá la más inquietante de todas: la apatía del electorado. Una sociedad cansada, resignada, anestesiada. España aguanta. Aguanta todo. Aguanta corrupción, incompetencia, decadencia moral, chantajes parlamentarios, centenares de muertos. Aguanta porque no ve alternativa. Y entonces mansamente, deja pasar.

Esa apatía se ve en gestos mínimos, cotidianos. Hoy, en España, hay que persignarse antes de entrar al vagón de un tren y luego rezar a toda velocidad. Y como nadie quiere jugar con su destino, muchos deciden no tentar a la suerte y optan por el coche. Conducir, aunque sea más largo, aunque sea incómodo. Otra aceptación más. El tren puntual, confortable y rápido ya no es orgullo nacional. La sanidad pública tampoco, así que si te accidentas en la carretera, sabes que el problema puede ser gordo. Pero, aun así, aceptas. Aceptas todo. Ahí se manifiesta la sexta plaga en su forma más pura: la resignación generalizada. Y entonces, como si faltara algo para completar el cuadro, aparece la séptima plaga: el mal tiempo. Quizás esta última plaga haya llegado para despertar a los españoles a baldazos. Quizá no es casual que el mayor chaparrón haya caído en Galicia, no por todos los gallegos claro está, pero por uno de ellos. Aemet anunció un invierno caluroso, los mapas rojos inundaron los medios. La realidad, una vez más, decidió llevar la contraria. Frío, lluvias, nieve. Todo mandado por el Uno del cielo, que está por encima del Uno ibérico, sin ánimo de ofender la suprema figura de Sánchez. El español que evitó el tren para no tentar a la suerte se encuentra con que la carretera también puede resultar una trampa mortal. O sea, sobre llovido, nevado.

Como escribió Ortega y Gasset, “cuando una sociedad se acostumbra a vivir mal, acaba creyendo que esa es la normalidad”. España parece estar peligrosamente cerca de ese punto. Lamentablemente.